La Rioja

Amelibia, de rodillas, expresa su desesperación. :: fernando díaz
Amelibia, de rodillas, expresa su desesperación. :: fernando díaz

SEGUNDA DIVISIÓN B

EVOLUCIÓN O REVOLUCIÓN

  • La UD Logroñés tira a la basura su ventaja sobre el Mensajero, pierde y evidencia que la plantilla actual no está capacitada para las cotas que anhela el club

Abandonaban los jugadores de la UD Logroñés el césped de Las Gaunas mientras sus rivales festejaban su primer triunfo lejos de la isla. Al fondo, en el área del gol norte, Miguel Martínez aparecía en cuclillas, con las manos tapándose la cara. Hasta él se acercaba Jaime Paredes. Diálogo de lágrimas, de hundimiento, de preguntarse por qué, por qué, por qué. La UDL lo tenía todo en el minuto 82. Todo lo que podía pedir en una situación crítica como la que vivía: mejoría, victoria, amistad con la grada. Hasta lucía el sol. Sin embargo, algunos de los jugadores de este equipo no responde a la exigencia que marca el club. En Albacete encajó un gol de entrenamiento; en Navalcanero, dos, también de entrenamiento; y ayer, más de lo mismo. El primero es de sesión sin rival, para memorizar movimientos y rezar para que salga en un partido; el segundo se origina en un error de Reguilón en la medular, aunque tan mala o peor es la respuesta de otros tres jugadores que son incapaces de cerrar la progresión de Ale González. Tocados y hundidos.

¿Cuál es la explicación? La competitividad. Jugar bien a fútbol no significa ser competitivo. El primero se queda con la estética y se ampara en ella para justificar el mal resultado; el segundo añade el marcador positivo. Y la UD Logroñés no es un equipo competitivo. Ayer se trataba de ganar. Punto. Carlos Pouso lo sabía. Por eso apostó por el doble pivote, para dar más fuerza a la medular, tanto en defensa como en ataque. Durante muchos minutos, la UD Logroñés dio continuidad a su fútbol. Sorprendió con Muneta en la media punta y Sergio García en la banda derecha. Fueron los que mejor fútbol ofrecieron junto a Pablo Espina, que jugó de falso nueve. Sobre el césped se plasmaba algo de lo que ensayan durante la semana. Poco, pero sí algo. ¿Por qué no son capaces de trasladar al partido el trabajo diario? Por falta de competitividad. Aun así, Sergio Reguilón vio cómo le anulaban un gol por fuera de juego tras una jugada trenzada; y poco después, tras otra triangulación, Ramos le impedía disparar a portería con todo a favor para superar a Ioné. A esos movimientos, con Muneta aportando criterio, se sumaba el peligro a balón parado. El portero canario evitaba el gol a remate de Pazó. El enfermo respondía a la medicina. Equilibrado sobre el césped, el Mensajero no tenía ninguna opción. La UD Logroñés presionaba arriba y no pasaba apuros defensivos, salvo los autogenerados, pero Miguel daba la solución. El gol de Adrián León, a balón parado, hacía sonreír a todos y enfadar a los canarios, que habían tirado por la borda todo un periodo.

Era el momento. Un segundo gol cerraba el partido. El Mensajero no cambió su discurso: toque, toque y más toque. A ritmo isleño. Sosegado hasta la desesperación. La UD Logroñés se contagió fruto de la ausencia de personalidad. El desorden comenzó a asomar. Distancias entre líneas. El cansancio anulaba a Muneta y a Sergio García. Éste le dio la oportunidad ayer a Ferrone de hacer algo grande. Le generó metros y metros cuadrados de espacios. No lo entendió. El partido estaba ahí, entre otros frentes. El día ideal para poner media docena de balones de gol y reivindicarse. Ninguno. Esos detalles impiden ser competitivos. Unos se iban y otros entraban. Rico, Thaylor y Mendi. Nada que aportar. El equipo se rompió. Ramos, lateral derecho, voló el balón al círculo central; Portilla recibió sin presión alguna. Estar al lado, como estaba Amelibia, no es presionar. Matías arrancaba desde la izquierda. El balón a la espalda de los centrales pillaba a César Caneda saliendo a ningún sitio y a Pazó ausente. Gol. Sin presión, con errores y sin capacidad de reacción.

Había tiempo para más, sin embargo. Tres minutos son muchos minutos. Reguilón perdió el cuero en la medular y bajó. Se lo arrebató Ale González, que se fue recto hacia el área. Nadie le salió al paso. Como en Albacete. Nadie. Como en Albacete. Caneda reculó para taparse; a Amelibia y Reguilón les faltó velocidad para recuperar y Pazó estaba pendiente de quien no tenía el cuero. Uno contra cuatro y ganó el atacante solitario. Cinco con el portero, pero Miguel no siempre va a tapar las carencias de los demás, como había hecho poco antes ante Matías. Tiene un límite. Falta de competitividad. Es algo más que un mal día, porque es reiterativo. Así murió el partido, con la grada sin saber qué decir y los jugadores al cobijo del silencio del vestuario. Hundidos. Ya no valen los tópicos.

Con dieciséis puntos en la tabla y tan sólo uno de ventaja sobre el ascenso, las distancias no son el problema, sino las mentes. Un arreón les mete en la pelea de arriba, pero ahora mismo no saben ni por dónde arrear. La debilidad de la plantilla es latente. El Carlos Pouso director deportivo se ha equivocado; el Carlos Pouso entrenador intenta exprimir lo que tiene, pero no consigue ni trasladar el trabajo diario al partido ni que sus hombres no cometan errores infantiles. Y son éstos los que están arruinando el futuro. Dos son los caminos: año de transición o pelea. Mejor el último. Para ello no sirve la actual plantilla. Necesita media docena, mínimo, de pura sangres futbolísticos. Y le sobran otros tantos. Ahora le toca a Félix Revuelta y Carlos Pouso renovar sus votos con una nueva inversión. Es decir, apostar a todo o nada. Evolución, como dijo Julen Lopetegui, o revolución. O las dos.