FIEBRE EN LAS GAUNAS

Los superpoderes

Los superpoderes

VÍCTOR SOTO

Resulta tranquilizador saber que al cruzar la muga del Ebro, tal vez por el agua, el clima, las tradiciones o la idiosincrasia, se puede mutar. Como el gusano convertido en mariposa. Pasar de ser un triste riojano a un aguerrido hombre merecedor de vestir la zamarra del Athletic. Una mera cuestión de tiempo y de atinado discernimiento por parte del evaluador, porque en un mundo globalizado parece difícil encontrar las diferencias de un chaval nacido en Oyón de otro de Logroño, o de Lapuebla y Fuenmayor, o de Nueva York y Madrid.

Tendrán que esperar esos chavales del Berceo y Comillas, clubes convenidos con el Athletic, para despuntar y ser fichados por otros clubes vascos (vale la Oyonesa, pero también el Vianés, que en Ibaigane entienden de geografía política no de geografía y punto) para llegar a debutar en San Mamés. El Athletic así lo ha decidido y hay que acatarlo. Cosas del negocio del fútbol. Pero al riojano de a pie, que chiquitea en verano y los fines de semana con sus amigos del norte del Ebro, que juega en el frontón con ellos, aunque vistan la camiseta del Athletic, que pasea con ellos por Ezcaray, Santo Domingo, Haro, Ábalos o Casalarreina pues, sinceramente, le jode. Porque se vuelve a sentir como una crisálida a la espera de una mutación.

Lo bueno es que también a muchos aficionados del Athletic las decisión les ha dolido. Entre otras cosas, por lo que representa de excluyente y sectario. Y porque afecta a unos niños que, afortunadamente, nada saben de política y ven el mundo como un espacio feliz cerrado por dos porterías y gobernado por un balón. Unos niños, que tal vez, sólo querían imitar a sus ídolos. Fernando Llorente, José Mari, Aranzubía, Luis de la Fuente, Dani Ruiz Bazán, Santi Ezquerro... o Carlos Fernández Casado, aquel ingeniero que les colocó el arco en San Mamés. Porque los riojanos, afortunadamente, no sólo tenemos pies, sino también cabeza.

Así que nada, señor Urrutia y compañía, a seguir haciéndose trampas en ese solitario permanente al que no se cansan de jugar. A seguir blandiendo la sagrada bandera que ustedes mismos se han encargado de mancillar en numerosas ocasiones. Y a seguir pagando a los ojeadores que vigilan los campos de La Rioja, porque lo que han dejado claro es que van a seguir pescando aquí, aunque luego les cueste más tiempo y mucho más dinero. Porque de eso andan sobrados, casi tanto como de orgullo y de engaños autocomplacientes.

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