VUELTA A ESPAÑA

Trentin sueña más rápido que Lobato

Matteo Trentin gana con autoridad en la llegada masiva de Tarragona. :: JAIME REINA / efe
Matteo Trentin gana con autoridad en la llegada masiva de Tarragona. :: JAIME REINA / efe

El italiano aprovecha la precipitación del andaluz en el sprint de Tarragona, víspera del duelo en Santa Lucía

J. GÓMEZ PEÑA TARRAGONA.

Por las calles romanas de Nimes, punto inicial de esta Vuelta, a Matteo Trentin se le vio pasear el sábado en bicicleta con su hijo. El pequeño, vestido con el maillot arcoíris de campeón del mundo, pateaba sobre su triciclo sin pedales por la salida de la primera etapa. El oficio de Trentin es lanzar a tipos aún más veloces que él como Kittel y Gaviria, pero en el tiempo que le deja libre ese trabajo ha logrado triunfos de etapa en el Tour, el Giro y, ahora, en la cuarta jornada de esta Vuelta. Completó la colección en la meta de Tarragona, otra ciudad romana como Nimes, donde hace unos días se le caía la baba a rueda de su hijo. Trentin disfrutaba con su pequeño campeón del mundo, que avanzaba sobre una bici de juguete como si rodara sobre el Tour. Los niños sueñan fácil. Algo de eso les queda siempre a los adultos.

Steven Spielberg decía que su profesión era «crear sueños». Ya había rodado 'E.T. El extraterrestre' cuando se puso a buscar por medio mundo una puesta de sol para su nuevo proyecto, 'El imperio del sol'. La aventura de un niño metido en una guerra. Miró en África. En América. No. Alguien le susurró otro nombre: Trebujena, en Cádiz. Para allá se fue en 1987, un año antes de que naciera Juanjo Lobato, el ciclista andaluz al que traicionó la ansiedad en la última curva del sprint de Tarragona. Lo lamentaba: «Tendría que haber esperado a que Trentin se lanzara». No lo hizo y el italiano le arrebató ese sueño bajo la pancarta. «Bueno, confío en tener otra opción. Nunca dejo de confiar en mí», se consoló.

Ni se abandona del todo la infancia. Entre la salida de Andorra y la meta de Tarragona había un puerto de tercera y hubo una fuga. El francés Rossetto y el abulense Diego Rubio la prolongaron hasta que faltaban apenas ocho kilómetros para la meta. Contra el pelotón y contra el viento. Demasiados enemigos. «Sólo iba pensando en darlo todo, en que igual el viento cambiaba», relató Rubio, corredor del Caja Rural. Tiene 26 años y es de Navaluenga, cuna de escaladores como Mancebo. De cerca de allí son alpinistas del Tour como Arroyo, Sastre y 'Julito' Jiménez. De ese paisaje cuesta arriba. Rubio, con 1,93 metros y silueta musculada, nació en el sitio equivocado. Tan robusto. Pero la Vuelta a España le llamó.

A su escuela en Navaluenga acudieron un día los responsables de la 'Vuelta junior', iniciativa de la ronda para fomentar la cantera. Antes de que la carrera pase por un lugar, los responsables de este proyecto recorren los colegios, dan una clase de educación vial y hacen una selección con los críos que mejores maneras lucen sobre la bicicleta. Rubio fue uno de los elegidos. Le gustó. Se alistó en la Fundación Víctor Sastre, padre del ganador del Tour, que había montado en El Barraco una escuela ciclista para fomentar el deporte y salvar de la mala vida a tantos jóvenes perdidos en la comarca entre drogas y alcohol. Rubio descubrió así su vocación. Ya no paró hasta hacerse profesional.

Aunque ni en sueños se puede luchar contra la naturaleza. Sigue sin ser escalador. Es un 4x4, un todoterreno ideal para cabalgadas como la que protagonizó hasta casi llegar a Tarragona. Aquí son costumbre los castillos humanos. Los 'castellers' más robustos se colocan abajo. Sobre sus espaldas trepan otros componentes de la cuadrilla. Y, tras formar varios pisos, sube hasta arriba un niño.

El ciclismo también es así: hace falta una amplia base para que alguno del los críos de hoy sea un día el nuevo Contador. Al madrileño, ganador del Tour, el Giro y la Vuelta, se le apaga la mecha. «No sé qué me pasó el lunes en Andorra. Tengo molestias estomacales. A ver si no duran mucho y aún puedo hacer algo», deseó.

La Vuelta tiene un formato inquieto. No le esperará. Tras el peligroso sprint de Tarragona, la prueba estrena la subida explosiva a la ermita de Santa Lucía, en Alcossebre. Tres kilómetros de dinamita. Froome, el líder con dos segundos de renta sobre David de la Cruz, no conoce esa cima. «Estudiaré el recorrido por la noche», dijo.

Ahora, de mayor, sueña menos. Tira más de cálculo. «Me gusta ir con el maillot de líder. Prefiero defenderme con la ayuda de mi equipo que tener que remontar», aseguró. Es mejor mirar desde arriba a rivales como Chaves y Nibali. De ellos habla como los más peligrosos. Aunque más le asustó el trazado previo al sprint de Tarragona. Escuchó, como todos, la caída que le costó minuto y medio a Dani Moreno -no es de momento la Vuelta del Movistar- y tres minutos a Pozzovivo.

Y por eso, por los galones que tiene, pidió en la meta a los jueces de la UCI que apliquen como en el Tour la regla de los tres segundos: en las etapas con final al sprint, sólo se contabiliza el tiempo de separación entre los distintos grupos si supera los tres segundos. «Así, los favoritos no nos veríamos obligados a jugárnosla en las llegadas masivas», pidió. Ejerce de líder también fuera de la carrera.

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