La Rioja

FIEBRE EN LAS GAUNAS

El de negro

Un árbitro, sobre el césped de Las Gaunas :: justo rodríguez
Un árbitro, sobre el césped de Las Gaunas :: justo rodríguez

Aunque ahora resulte increíble, hubo un momento en el que no existían árbitros en el fútbol. Eran tiempos de pureza original, de acuerdos, nobleza y diálogo. Los jugadores consensuaban las decisiones y el partido transcurría mediante acuerdos puntuales. A los futbolistas se les exigía una honradez y una caballerosidad a prueba de bombas.

Poco a poco, el concepto fue evolucionando. Apareció el capitán, elegido en cada conjunto por su especial probidad. Era el encargado de hablar y decidir. Poco después, a mediados del siglo XIX, los capitanes salieron del campo y se convirtieron en los 'umpires'. Detrás de la portería rival, determinaban si el balón pasaba la raya de gol y también, mediante acuerdos, hacía evolucionar el juego. Los 'umpires' era poco menos que ejemplos de moralidad.

Pero el fútbol crecía y los colores cada vez empujaban a una mayor masa de aficionados. Y aparecían las presiones, las hinchadas, el dinero, la fama... Y los 'umpires' no resultaban suficiente. Si antes sus decisiones eran indiscutibles, hacia 1870 cada vez era más difícil que se pusieran de acuerdo.

Se tuvo que inventar, entonces, la figura del árbitro, que la historia fija en 1872. La diferencia era clara: el trencilla no pertenecería a ninguno de los conjuntos rivales, sino que se trataría de alguien independiente que actuaría, eso sí, siempre bajo petición de los futbolistas. Poco a poco, los 'umpires' fueron perdiendo su función y acabaron convertidos en jueces de línea.

Pero ya nada sería igual que antes de 1871. En estos 145 años, el fútbol se ha convertido en uno de los mayores negocios del mundo y los árbitros, en una especie de mal necesario, imán de insultos y catalizador de odios. El árbitro es el picante del balompié y también la espita de liberación de traumas y frustraciones.

Como cualquier ser humano, los colegiados también se equivocan lamentablemente. Pero la sensación es que su presencia es esperada por unos cuantos para llevar a cabo sus particulares venganzas. El cáncer ha llegado hasta la base del fútbol, podrida de competitividad, exigencias, insultos y hasta agresiones. Los padres gritan y los hijos, en el campo, imitan su actitud encarándose con los colegiados.

El monstruo ya está alimentado y la degeneración proseguirá. Por eso resulta doloroso evocar ese fútbol edénico, de diálogo y argumentos, de honradez y verdades, donde la caballerosidad estaba por encima de los resultados. Pobre deporte y pobres árbitros.