La Rioja

Y La Salera se mudó a Tafalla

Ánímos. Un aficionado se acerca a Rojo; Lozano y Javito, entre lágrimas, encuentran consuelo en la afición.
Ánímos. Un aficionado se acerca a Rojo; Lozano y Javito, entre lágrimas, encuentran consuelo en la afición.
  • La afición najerina no paró de animar a su equipo, incluso después de la derrota

Si alguien se acercó ayer a San Francisco sin tener ni idea de lo que se jugaba en ese campo, seguramente pensó que el equipo local era aquel al que animaban más de 1.500 personas vestidas con camisetas blanquiazules. No en vano, la afición del Náxara se dejó notar, y de qué manera en Tafalla. Tanto que incluso parecía que La Salera se había mudado a tierras navarras.

Ya en los aledaños del campo de fútbol los riojanos llevaban la voz cantante y eso se trasladó a las gradas. No importaba que ayer fuera un día grande en la localidad riojana, con la celebración de San Juan, el pueblo se movilizó y los jugadores del Náxara se sintieron tremendamente arropados, como si jugaran en casa.

La primera ovación llegó cuando los once elegidos por Diego Martínez y los suplentes saltaron a calentar y, desde entonces, los ánimos ya no cesaron. Cada jugada de ataque riojano era vivida con enorme intensidad y, cuando Javi Martínez abrió el marcador, el jolgorio se hizo mucho mayor. Banderas, bufandas... Todo saltó por los aires.

El empate de la Peña Sport no hizo disminuir ni un ápice los decibelios de los ánimos najerinos. La afición siguió igual, como si el tanto navarro no hubiera existido. Y lo mismo ocurrió tras la segunda diana, esa que prácticamente mandaba al lastre las esperanzas de ascender.

La respuesta al tercer gol local, por último, fue una atronadora ovación. El sueño se había evaporado, pero el orgullo de un club, de un pueblo, de una afición permanecía intacto. El agradecimiento tanto a los jugadores, al cuerpo técnico y a todos los que componen el Náxara quedó de manifiesto con el pitido final. Entonces, las lágrimas invadieron los rostros de futbolistas, entrenadores, directivos y seguidores y los abrazos entre todos ellos se sucedían en el campo. Todos se animaban, todos lloraban, todos aplaudían el esfuerzo y todos cantaban a una sola voz «¡Náxara, Náxara!».

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