La Rioja

El pelotari se transformó en mito

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Titín se seca las lágrimas durante su discurso / Antonio Díaz Uriel

  • Titín dice adiós con un emotivo festival en un abarrotado frontón Adarraga y ante una afición entregada al caracolero

  • Al final del partido, de rodillas, en un gesto de reverencia y respeto hacia aquellos que le han aupado a los altares de la pelota, se despidió

Lo que pasó el domingo en el Frontón Adarraga de Logroño distó mucho de ser un partido de pelota. Fue una fiesta y un funeral; un cúmulo imparable de alegrías y muchas lágrimas de tristeza; de pena incontenible y felicidad irrefrenable. Un momento histórico.

Todo junto, todo a la vez. Todo inseparable, todo indivisible. No se podía vivir de otro modo. El que tuvo la fortuna de estar en el Adarraga vivió una montaña rusa de sentimientos con Augusto Ibáñez Sacristán en el primer vagón, a la cabeza de las emociones. El de Tricio se fue a hombros, por la puerta grande, por esa que sólo han cruzado unos pocos. Esa tras la que se encuentran los nombres que todos recitan cuando se habla de la historia de la pelota. A partir de ahora, él será uno de ellos, uno de los elegidos. Adiós al pelotari y bienvenida a la leyenda.

Los aficionados se volcaron con su ídolo.

Los aficionados se volcaron con su ídolo. / Antonio Díaz Uriel

Fue un día de los de 'Yo estuve allí', de esos que contar a hijos y nietos. Como el concierto de los Beatles en Las Ventas en el 65; como cualquier gira de los Rolling Stone a España, que siempre parece la última; como la final del Mundial de fútbol de 2010 en el Soccer City de Johannesburgo.

Porque Titín III ha sido un ídolo de masas, no sólo en La Rioja, también en Navarra y en el País Vasco. Pero para sus paisanos ha sido dios y patria, esa niña mimada a la que se le ha perdonado casi todo y a la que se ha amado por encima de cualquier cosa.

Los partidos, una anécdota

Ni el partido previo en el que Apecetxea y Pascual derrotaron 11-22 a Gorka y Merino, ni el de despedida entre el homenajeado y Merino II frente a Martínez de Irujo y Cecilio importaban lo más mínimo. Lo deportivo era lo de menos. Apenas se recordará que el caracolero se despidió con derrota (22-18). Si acaso, si Martínez de Irujo hubiera tenido a bien dejarse derrotar para cerrar un fin de fiesta perfecto aún quedaría como anécdota. Pero el navarro ganó cuando quiso. Dejó que el partido marchara parejo para que todos disfrutaran pero, con la igualada a 18 hizo lo que tenía que hacer, demostrar que es el mejor y evitar un triunfo regalado que más que un broche dorado para su amigo y rival suponía una pequeña mancha.

Titín y Merino, en un momento del partido.

Titín y Merino, en un momento del partido. / Antonio Díaz Uriel

Lo importante estaba en el medio. Fue en el mismo instante en que acabó el partido que abría la velada cuando las cosas se centraron. El público comenzó a entonar el clásico “lalalala, ¡¡¡Titín!!! (con música de 'Yo te dare')” y ahí comenzó lo bueno. Las luces se apagaron, los focos se encendieron y se dio paso a un emotivo vídeo que repasó su carrera desde su infancia hasta su despedida, con momentos exitosos y otros más tristes (como la muerte de su padre). Y testimonios del propio pelotari, de amigos y personajes que han pasado por su vida. Como Karlos Arguiñano, que aseguraba que Titín era “el gran fichaje de la historia de la pelota”.

Cuatro minutos de imágenes tras los que los niños de la escuela que lleva su nombre formaron el pasillo por el que Augusto entró en la pista, con el público desatado y puesto en pie, y con la música de fondo de 'Highway to hell' de AC/DC, una de sus canciones favoritas.

Gracias, gracias y más gracias

Tras recibir varios regalos, algunos de ellos con cierta sorna -como los aperos para cuidar la huerta, “que es lo que hace un jubilado”, le espetaron- el agasajado comenzó su discurso. Un discurso poco hilado pero sacado desde el fondo del corazón, en el que su afán se centraba en dar las gracias a todos.

las imágenes

  • Regalos para una leyenda

  • Sonrisas y lágrimas en la despedida de un campeón

“Esto era inimaginable. Que me sigáis animando como el primer día...”, comenzó. Y luego se centró en los suyos. “A mi familia, a mi mujer, a mi madre. Falta...”. Y ahí se le quebró la voz. Era el momento de aquel que le metió el gusanillo de la pelota, el que confió ciegamente en él. “Falta mi padre, pero no falta porque lo tenemos en el corazón”, explicó, antes de recordar que “tenía una sillita en el palco”. “Hoy sé que está aquí", quiso contar al borde de las lágrimas.

“A mis hijos, que lo sois todo. A mis hermanos, cuñados, suegros. Gracias. Habéis sido los mejores y, sin vuestra comprensión, vuestro cariño, vuestra ayuda y esfuerzo, no estaría aquí”, prosiguió, antes de avanzarles que, con su “jubilación deportiva”, ahorá sí podría “estar más” con ellos.

Después habló directamente con su público: “Si pudiera, os daría un abrazo a todos. Para vosotros es este homenaje y todos los partidos que he jugado”. Animó a aquellos que abarrotaron el Adarraga a “seguir amando la pelota”, porque “hay pelotaris riojanos con mucho futuro”.

Por último, destinó las últimas palabras a aquello para lo que ha vivido durante los últimos 22 años. “Gracias a la pelota”, concluyó, mientras el público cantaba desatado “Yo soy de Titín, de Titín, de Titín...”. Augusto subió hasta donde están situados todos sus familiares y se fundió en un cariñoso abrazo con su mujer, su madre y sus hijos.

Tras el partido, los otros tres pelotaris abandonaron rápidamente la pista para dejar al protagonista solo ante su entregada hinchada. De rodillas, en un gesto de reverencia y respeto hacia aquellos que le han aupado a los altares de la pelota, Titín se despidió. Aún retornó, tras atender a los medios de comunicación, para seguir recibiendo regalos y hacerse fotos con los aficionados que todavía quedaban por decenas sobre la cancha. Fueron los instantes finales del Titín pelotari en un día redondo.

Fue el final conocido de una película en la que lo que verdaderamente importaba era el camino. Un camino de más de 22 años por el que Augusto Ibáñez Sacristán ha ido dando pasos, acumulando méritos, chapelas y títulos hasta transformarse en una leyenda, en el ídolo en el que se ha convertido ya tras un adiós a la altura del pelotari que se va, del mito que comienza.