Sueño y tragedia en el Nanga Parbat

Alberto Zerain. :: e.c.
Alberto Zerain. :: e.c.

El ejército paquistaní confirmó ayer y después de sobrevolar la montaña que una avalancha a 6.400 metros arrastró y sepultó a Alberto Zerain y Mariano Galván

FERNANDO J. PÉREZ VITORIA.

La evidencia de los hechos sacudió ayer como un mazazo al mundo del alpinismo. Lo que todos presumían pero intentaban alejar de su mente apelando a la esperanza y la fortaleza física y mental de los dos protagonistas, quedó confirmado a primera hora de la mañana. El esperado vuelo de reconocimiento del helicóptero paquistaní descubrió en la arista Mazeno, en el mismo lugar del Nanga Parbat donde se perdió la señal de gps del vitoriano Alberto Zerain y el argentino Mariano Galván hace ya una semana, los restos de una avalancha.

La cruda realidad se imponía así a la posibilidad de supervivencia de la cordada, una esperanza que se ha visto minada cada día que pasaba sin que los dos desaparecidos dieran señales de vida. Lo que en un primer momento fue una alerta por los datos que emitió la radiobaliza el 24 de junio, en las jornadas siguientes se tornó en preocupación y acabó por levantar todas las alarmas en las últimas horas, ayer vio cómo se confirmaba el trágico desenlace.

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Zerain y Galván fueron arrastrados por una avalancha cuando escalaban la arista Mazeno a 6.300 metros de altitud. Ambos cayeron más de 150 metros por una pendiente de 50 grados hasta el punto en el que el alud se detuvo y donde la radiobaliza estuvo emitiendo durante más de seis horas hasta que se agotaron sus baterías. Allí arriba, sepultados por la nieve y rodeados de los picos y las crestas que siempre anhelaron escalar, descansan para siempre los dos escaladores.

LA CLAVE | El helicóptero reconoció toda la arista y vio la placa de nieve desprendida que confirmaba el alud

La jornada que se presumía clave para conocer el destino de ambos comenzó pronto en el Nanga Parbat. Como estaba previsto, en el campo base recibieron de madrugada el parte meteorológico que, esta vez sí, daba vía libre al vuelo del helicóptero de reconocimiento: estabilidad atmosférica y cielos despejados durante toda la mañana. Las autoridades locales no perdían esta vez tiempo y para las seis de la mañana (hora local, 3 de la madrugada en España) la aeronave del ejército paquistaní estaba ya en el aire. Su primera misión fue reconocer toda la arista Mazeno, que recorrió de forma exhaustiva varias veces durante casi tres horas hasta agotar el combustible. Llegó hasta los 7.400 metros de altitud, pero no encontró ningún rastro de los alpinistas.

Sin rastro

Tras repostar, el helicóptero volvió a la montaña. En esta segunda incursión se centró en el lugar donde el gps de Alberto Zerain había marcado su ubicación por última vez el 24 de junio. Tampoco encontraron rastros de los montañeros, pero sí otra evidencia que dejaba pocas dudas sobre lo sucedido. «En la última posición que señalaba el dispositivo de Racetracker que portaba Alberto Zerain es donde se ha encontrado una placa de nieve desprendida que terminaba formando un alud», explicaba el comunicado hecho público ayer por el equipo del vitoriano. Y, a continuación, la conclusión inevitable: «Situación que, tristemente, lleva a descartar la posibilidad de supervivientes», concluía la nota de prensa.

Horas más tarde de conocerse el fatal desenlace, la familia confirmaba que no iba a reclamar la recuperación de los cuerpos, algo que por otra parte es la reacción habitual en el mundo de la montaña. La peligrosidad de la zona donde se se produjo la avalancha desaconseja cualquier operación de rescate, ya que no haría más que poner en un peligro innecesario a los protagonistas de la misma.

Con la muerte de Alberto Zerain el alpinismo vasco pierde a unos de sus mayores referentes del himalayismo. No era tan conocido para el gran público como Juanito Oiarzabal, Alberto Iñurrategi o Alex Txikon, pero entre la comunidad montañera se había ganado el respeto y la admiración que solo consiguen los más grandes con su carácter reservado pero afable, su sinceridad a la hora de planificar las expediciones y los resultados que obtenía.

'El Zeras', como se lo conocía en el mundillo del alpinismo, no acudía a un ochomil sin compañeros por arrogancia. Ni subía y bajaba de las montañas a toda velocidad por la obsesión de batir un récord. Al contrario, lo hacía por pura convicción, porque pensaba que esa era la mejor forma de hacerlo y porque era lo que mejor casaba con su filosofía de lo que significa ir a la montaña: compromiso, ligereza y velocidad.

Un alma gemela

Y si en los últimos años había encontrado en Mariano Galván un buen compañero de cordada fue precisamente porque el argentino respondía perfectamente a esos mismos parámetros alpinísticos. Galván (37 años) era un guía andino conocido solo entre sus compañeros y clientes por su fortaleza física que salió del anonimato en 2010 tras escalar la pared sur del Aconcagua en solitario.

Sin embargo, él miraba más arriba y enseguida dio el salto al Himalaya. En apenas seis años escaló la mitad de los catorce ochomiles y todos, además, con el más alto nivel de compromiso: sin oxígeno, por rutas de alta dificultad, en solitario o en tiempos récord. Galván era a todas luces un alma gemela de Alberto Zerain.

Dos grandes del himalayismo se quedarán para siempre en sus montañas. Descansen en paz.

metros es la altura a la que se perdió la señal de los alpinistas en la arista Mazeno, donde fueron sorprendidos y sepultados por una avalancha

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