La Rioja

Un gol Salvador

Gorka Magunazelaia, guardameta sestaotarra observa como el balón enviado por Carles Salvador le supera para entrar en su portería, en lo que fue el tanto del empate blanquirrojo en el último suspiro del encuentro. :: justo rodríguez
Gorka Magunazelaia, guardameta sestaotarra observa como el balón enviado por Carles Salvador le supera para entrar en su portería, en lo que fue el tanto del empate blanquirrojo en el último suspiro del encuentro. :: justo rodríguez
  • El conjunto blanquirrojo sufrió un serio apagón en su fútbol, que sólo volvió a ver la luz cuando jugó con mayor intensidad y con el resultado en contra

  • La UD Logroñés empató en la última jugada un partido que perdía por su propia ineficacia

Logroño. La UD Logroñés estuvo a un paso de sufrir el varapalo de la primera derrota en casa ante un Sestao River que a punto estuvo de aprovechar el regalo en forma de poco juego y falta de intensidad que ofreció el equipo riojano durante buena parte del encuentro.

El buen inicio blanquirrojo se convirtió en un espejismo a partir de la media hora de juego. Lo que había comenzado con un equipo bien posicionado en el campo, con ventaja en la pugna por el balón y con salida rápida y larga, lo que llevó a tener varias ocasiones para inaugurar el marcador, quedó relegado a partir de ahí para pasar a otro juego errático, sin capacidad de tener el balón controlado durante más de dos pases.

El Sestao River, que sufrió en los primeros compases el juego largo a la espalda de su defensa, fue cerrando huecos, presionando en el centro del campo y consiguiendo que los riojanos empezaran a jugar con balones divididos, de los que sacaban ventaja.

Espina se erigió en los primeros compases del encuentro en el hombre de referencia del juego de ataque blanqurirojo. Balones a su demarcación para que los bajara y buscara a los compañeros con pases verticales. Fue quien propicio la primera ocasión para Thaylor y la segunda para Chevi, que no tuvieron el premio del gol, porque en la primera el balón del bilbaíno se fue demasiado cruzado y en la siguiente, el madrileño no llegó al centro de su compañero.

Tras un disparo de Espina al larguero en el saque de una falta y otra ocasión para Thaylor, que desmontó Magunazelaia, el Sestao fue cogiendo la onda, aprisionando a los encargados de sacar el balón jugado y dejando sin aliento a los dos laterales, Salvador y Paredes, que no conseguían llevar el esférico más allá del medio campo.

Adrián León, Chevi y Javi Rey, trabajadores en tareas defensivas, no eran capaces de sobrepasar la primera de las dos barreras de cuatro hombres que montó el conjunto verdinegro. Pero lo peor es que se jugaba andando, sin ideas, sin caídas a banda del delantero para recibir y sin desmarques que pudieran hacer daño al rival. Ya al final del primer tiempo, los sestaotarras se empezaron a dar cuenta de que el balón era suyo, que ganaban la posición y el control por su mayor intensidad.

La falta de tensión en los blanquirrojos fue más notoria en la segunda parte. El juego combinativo que quiere Carlos Pouso en su equipo era una quimera. El balón pasaba siempre por encima de los centrocampistas que sólo podían jugar el balón tras robar a los rivales, que mostraban más entusiasmo, pero que carecían también de la calidad necesaria para hacer daño.

El apagón en el juego terminó por conceder al Sestao su oportunidad para adelantarse en el marcador. Un error en el centro del campo propició que el balón llegara a Santamaría, el verdinegro más peligroso. Se lo dio a Rodri, quien recortó y envió a la red junto al palo izquierdo, evitando la estirada de Miguel.

Desolación sobre el césped y pitos en la grada. No se entendía la pasividad del juego riojano y la falta de ritmo y de llegada. El tanto en contra sirvió para rescatar en los blanquirrojos su capacidad de reacción. A partir de ahí se vivieron los mejores momentos, a la desesperada, pero con la intensidad que requiere este tipo de rivales rocosos y que no dan nada por perdido.

El juego empezó a fluir por las bandas, que parecían no existir minutos antes. Thaylor volvía a llevar peligro por la derecha y Pastor, que entraba en el campo, lo hacía por la izquierda. El centro del campo funcionaba para cortar y para crear. En la grada de pedía intensidad y el equipo se volcó en la búsqueda de un gol que diera al menos un punto. Pazó estuvo a punto de conseguirlo en una chilena que llevó el balón al larguero y en un remate de cabeza que detuvo Magunazelaia abajo. Hasta que, en la última jugada, en el último suspiro, Carles Salvador aprovechó un centro desde la izquierda para volear según le cayó el balón y alojarlo en las mallas en un tiro cruzado incontestable.

No hubo tiempo para más, ni para menos. La actual UD Logroñés no puede permitirse el lujo de entregar casi cuarenta y cinco minutos al rival.

El juego de control, con balones al hueco y a la espalda del contrario, no puede ser algo puntual. Es la forma que quiere darle Carlos Pouso al equipo. El motivo por el que no se desarrolla más que en contadas ocasiones y cuando el resultado es desfavorable es algo que tiene que cambiar si la UD Logroñés quiere optar al objetivo que se ha marcado esta temporada. Mientras las lagunas sigan siendo tan grandes, no se podrá llegar a la zona noble de la tabla.