FIEBRE EN LAS GAUNAS

La estrella de la suerte

Carlos Sainz celebra con una Vía Láctea de champán su triunfo en el Dakar. :: efe
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Carlos Sainz celebra con una Vía Láctea de champán su triunfo en el Dakar. :: efe

VÍCTOR SOTO

Sostienen algunos que la fortuna está escrita en las estrellas. De eso viven los astrólogos. Los astrónomos, científicos del cosmos, no están de acuerdo. Alguno, incluso, mandaría a escardar a quien oyesen decir tamaña chorrada.

Gillaume Le Gentil, uno de los más prestigiosos observadores de estrellas del siglo XVIII, sólo encontró desgracias en el firmamento. Podía haber entrado por la puerta grande de la historia de la ciencia con una aportación: medir con exactitud la distancia existente entre el sol y la tierra.

Tenía el plan en la cabeza. Sólo había que esperar un acontecimiento, el tránsito de Venus, que ocurre dos veces consecutivas con un margen de ocho años y, posteriormente, se repite... un siglo después. Le Gentil se marchó a la India, el mejor lugar para la observación, con tiempo. En un viaje de penurias, el galo se enteró de que su punto de llegada había sido conquistado por los ingleses. Ante la desgracia, decidió realizar la medición desde el barco. Pero se desató una tormenta. Le tocaba esperar otros ocho años.

No desesperó y se quedó en Asia. En ese tiempo, Pondicherry, donde tenía que haber llegado en su primera incursión, volvió al dominio francés. A pesar de las enfermedades y la peste sufrida, Le Gentil ya acariciaba el éxito. Un día radiante, Venus a punto de aparecer en el objetivo de su telecospio en un improvisado observatorio. Y la gloria, a la vuelta de la esquina. Las estrellas, por fin, le darían lo que le debían.

Pero comenzó a soplar el aire y una tormenta estalló delante de sus lentes. Todo se tornó negro en la noche del 3 de junio de 1769. Y el astrónomo francés se volvió loco. El próximo tránsito de Venus sería un siglo después. Humillado, volvió al mar, donde naufragó. Lo recogió un navío cuando ya le habían dado por muerto, así que cuando por fin, desesperado, volvió a Francia se encontró sin bienes (los habían repartido entre sus deudos), sin mujer (se había casado con su mejor amigo) y hasta sin su plaza en la Real Academia de las Ciencias.

Él, que veía su fortuna en las constelaciones, sólo halló desgracias. Pero, al borde de la locura y la desgracia, siguió peleando hasta recuperar su puesto en la Academia, casarse de nuevo, rehacer su vida y morir, por fin, en paz, feliz de que la tierra le separase del cielo. En la luna, un cráter con su nombre le recuerda por lo que hizo y por lo que, también, no logró.

Porque ante las desgracias se puede abandonar o perseverar. Le Gentil eligió lo segundo, como Carlos Sainz, que siempre ha elegido continuar a pesar de todas sus desgracias. El madrileño se quedó en 1998 a sólo 700 metros de su tercer título Mundial de Rallies, que ya veía en el horizonte («¡trata de arrancarlo, Carlos!»). Antes, ya había superado todos los récords de desgracia: había atropellado ovejas, topado con troncos, salido de la vía, volcado su vehículo...

Pero se mantuvo firme. Ganó el Dakar del 2010. En los del 11, 12, 13, 14, 16 y 17 sufrió todo tipo de catástrofes. Pero, por fin, a los 55 años y después de haberse convertido en uno de los iconos de la desgracia de España, Carlos Sainz lo ha vuelto a hacer. Por tenaz y por valiente.

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