La Rioja

Adiós a un campeón sin chapelas

Berasaluze dijo ayer adiós a la pelota tras más de 18 años.
Berasaluze dijo ayer adiós a la pelota tras más de 18 años. / BORJA AGUDO/E.C.
  • El de Bérriz ganó el partido ante un frontón Bizkaia lleno y rendido a uno de los mayores artistas de la pelota

  • Pablo Berasaluze se retira tras 18 años como profesional con una exhibición

En ocasiones, ser un campeón no significa contar con un brillante palmarés ni decenas de títulos. En la historia del deporte siempre hay un hueco para aquellas estrellas que nunca ganaron nada, pero que hicieron historia con su esfuerzo, calidad y pundonor. A ese cielo de los campeones sin títulos entró ayer Pablo Berasaluze. Se va, tras 18 años como profesional, sin ninguna chapela, pero con el reconocimiento unánime de todos los aficionados que le han visto en sus más de mil partidos como profesional.

El de Bérriz es un caso único. Durante los últimos meses ha tenido la oportunidad de recibir, de manera dosificada y en frontones de País Vasco, Navarra y La Rioja, el cariño de los aficionados. Ayer, en Bilbao, las emociones se desbordaron hasta las lágrimas. Era su último partido como profesional y Asegarce le rindió el homenaje que se merecía.

Porque Pablo Berasaluze es un artista con mayúsculas. Delantero de otra época, pequeño, ágil y habilidoso, era capaz de enredar a cualquiera en esos tres cuadros delanteros que él hacía suyos y brillar con sus ganchos, sus dejadas y sus carambolas. Pocos han tenido su clase y menos su personalidad. Los avatares de su vida le llevaron al borde del abismo, con el fallecimiento de su padre, el recordado Berasaluze II (su hijo, en el 2013, cambiaría su nombre artístico, Berasaluze VIII por el de su progenitor) y una honda depresión de la que logró salir con muchísimo esfuerzo. Fue un agujero negro, una nube que engrandece aún más al personaje, asiduo a las desgracias. Precisamente en el 2013, en la final del Parejas, a la que llegaba en su mejor momento, vivió otro momento dramático. Se rompió el tendón de aquiles en pleno partido. Pablito lloraba de dolor y de rabia. Pero también logró rehacerse, una vez más, y acarició el título del 2015, pero en la final Bengoetxea y el najerino Untoria se lo impidieron.

De calidad mayúscula, ayer quiso dejar su último regalo a la pelota. Venció, junto a Urrutikoetxea, a Olaizola II y Larunbe (22-18) y se marchó como los toreros, por la puerta grande. Firmó diecisiete tantos, volviendo loco a Olaizola, y levantó al público en varias ocasiones, como en el 4-5, con un gancho tras dejada o el 17-15, encadenando un golpe largo y dos cortadas.

Ganó entre amigos y pudo aguantar la emoción hasta que se acordó de su padre y recibió el cariño de sus sobrinos. Entonces, se derrumbó. Pablo Berasaluze ya es parte de la historia de la pelota. Una parte importante, la de un mito sin campeonatos, la de un artista a veces incomprendido y siempre querido. Como su admirado Pampi Laduche. Genio y figura. Se le echará de menos.