LOS RIESGOS DE ADORAR A UN DIOS LLAMADO TECNOLOGÍA

No es una metáfora. En septiembre de 2015, uno de los ingenieros más venerados de Silicon Valley dio de alta en el registro de organizaciones religiosas de California una nueva alternativa espiritual: El Camino del Futuro (The Way of the Future, en inglés). Anthony Levandowski, que cumplirá 38 años este mes, amasó una enorme y precoz fortuna como padre del proyecto de coche auto-conducido de Google. Se fue en 2016 para fundar su propia empresa de vehículos autónomos, que Uber adquirió inmediatamente. Es uno de tantos ingenieros treinteañeros multimillonarios, un «homo del (Silicon) valle» de pura cepa. Y cree que la Humanidad debe trabajar para «promover la realización de una deidad basada en la Inteligencia Artificial».

Eso declaran los estatutos de su particular credo. «No pienso en algo como sentarse con una túnica rezando a un ordenador situado en el centro, solo quiero educar a la gente para que le pierda el miedo a las máquinas», declaraba en una entrevista reciente a la revista Wired. «En algún momento tendrá su propio evangelio, una liturgia y seguramente un espacio físico en el que honrarlo», explica. Levandowski quiere que nos preparemos para su particular día del Juicio Final... versión 'bots': la «transición» a un planeta dominado por la inteligencia artificial. Es lo que, en su versión más radical, algunos 'creyentes' denominan la «singularidad»: el momento en que la inteligencia de los ordenadores supere a la inteligencia de los humanos.

Uno de sus mesías, Ray Kurzweil -impulsor de la Singularity University con Google y la Nasa-, sueña con poder un día «ampliar nuestras facultades naturales fusionándolas con nuestra tecnología». Kurzweil, además de inventor, músico y escritor, es por cierto director de Ingeniería de Google desde 2012. Es evidente que los corsés legales, éticos, físicos o biológicos de la existencia provocan frustración en el 'homo del valle'. Elon Musk, el fundador de Tesla, se ha propuesto construir una colonia humana en Marte. Peter Thiel, cofundador de Paypal con Musk, tiene un proyecto para construir «ciudades flotantes que permitan a la próxima generación de pioneros ensayar nuevas ideas de gobierno».

Situados en los límites de lo humanamente, no ya sostenible, sino posible, surge la angustiosa duda: ¿En qué punto los confines de la innovación nos llevan a un territorio peligroso para la Humanidad? «La capacidad de imaginar un futuro que nadie ve es la principal característica del espíritu de Silicon Valley», cree Juan Carlos Riveiro, CEO de Vilynx, una empresa especializada en 'machine learning' con sede en Palo Alto y Barcelona. «Como cuando Messi ve la jugada antes de que ocurra», me dice. Se refiere, con razón, al olfato empresarial para resolver problemas que nadie ha identificado. Pero las ideas de Levandowski o de Kurzweil son otra cosa, mucho más delirio o alucinación que visión de futuro. Así que esperemos que la cosa se quede en el partido de fútbol entre filósofos que imaginaron los Monty Python.

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