La ambicionada revancha del 'Hijo del viento'

Carl Lewis. :: r. c.

Carl Lewis doblegó a Mike Powell en la final de salto de longitud, desquitándose de la derrota sufrida en los Mundiales de Tokio

ÓSCAR BELLOT MADRID.

Cuando Carl Lewis aterrizó en Barcelona no tenía nada que demostrar. Acumulaba seis oros en las dos citas olímpicas a las que había concurrido: Los Ángeles'84 y Seúl'88. Figuraban entre esas preseas la que Ben Johnson le hurtó con trampas en la capital surcoreana en los que fueron los 100 metros más veloces de la historia hasta entonces.

En realidad, el de Alabama era un mito desde que en 1984 igualase la gesta de su admirado Jesse Owens al imponerse en los 100 y 200 metros lisos, el 4x100 y la prueba de salto de longitud, las mismas que había conquistado su paisano en Berlín para disgusto de Hitler. Le quedaba, eso sí, una cuenta pendiente: cumplimentar su revancha por la dolorosa derrota que le había infligido Mike Powell en Tokio un año antes.

En la capital nipona se cortó la racha de 65 triunfos consecutivos con que llegó a los Mundiales el mejor saltador de longitud de todos los tiempos. Rebasar los 8,90 que Bob Beamon estableció en los Juegos de México'68 siempre fue su anhelo. Era su momento. Firmó un concurso impecable, con un 8,91 que el viento a favor truncó como récord. La gloria le pertenecía... hasta que Mike Powell alcanzó los 8,95 con apenas 0,3 metros por segundo de viento a favor. La marca más legendaria caía y no a manos de quien parecía predestinado a reventarla.

Los 31 años con que Carl Lewis afrontó la cita de Barcelona'92 jugaron en su contra en los trials, donde no consiguió el billete para los 100 y los 200 metros. El salto de longitud le sirvió como refugio. Allí se desquitó de Powell, al que superó por 3 centímetros -8,67, por los 8,64 de su compatriota- y se colgó su tercer oro en su prueba fetiche. Ganó también en el 4x100, que elevó su cuenta de preseas de dicho metal a ocho. Y aún sumaría otra, en Atlanta'96, cómo no, en longitud.

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