Un artista con alma de intérprete

Talento innato para el patinaje, el madrileño suma a sus facultades una enorme capacidad para expresarse sobre el hielo

AMADOR GÓMEZ

«Hay veces que voy a empezar un programa de competición y pienso: 'Yo lo que quiero es irme a casa', 'yo ahora mismo no quiero estar aquí'... Pero luego empieza la música y soy como un robot. Cambio el chip y hago el programa y lo hago perfecto», se enorgullece Javier Fernández, un talento innato para el patinaje que, a los 26 años, ya se considera viejo para este deporte y en Pyeongchang ha cumplido por fin otro gran sueño en sus últimos Juegos Olímpicos.

A sus facultades físicas, mentales y artísticas suma una extraordinaria capacidad para expresarse sobre el hielo, transformado en Charlot, Don Quijote, Elvis Presley, Superman, el Jack Sparrow de 'Piratas del Caribe'... Para llegar a los aficionados y a los jueces y ganarse, en la pista y fuera de ella, el cariño de quienes ven en el patinador madrileño a un auténtico ejemplo de valentía, sacrificio y ambición que le han permitido derribar todo tipo de obstáculos.

Dedicado al patinaje desde los seis años, se vio obligado, por falta de apoyo, a abandonar Madrid y emigrar a los 20 a Toronto, después de pasar por Jaca y Nueva Jersey, para iniciar en Canadá una fulgurante carrera, jalonada, antes de la ansiada medalla olímpica, por dos títulos del mundo y seis de Europa consecutivos.

Reconocido como un chico sencillo, humilde y, ante todo, muy sensible y cariñoso, es todo educación y amabilidad fuera de la competición. Sin embargo, con los patines se convierte en un autómata y exhibe una doble personalidad que le permite, como actor y deportista, deslizarse al ritmo de diferentes músicas con innovadoras coreografías y realizar espectaculares y sólidos ejercicios.

Verdadero 'showman', ha progresado sin freno y, con trabajo y disciplina, ha pulido su patinaje hasta límites insospechados. La experiencia y los errores cometidos en los Juegos de Sochi 2014 y en el Mundial de Helsinki también le han empujado hacia el único metal que le faltaba.

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