FIEBRE EN LAS GAUNAS

El verdadero infierno

Sagan levanta el fragmento de adoquín con el que se premia al ganador de la París-Roubaix. /  AFP
Sagan levanta el fragmento de adoquín con el que se premia al ganador de la París-Roubaix. / AFP

VÍCTOR SOTO

Cuando Peter Sagan era joven, muy joven, y acababa de dar el salto de la bicicleta de montaña al ciclismo de carretera, los aficionados comenzaron a conocerle porque en mitad de una carrera si alguien le pedía que hiciese un caballito, el eslovaco lo realizaba solícito. Ya fuese en llano, subiendo o bajando. Cuando no se jugaba nada y sólo quería divertirse, Sagan escuchaba peticiones y levantaba sonrisas. Si tenía hambre, cogía lo que le ofrecían en las cunetas; si sufría un apretón, llamaba a las puertas de una autocaravana y entraba al baño como una persona civilizada; si veía a su novia en el arcén, paraba a besarla. Sagan quería tanto el espectáculo que no controlaba sus actos. En el podio, por ejemplo, podía pellizcar el culo de una azafata, sin entender que su pretendida travesura era un abuso y una grosería. Al día siguiente, eso sí, buscaba a la agraviada para regalarle un ramo de flores y pedirle disculpas.

Tampoco controlaba cuándo lanzar los esprints o hasta dónde sacar los codos, lo que le costó, por ejemplo, la expulsión del pasado Tour de Francia.

Todo es excesivo en Sagan, desde sus trajes hasta sus celebraciones. Arrastra a una legión de seguidores y seguidoras que, de otra forma, no se acercarían al ciclismo. Pero, al mismo tiempo, es el primero en vestirse el buzo de trabajo y bajar al barro.

El triunfo de Sagan en Roubaix se queda en nada por la muerte de Goolaerts

Ayer, en la París-Roubaix, el 'infierno del norte', la carrera de los adoquines y el sufrimiento, lo volvió a demostrar. Demarró a más de 50 kilómetros para la meta, fue cogiendo y luego dejando compañeros de fatigas y en el vetusto velódromo de Roubaix eligió una de las mil maneras imaginadas para superar a su último rival, Silvan Dillier.

Y volvió al podio para alzar el trofeo más humilde y más querido del ciclismo profesional: un adoquín, una piedra para recordar a los humanos de qué material están hechos los sueños de gloria en Roubaix.

Entonces, Sagan no sabía que él no sólo había ganado, sino que había salido indemne del infierno. Uno de sus compañeros de pelotón, el belga Michael Goolaerts, no lo logró. En uno de los tramos de pavé cayó fulminado. Una parada de un corazón de 22 años con final dramático. De nada sirvió la hora de reanimación sobre los adoquines, el traslado en helicóptero ni los tratamientos de urgencia.

Al filo de la medianoche, Goolaerts fallecía. Ni la medicina ni el apoyo masivo ni los mensajes de ánimo, como el del propio Sagan, quien aseguró que todos sus pensamientos y plegarias estaban con su compañero convaleciente, sirvieron.

El corazón del belga dejaba de latir y con él el del mundo del ciclismo. El 'infierno del norte' se convertía ayer en una realidad. La pena se volvía a cebar con el deporte más sacrificado y bello del mundo. Otra vez. Y ya son demasiadas. Maldita mala suerte.

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