La Rioja

El país que exporta paz

Acuerdos de Oslo. Shimon Peres y Yaser Arafat se estrechan la mano, en presencia de Bill Clinton, durante la ceremonia del 13 de septiembre de 1993.
Acuerdos de Oslo. Shimon Peres y Yaser Arafat se estrechan la mano, en presencia de Bill Clinton, durante la ceremonia del 13 de septiembre de 1993. / ROBBIE CASTRO/AP
  • Los vikingos seguramente desaprobarían el talante de sus descendientes y su vocación de potencia moral. «La cultura noruega rechaza la arrogancia y evita la confrontación»

Las firmas de acuerdos de paz se prestan a un entretenido juego de agudeza visual: en algún lugar de la sala, sin importar lo remoto que sea el conflicto en cuestión, es muy probable que haya uno o varios noruegos. La mayor parte de las veces resultarían fácilmente identificables si la atención se fijase en ellos, porque sus pieles suelen ser las más claras en estas ceremonias, pero su presencia tiene siempre vocación de invisibilidad, como corresponde a unos auténticos profesionales del segundo plano. Hace unos días, cuando el Gobierno colombiano y las FARC suscribieron en La Habana el alto el fuego definitivo, el noruego en el estrado era Dag Nylander. Se sentaba a un extremo de la mesa, como si la cosa no acabase de ir con él, pero esa sensación era engañosa: el bigotudo Nylander, enviado especial del país escandinavo para las negociaciones, se ha tirado cinco años con la vida y el cerebro hipotecados por el diálogo entre los dos bandos, hasta asumir su compleja carga de rencores y esperanzas.

«Allí donde hay una crisis, siempre parece haber un noruego», resumió hace unos años el historiador Geir Lundestad, entonces director del Instituto Nobel. Se podría decir que las principales exportaciones del país, que supera por poco los cinco millones de habitantes, son el petróleo y la paz, dos productos tan codiciados como mal repartidos. El estrecho vínculo de Noruega con la resolución de conflictos viene de lejos, por mucho que la irrupción de sus pobladores en la historia de Europa llegase envuelta en sangre y fuego: aquellos vikingos que protagonizaban incursiones aterradoras por los litorales del norte seguramente habrían desaprobado el talante conciliador de sus descendientes, que ya en el siglo XIX defendían el diálogo y las concesiones recíprocas como la manera civilizada de resolver los desencuentros. El sueco Alfred Nobel no se molestó en brindar explicaciones cuando instituyó, en su testamento, los premios que llevan su apellido, pero se da por hecho que fue esa actitud lo que le empujó a dejar el de la Paz en manos de un comité noruego: ya en aquella época, cuando el país compartía monarca con Suecia, el Storting o Parlamento noruego se había convertido en uno de los defensores más visibles del arbitraje en la comunidad internacional.

Ese convencimiento sobrevivió al convulso siglo XX y floreció de manera visible en 1993, cuando Israel y la Organización para la Liberación de Palestina sorprendieron al mundo con la firma de los llamados Acuerdos de Oslo, que culminaban un ciclo de conversaciones mantenidas secretamente en la capital noruega. Tres años antes, también en Oslo, habían arrancado los contactos entre el Gobierno guatemalteco y la guerrilla, que habrían de conducir a la paz de 1996. Con esos dos éxitos en su bagaje de facilitadores de la paz, un término que prefieren al de mediadores, los noruegos se convirtieron en una especie de servicio técnico para países averiados: los gobiernos y los grupos insurgentes que deseaban tantear a sus adversarios acudían directamente al noruego más próximo, con la confianza de que él sabría cómo mover los resortes del proceso. Esta manera de explicarlo es menos exagerada de lo que podría parecer, porque verdaderamente muchas de estas intervenciones no han partido de la Administración. Por ejemplo, el papel noruego en el conflicto palestino fue impulsado por un sociólogo, marido de una diplomática, que aprovechó el destino de su esposa en Egipto para ponerse a estudiar las condiciones de vida en Gaza. En Guatemala, la guerrilla se dirigió a un obispo luterano, que resultó ser amigo del viceministro de Asuntos Exteriores.

Los enviados noruegos han tenido o tienen un papel crucial en procesos de paz como los de Nepal, Afganistán, Birmania, Filipinas -se acaba de anunciar en Oslo el alto el fuego entre el Gobierno y los maoístas del Frente Democrático Nacional, que retomarán las conversaciones en octubre-, Somalia, Sudán o Sri Lanka, su fracaso más notorio, donde su labor fue criticada por ambos contendientes. También han proporcionado apoyo financiero y técnico a las negociaciones en la provincia indonesia de Aceh, Burundi, la República Democrática del Congo, Kenia, Siria y Uganda. Eso es lo que se sabe, claro, porque, tal como apunta el Gobierno noruego, «las conversaciones de paz son a menudo confidenciales». Ahí está, sin ir más lejos, su papel en los contactos entre el Gobierno español y ETA: los negociadores se reunieron en 2005 en el balneario de Sundvolden, en mitad de ninguna parte, rodeados de despreocupados excursionistas e invitados de boda. El socialista Jesús Eguiguren ha evocado más de una vez la sensación de irrealidad que le invadía durante las jornadas que pasó en aquel «pueblo amorfo», donde 'Josu Ternera' solía salir a correr por las mañanas en compañía de una policía noruega.

Disputa bacaladera

¿Qué se le ha perdido a Noruega en Colombia, en Filipinas o en Euskadi? ¿Qué lleva a este país rico y tranquilo a intervenir en conflictos tan distantes y ajenos? «La disponibilidad a colaborar en procesos de paz forma parte de su identidad nacional», asegura Mariano Aguirre, director del Centro Noruego para la Construcción de la Paz (NOREF), una fundación independiente impulsada por el Ministerio de Asuntos Exteriores. Las raíces más hondas de esta actitud se pueden encontrar en la propia forma de ser de los noruegos: «Esta es una cultura respetuosa con la cultura de los otros, que rechaza la arrogancia y basa la convivencia en alcanzar el consenso y tratar de evitar la confrontación», detalla el analista argentino. Múltiples circunstancias han favorecido esta vocación pacificadora: desde la propia geografía del país, con esas comarcas despobladas que favorecen la discreción de las reuniones, hasta la holgura económica que proporciona el petróleo, pasando por el apoyo generalizado a que se inviertan recursos en cuestiones como la paz en Colombia. «Como en todos los países, no hay una opinión homogénea -comenta Aguirre-, pero entre sectores políticos, de opinión, académicos y organizaciones de la sociedad civil hay interés en la paz en Colombia y en el papel que ha jugado Noruega. También hay sectores, especialmente el partido de la ultraderecha (el FrP), que consideran que habría que ocuparse de cuestiones internas en vez de problemas tan lejanos».

A cambio de asumir este rol en la solución de conflictos, Noruega ha acabado convirtiéndose en una 'superpotencia de la paz', con una autoridad moral que incrementa su relevancia en la comunidad internacional: su capacidad de influencia se ha vuelto muchísimo mayor de lo que, en principio, correspondería a un país periférico y poco poblado. Sam Smith, actual director del Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo, lo explicaba de manera muy gráfica a principios de este siglo: «Cuando el ministro de Asuntos Exteriores noruego llama por teléfono a Madeleine Albright (entonces secretaria de Estado de EE UU), ella no sabe si lo hace porque necesita ayuda en alguna disputa con Islandia por la pesca del bacalao o porque acaba de resolver una de las guerras del mundo».