La Rioja

Rahm se mete en la boca del lobo

Rahm se prepara para golpear la pelota.

Rahm se prepara para golpear la pelota. / Richard Heathcote (Afp)

  • Irregular en el juego, arranca mal en el US Open, acaba enfadado con cuatro sobre el par y deberá apretar para salvar hoy el corte

La víspera comenzó el ensayo general alcanzando sin problema la primera nota exigente. Simbólico birdie en el 9. Tocaba repetir, iniciar el camino del mismo modo, avisar al US Open de que Jon Rahm ha llegado a Erin Hills con la ambición de vivir cuatro días lo más cerca posible del trofeo. Tras más de cuatro horas de juego bajo un sol agobiante, su recolecta no fue la esperada. Muchos gritos de ánimos, casi tantos “¡Ohhh!” de esos que denotan que sí pero no, que la bola roza sin caer en la cazoleta, y menos ovaciones provocadas por golpes para el recuerdo de los aficionados. Se exigió al máximo porque no sabe jugar de otro modo. Y dejó el campo con un mosqueo considerable, cuatro golpes como exceso de equipaje en su tarjeta y la obligación de hacer los deberes en el segundo recorrido al que accederá con la sombra de la guadaña del corte cerca de su posición.

Todo lo que no quería que sucediera, ni él ni ningún otro jugador, se concentró en el de Barrika. Soltó un misil para entrar en calor en el 10, desde donde partió, que le reportó un segundo golpe factible según la composición de lugar. Se le fue lejos, fuera de green, a los pies de las gradas y en un semillero de festuca, esa maldita hierba alta que es la gran trampa de Erin Hills. Librólos tallos con una sutileza de cirujano y flirteó incluso con embocar desde esa posición. Estábamos todos anotando su primer par cuando el putt de menos de dos metros dibujó una corbata para esquivar el hoyo. Bogey.

Lo encajó con aparente naturalidad. Como si fuera un aviso para poner más atención, precisión o lo que demonios se necesite en esas circunstancias. Su estado emocional, aún no lo sabía, acababa de ser puesto a prueba. La salida del 11 fue un itinerario tenebroso. Muy a la izquierda de calle hasta cruzar el límite. Otra ración de hierba con el agravante esta vez de tener por delante cientos de yardas. Golpe de sacrificio para alcanzar calle y maravilloso approach que deja la bola a dos metros del trapo. Ovación. Y decepción inmediata con la segunda corbata que elevaba a dos golpes el castigo en el primer par de banderas afrontadas. En ese instante, su mente comenzó a soltar chispazos, incapaz de entender una puesta en escena tan alejada de lo mil veces planteado, imaginado y repasado junto a su caddie.

Dos pares para tranquilizarse pese a seguir visitando zonas peligrosas. Otra salida al rough afeitado la víspera que reactivó el castigo al volver a condenar un toque para devolver la bola al carril de aceleración y con ello el tercer bogey. Sonaban vítores en su partido, pero no eran en su honor. Como si fuera su yang, Fowler se ponía en modo exhibición con ráfagas de birdies; y Matsuyama aportaba un eagle desde otro condado en el 15, con bola larga que se autoregula en caída para acabar dirigiéndose con una sumisión de libro atraída por la oscuridad del hoyo. A Rahm no le salían las cuentas, estaba con +3 y hasta tres bolas lamieron el perfil de la cazoleta rechazando su invitación a pasar.

Primer gesto negativo. Nuca hacia adelante y mirada clavada en el suelo. La cosa iría a más. En el 17, sin ir más lejos, antes de cerrar la mitad del recorrido. Se le fue la mano con el putter, una barbaridad. El envío cruzó todo el green lateralmente para caer en la vaguada opuesta. Tripateo para el cuarto bogey. La cosa se ponía ya serie y Rahm seguía sintiéndose culpable y, lo que es peor, incapaz de enderezar el rumbo. Se llevó las manos a la gorra, la sacó, la golpeó contra su cadera. Tiró el palo y dedicó una patada de refilón a la bolsa. Dejó a todo el mundo aún en el tapete y se dirigió cuesta arriba, rumiando la hiel, al tee de salida del 18. Hasta su novia Kelly, que siguió entre el público su partido, elevó a las cejas en un gesto entre la comprensión y el cualquiera le dice algo.

Con cuatro sobre el par y los nueve hoyos restantes mal panorama se adivinaba. Su juego se serenó, aseguró más calles den la salida y siguió sin acercar la bola lo suficiente a bandera para no exigirle putts excesivos. Tiró varios de indudable mérito, pero el “¡Ohhh!” era la consecuencia. Su única sonrisa espontánea, automática, apareció en el 3. Por fin un ejercicio de sota, caballo, rey. Birdie para rebajar la presión, que volvió a subir en el siguiente con el quinto bogey del día que le devolvió a un +4 ya inamovible y amenazante. Salvó algunos pares que se le complicaron y rebajó el castigo a los palos por su mal resultado. Seguro que no ayudó nada que a su vera Rickie Fowler abriera una franquicia de birdies para ponerse como líder con -7 a falta del inicio de los últimos partidos,entre los que se encontraba Sergio García, que se marcó un eagle como aperitivo. Rafa Cabrera-Bello salvó el día con +1 y la gratificante sensación de que “no me han salido muchas canas”.

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