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Tenis

Nadal, el hombre que decidió caer para volver a la cima

Nadal posa con la Copa de los Mosqueteros. / Foto. Christophe Simon (Afp) | Vídeo: Atlas

  • El balear sale de Roland Garros con el décimo entorchado, el número uno a tiro y la ilusión de un chico de veinte años

Tras casi tres años escuchando lo mismo -«ha vuelto», «ya está aquí», «está a su mejor nivel»-, ahora sí, ya está aquí de nuevo. Pero es que no se fue, solo estaba recargando las pilas para presentarse de nuevo al circuito con el título que le acredita como el más reciente ganador de un 'Grand Slam', algo que, por ejemplo, Novak Djokovic no consigue desde hace más de un año. Palabras mayores. El Roland Garros de Rafa Nadal, conquistado sin perder un solo set, cediendo 35 juegos en algo más de doce horas sobre la arcilla parisina le permite reivindicar su reinado. El de este año ha sido su mejor torneo, de largo. Las otras dos veces que venció en la capital francesa sin ceder una manga (2008 y 2010), se coronó también en la hierba del All England Club.

Con este esperanzador dato, Nadal jugará en Queen's, de categoría ATP 500, para preparar el asalto al que sería su tercer título de Wimbledon. El reto más difícil, ya que desde 2011 el manacorense no supera los octavos de final en la hierba londinense. Pero ahora esas barreras que, años atrás, representaron los Lukas Rosol, Dustin Brown o Nick Kyrgios de turno, parecen eliminadas, y la posibilidad de reeditar la famosa final de 2008, en la que venció a Roger Federer, es más posible que nunca. Y lo es porque Nadal vuelve a ser temible en cualquier superficie. Casi intocable en tierra batida (solo una derrota ante Dominic Thiem en Roma), en pista rápida ya ha dado muestras de estar muy por encima de casi todos sus rivales. Solo Federer le frenó en las finales del Abierto de Australia y Miami, y Sam Querrey en la de Acapulco (México). Ahora el balear ya puede aspirar a todo, porque su derecha le corre como antaño, porque ha mejorado con el saque y, sobre todo, porque vuelve a infundir respeto en el vestuario. Ya nadie le mira por encima del hombro. Vuelve a haber miedo, porque Nadal ha vuelto a levantar un 'Grand Slam'.

La planificación perfecta

La unión de Carlos Moyá a la pequeña familia del equipo técnico del balear ha impulsado el juego de Nadal. Cuando todo el mundo le pedía que se separase de Toni, su sobrino fortaleció la unión con la incorporación del exnúmero uno del mundo, y Toni le acabó por entregar la Copa de los Mosqueteros en la Philippe Chatrier. El tiempo y la arcilla de París le dio la razón a Nadal, que siempre confió en su familia como camino al éxito.

Y también en el trabajo y la entrega. La decisión de renunciar a Roland Garros hace un año fue dura. La muñeca le obligó a no saltar a la pista para disputar la tercera ronda, y posteriormente, el balear determinó no acudir tampoco a Wimbledon. La ausencia en las últimas rondas de dos de sus torneos favoritos le hirió, y Nadal, como una bestia, respondió un año después. Con paciencia, con mucho trabajo. Forzó para ir a los Juegos Olímpicos y con el oro en dobles disputó sin grandes resultados Cincinnati, el Abierto de los Estados Unidos, Pekín y Shanghai. Tuvo que parar. La muñeca molestaba y seguir dañándola no tenía sentido. Renunció a la Copa de Maestros (para la que ya está clasificado este año), y comenzó a mirar al futuro, mientras que Andy Murray y Novak Djokovic saciaban su hambre por las pistas de todo el mundo. Nadal esperó en la sombra y los pasó por la derecha, o mejor dicho, con su derecha. Ahora, todos ellos, empachados de ganar, sin ilusión y sin resultados que les acompañen, van a la zaga del que decidió caer para impulsarse más.

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