La Rioja
Rafa Nadal se abraza a la Copa de los Mosqueteros tras conquistar ayer su décimo título en Roland Garros. :: GABRIEL BOUYS / AFP
Rafa Nadal se abraza a la Copa de los Mosqueteros tras conquistar ayer su décimo título en Roland Garros. :: GABRIEL BOUYS / AFP

La 'décima' de Rafael Nadal

  • El balear hace historia en París y ya es el primer tenista que logra diez veces un 'grande'

«No volveré a dudar de Rafael Nadal». Escribirlo en la pizarra. ¿Cuántas veces? Diez, por lo menos. Las mismas que títulos de Roland Garros ha ganado el de Manacor. Y los que quedan, porque la superioridad del balear en la arcilla de París no parece tener fin. Ni siquiera Stan Wawrinka, el hombre de las finales, el que no había perdido nunca en el último partido de 'Grand Slam', fue capaz de poner algo de resistencia ante un Nadal lanzado a su destino.

El balear logró la ansiada 'décima' al derrotar a Wawrinka por 6-2, 6-3 y 6-1 y se convierte en el primer tenista en la historia en conquistar diez veces el mismo torneo de 'Grand Slam'. Ese honor solo podía llevar su nombre. Una estatua, el nombre de la pista central en el Conde de Godó o el mural con su cara que las gradas de la Philippe Chatrier exhibieron al término del encuentro, todos los homenajes se quedan cortos con las hazañas del chico de 31 primaveras, que hace años decidió cambiar el fútbol por empuñar una raqueta.

Pero seguro que aquel chico de Manacor, que era entrenado por su tío, no podía ni soñar con hacerse con diez torneos de Roland Garros. La mirada de aquel niño se transforma al llegar a la central de París. Muta en la de un depredador que a cada punto que arrancaba a Wawrinka, lo atravesaba con su mirada con ganas de despedazar cada trozo de carne e hincar el diente en un trofeo más.

Nadal miraba y miraba, a su palco, a Wawrinka, a su destino. Para el balear no era una situación nueva, para el suizo, pese a ganar aquí en 2015, sí lo era. Nadie ha vencido a Nadal en una final en París, y esa historia pesó en los hombros del helvético desde el principio.

Empezó nervioso Nadal, como si no recordase qué había que hacer en estas situaciones. Jugó muy previsible y sin agresividad en los cuatro primeros juegos, los únicos que dieron esperanza a Wawrinka. El suizo dispuso de una bola de 'break' en el tercer juego, la salvó Nadal con un «¡Vamos!» que resonó en toda la pista. Tuvo cuatro oportunidades de romper el manacorense en el cuarto juego, pero el suizo se repuso. 2-2 y Nadal había cometido ocho errores no forzados. No volvió a hacer uno en el resto del set.

Nadal sabía que no podía dejar entrar en juego a Wawrinka, y que, si este se calentaba, podía despertar a una bestia que arrasaría a base de golpes ganadores. El balear jugaba alto y variando los ataques tanto a la derecha como al revés, para impedir que cogiese el ritmo. Si el suizo golpea tres reveses seguidos es letal. Nadal no le dejó. Aguantó su saque (3-2) y aceleró para romper el de Wawrinka en dos ocasiones y firmar un primer set casi impoluto (6-2). Le maniató, le desesperó y le obligó a no ser él mismo. Nadal lo tenía donde quería, y lo hacía con una tranquilidad inhumana. Mostraba pocas emociones, como guardándose todo para el festín final. Ni los gritos desde la grada que le recordaban lo cerca que estaba el título le perturbaban. Wawrinka, que se llegó a golpear con la raqueta repetidas veces en la cabeza (sin mucha fuerza), estaba completamente desesperado.

Tenía en frente al mejor Nadal de la historia de Roland Garros, y eso son palabras mayores. El balear comenzó el segundo parcial imponiendo su ley, se apuntó los tres primeros juegos del set con un saque perfecto y el control total desde el fondo; ya sin los nervios del principio se atrevía a golpear en carrera, buscar las líneas e incluso colocar una de las mejores derechas paralelas del año, sin prácticamente mirar la pelota. Iba 6-2 3-0 y tenía la mitad del torneo en el bolsillo.

Completó el set sin mayores dificultades y puso el 6-3 en el marcador. La 'décima' estaba a un set. Volvió a repetir la receta, le rompió desde el principio y aguantó los aislados envites para doblegar al suizo, que es un jugador excelso, pero está lejos de la leyenda de este torneo.

El momento más deseado llegó en el séptimo juego del tercer set. Con 30-40 sobre el saque de Wawrinka, el suizo golpeó una volea defectuosa y Nadal se lanzó con los brazos extendidos sobre la tierra de París, en una de las imágenes más bonitas de la historia del deporte.

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