La Rioja

El día que cambió el fútbol en La Rioja

El gol que nos cambió
  • Hoy se cumplen 30 años del triunfo del Logroñés sobre el Valencia y su ascenso a Primera División

  • Un gol de Noly en el viejo Las Gaunas dio paso a la época más gloriosa de un club único que forma ya parte de la historia

Vivía La Rioja aquella vigesimocuarta semana de 1987 inmersa en unos intensos días. El 10 de junio, los riojanos habían pasado por las urnas para elegir su Parlamento regional, pero para los futboleros la fecha era la del 14 de junio, en Las Gaunas y con el Valencia como invitado a lo que se deseaba que fuera una fiesta: el ascenso del Logroñés a Primera División, el primero en sus 47 años de historia.

Chuchi Aranguren había aterrizado en Logroño en el verano de 1986 con el reto de pensar en algo más que seguir en una categoría, Segunda División, que se había logrado apenas un puñado de años antes de la mano de Delfín Álvarez y gracias a aquel famoso gol de Pita al Osasuna B. Años en los que Las Gaunas se convirtió en el destino dominical de los aficionados blanquirrojos. El viejo Las Gaunas. Incómodo, presidido por el cemento de sus gradas, por aquel enorme marcador simultáneo del fondo sur, por enormes banderas rojas y blancas de los Lotina Boys, por los gritos de los vendedores ambulantes (Hay Kas, Kascol, cerveza, caramelos Skysol y pastillas Viuda de Solano) y por un atmósfera nostálgica que se preparaba para una nueva era. «Llegabas noventa minutos antes al campo y la grada de general ya estaba llena. Eso es impensable a día de hoy», recuerda Nacho Martín, uno de los grandes jugadores del equipo y capitán durante muchas temporadas.

El Valencia llegaba ascendido. El Logroñés necesitaba ganar al cuadro ché, aunque aún le restaba un partido más, en Alicante. «El Valencia tenía un equipazo. Su obligación era ascender, la nuestra no. Sabíamos que no nos iba a dar nada, pero también éramos conscientes de que si marcábamos primero todo sería más sencillo», apunta Raúl Ruiz, otro de los riojanos del equipo.

Dos días antes de aquel domingo, Joaquín Negueruela, presidente de la entidad logroñesa, anunciaba la renovación de Aranguren por una temporada más. «Era cierto que me gustaría entrenar en Primera, pero al final han pesado otras razones», indicaba el técnico vasco para explicar su continuidad. Aranguren dejaba patente en aquella rueda de prensa su absoluto convencimiento de dirigir al Logroñés en Primera. «Eso ni se cuestiona, pues el año próximo vamos a estar en Primera, seguro», respondía cuando le preguntaban si en el contrato se recogían determinadas cláusulas que afectasen a su futuro más allá del 30 de junio y dependiendo de la categoría.

Los blanquirrojos dejaron la ciudad, alterada por sus fiestas de San Bernabé, para buscar la calma que les aportaba Ezcaray. Y llegó el 14 de junio. Día propicio para la gesta, para escribir la página más importante de la historia. Amaneció aquel domingo con una enorme tromba de agua sobre la capital riojana que demandó la presencia de los bomberos en Las Gaunas para achicar agua del césped y también de la zona de vestuarios, inundada. El escenario era el adecuado para un partido de raza, de pelea, de coraje sobre un césped que se presumía embarrado y pesado. «Fútbol riojano épico en estado puro», afirma Nacho Martín.

«De repente me veía allí, jugando un partido por ascender a Primera. Yo, un chaval de Yagüe que había llegado al primer equipo desde juveniles», relata Raúl, que aquel día jugó los últimos minutos. «Marcó Noly y sólo quedaba aguantar en medio de los muchísimos charcos que había en Las Gaunas», añade.

Y Noly precisamente abría la comitiva que surgió de aquel estrecho túnel de vestuarios. Las peñas Lotina Boys y El Águila hacían pasillo de honor a ambos equipos. Junto a ellos, la falla Lepanto. «Había mucha incertidumbre porque sabíamos que si no ascendíamos ese domingo, jugarnos todo en Alicante iba a ser muy complejo. Conseguimos una gesta espectacular. Que Logroño estuviera en Primera era algo histórico. Éramos un equipo que caía simpático, pero muchos aficionados comenzaron a ubicar Logroño en el mapa gracias al Logroñés. El equipo y el vino han sido fundamentales en el conocimiento de esta tierra», apunta Martín.

La historia comenzaba a escribirse muy pronto, en el minuto 4 de partido. Falta a favor del Logroñés, a más de treinta metros de la portería defendida por Sempere, en el fondo sur. Sánchez Lorenzo tocaba en corto para Noly, que disparaba con potencia. El balón botaba al borde del área pequeña, superaba la estirada de Sempere y se alojaba en la red junto a su poste izquierdo. «El gol del Logroñés ha sido de churro», decía Alfredo Di Stéfano, entrenador del Valencia. Daba igual.

El Logroñés había hecho lo más difícil, aunque quedaba lo peor: mantener la diferencia en el marcador. Y se logró, a pesar de que el tinerfeño Brito Arceo añadió cinco minutos al partido. Cinco minutos angustiosos para los allí presentes, máxime después del silencio que se hizo en el recinto cuando Subirats superó a Moncaleán y marcó el gol del empate. El colegiado lo anuló por fuera de juego y del silencio más sepulcral se pasó al delirio contenido. «El Valencia había subido, pero no nos regaló nada aquel día. Era un equipazo. Recuerdo poco del encuentro en sí, aunque me acuerdo de cuando Subirats marcó y Brito lo anuló», rememora Nacho Martín.

El encuentro del ascenso dejó 11 millones de pesetas (66.000 euros) en las arcas blanquirrojas en una temporada en la que la entidad ingresó 130 millones (782.000 euros) en concepto de taquillas. Números muy alejados de la realidad actual. Cada jugador cobró 750.000 pesetas (4.500 euros) por el ascenso.

Logroño no durmió aquella noche. Quedaba por delante el partido de Alicante y una semana más de trabajo. Ya no importaba. «No se pueden contar los sentimientos que un futbolista tiene cuando asciendes a Primera División. Es inenarrable» decía Chechu, aquel veloz extremo que no abandonó Logroño. «Es una sensación que sólo el que la siente como jugador puede acercarse a explicarla. No hemos ascendido de suerte» comentaba José López Pérez, que también hizo del Logroñés y de Logroño su casa.

Una semana después, el Logroñés regresó de Alicante. «Nos pararon en La Grajera y nos montamos en 'suzukis' descapotables. Cuando llegamos a Yagüe fue increíble. Recuerdo una fotografía de mi padre besándome», rememora Raúl.

Fue el día de la gran celebración. Aquel Logroñés en blanco y negro, hijo de la furia española, abrió la puerta a una época irrepetible en la que acarició la Copa de la UEFA de la mano de José Luis Romero. Por aquel viejo campo pasaron jugadores impensables para una entidad modesta como Quique Setién, Manu Sarabia, Hugo de León, Oscar Ruggeri, Juan Carlos Herrero, Antonio Alzamendi, el 'Abuelo' Cruz, Islas, Cristóbal Parralo, Ochotorena, Abadía, Marcos Alonso, Silvio Lung, Nelson Gutiérrez, Salva, Julen Lopetegui, Toni Polster, Polillita Da Silva, Enrique Romero, Antonio Poyatos, Luciano Iturrino, Américo Cleber u Oleg Salenko, sin olvidar una extensa nómina de riojanos lideraba por Nacho Martín, Raúl Ruiz, Ricardo Moreno, José Ignacio, Roberto Matute, Fernando Marín, Toño Jubera, Óscar Herreros,...

«El Logroñés se hundió en el año 2000. Se han creado muchos clubes después, pero no estamos en el fútbol profesional, que es donde debe estar Logroño. No hemos aprendido nada», concluye Nacho Martín. «El Logroñés ya no existe. Es pasado. Y desde la distancia no entiendo que esa tierra no tenga un equipo en Primera o Segunda. Hay que seguir adelante con lo que hay y todos a una. ¿Quién no recuerda el pipipi, gol en Las Gaunas?, sentencia Raúl.

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