Un pequeño secreto

Bartali da un bidón de agua a su compañero y también rival Fausto Coppi. :: efe/
Bartali da un bidón de agua a su compañero y también rival Fausto Coppi. :: efe

VÍCTOR SOTO

Resulta difícil callar. Más cuando todos los avances tecnológicos invitan a la persona a ser el altavoz de sus actos, deseos o negligencias. El silencio está casi tan penalizado como la humildad.

Por eso los secretos son livianas burbujas de jabón siempre a punto de estallar. Parece inconcebible que una se eleve y desaparezca en el cielo dejando la duda de la verdad que escondía. Pero cuando, al cabo del tiempo, ésta se revela, los hechos retoman corporeidad.

Gino Bartali fue un ciclista. Un gran ciclista, como atestiguan sus dos Tours de Francia y sus tres Giros de Italia. Pero, durante 65 años sólo se sabía que había sido una buena persona, singular, creyente devoto y puro. Un hijo de campesinos que llevaba el sudor impregnado en el alma y el esfuerzo como única seña de identidad. En 1938, poco antes de que Europa estallase en otra guerra suicida, Bartali ya era un deportista relevante. Tanto que el régimen de Mussolini se asociaba a su figura como prototipo del italiano virtuoso y valiente. Sólo unos pocos sabían, en un círculo íntimo formado por religiosos y redes judías de colaboración, que cuando se entrenaba por las carreteras de la Toscana en su sillín y en el cuadro de su bicicleta portaba documentos de identidad falsificados para permitir que judíos saliesen de un país rendido al fascismo hacia Francia o Yugoslavia bajo una identidad falsa.

El Giro ha rendido homenaje en Israel a Bartali, salvador de 800 judíos

Los militares le saludaban en las carreteras. Bartali, un mito, pedaleaba y depositaba los papeles en trastiendas o conventos. Nadie le preguntaba y si alguno osaba a acercarse a su bicicleta él les espantaba con excusas. Así, cientos de entrenamientos, cientos de identidades falsas, cientos de vidas salvadas. Más de 800.

Y Bartali, mudo. Pudo hablar cuando la tormenta de la Guerra Mundial ya había pasado. Y no lo hizo. También cuando Israel ya lucía como estado y buscaba a sus héroes. Ni por esas. Tampoco habló su hija, la única que conocía ese pequeño secreto. Pero en el 2003, unos cuadernos pertenecientes a un judío de la red de huidas desvelaron que Bartali había sido el ángel de la guarda de esos judíos ya casi sentenciados a los campos de concentración. Para entonces, Bartali llevaba tres años muerto. Se fue con su fe en Dios intacta y el humilde legado de una familia de labriegos. El bien se hace porque hay que hacerlo. Hechos, nunca palabras.

El Giro de Italia, se despidió ayer de Israel, donde se ha rendido homenaje al ciclista y héroe. Seguro que Bartali hubiese preferido el silencio. Aunque ahora la mayoría no quiera entenderlo.

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