TOUR DE FRANCIA

Seis milímetros es mucho

El alemán Marcel Kittel y el belga Philippe Gilbert, compañeros del Quick Step, bromean tras la séptima etapa del Tour. :: B. Tessier / reuters

En vísperas de la montaña, el alemán Kittel suma su tercer triunfo ante Hagen en un sprint que pareció acabar en empate

J. GÓMEZ PEÑA

troyes. Marcel Kittel acaba de entrar en la meta de Nuits-saint-Georges. No celebra nada. Las cámaras le siguen y él calla. Echa un trago apresurado a una botella de agua y suelta, como un trueno, un eructo. Como si estuviera solo. Lo está. En su burbuja. Pendiente del pinganillo que le habla al oído. Al fin escucha lo que quiere: ha ganado. Por los pelos. Entonces regresa al mundo. Y se va hacia sus compañeros, los que le han lanzado en el sprint. Se cruza primero con el belga Gilbert, que le pregunta cómo ha ido todo. Kittel se lo explica en un idioma universal: levanta la mano y junta los dedos pulgar e índice haciendo una pinza. Por eso ha ganado.

En Nuits-saint-Georges saben bien lo que cuesta cada centímetro de tierra. Aquí están las parras de los mejores vinos de Borgoña y, entre ellos, alguno de los más prestigiosos del mundo. Las parcelas son pequeñas. Minifundios. Hay broncas entre vecinos por un palmo de suelo. Normal, es la Cote d'Or. El vino es oro. Con la llegada del Tour al pueblo, la pelea fue más cerrada, por milímetros. Los 6 que le dieron al alemán Kittel su tercera victoria ante el noruego Boasson Hagen, el que perdió la etapa que parecía haber acabado en empate. Según los cronometradores y la foto finish, Kittel fue 3,1 milésimas más veloz. Nada. El canto de una galleta.

La modernidad perjudicó a Boasson Hagen. Mejor le hubiera ido en el Tour de 1938, en aquella última etapa en París. Era la edición que anunciaba la II Guerra Mundial. La ganó Bartali para Italia. Pero la jornada final fue de dos mitos franceses, Antonin Magne y André Leducq, ganadores ex aequo aquel día. Tan igualados, tan amigos y tan distintos. Los dos tienen en su palmarés dos Tours. Cada uno alcanzó el éxito a su manera. Magne, hijo de agricultores, era taciturno, disciplinado. «No hay gloria sin virtud», repetía.

Leducq, el gran 'Dedé', nació para estrella. Su padre, chófer de un productor cinematográfico, le consiguió papeles de figurante en alguna película muda. Predestinado. No brilló en el cine pero sí en el ciclismo. Y entre la mujeres. Casado y divorciado en dos ocasiones, cuentan que tenía que cerrar con llave la puerta de su habitación en los hoteles para evitar visitas femeninas. Y dicen que su equipo perdió un patrocinador porque la esposa del dueño de esa empresa se encaprichó el atlético y dispuesto 'Dedé'.

El caso es que los dos se llevaban bien pese a su rivalidad. Y en aquella etapa final del Tour del 38 se fugaron a 55 kilómetros de París. El pelotón no pudo con ellos y cruzaron bajo la pancarta hombro con hombro. Entonces, las clasificaciones se hacían a ojo. A los jueces ni se les ocurrió llevar la contraria a los dos ídolos de las 50.000 personas que les aclamaban en el Parque de los Príncipes. Si ellos habían decidido compartir el triunfo, que así fuera. Y así figura en el palmarés histórico del Tour. Eso hoy no habría sido posible. Lo que el ojo no ve, lo descubre la lupa tecnológica. Por seis milímetros, la séptima etapa será para siempre de Kittel.

En el Tour todos buscan su ración de gloria. Gené, Mori, Van Baarle y Bouet salieron de Troyes a por su pedazo. Otro día largo, más de 200 kilómetros, y de sofoco. Los cuatro pedalearon hasta con los dientes por los viñedos de Borgoña, junto a ríos perezosos que riegan estos campos de uvas. Viñas de pinot noir y vacas de piel vainilla. Carne y vino. Hay quien no le pide mucho más a la vida. Ni eso, ni migajas, les dejó el pelotón a los fugados. Acelerado por el miedo al viento de costado que amagaba, el grupo eligió que todo acabara al sprint. Eso sí, Castroviejo tuvo tiempo para desenfundar su botellín y rociar el culo a un imbécil que de esa guisa recibió al Tour. Zanjado ese asunto, sólo quedaba el sprint en esta región.

De ese metal es un triunfo en el Tour. Mientras el líder, Froome, y sus rivales se protegían a la espera de que la montaña que viene, empezaba el reparto de tortas previo a cada llegada masiva. En la puerta del sprint, Démare y Bouhanni, franceses y enemigos íntimos desde hace años, se disputaron la posición a golpes de hombro. Se anularon solos. Dos menos.

El sudafricano Van Rensburg eligió la trazada más corta. Tiraba de Boasson Hagen, el sustituto del lesionado Cavendish. En el Tour los sprints se ganan a pulso. Y pesan una barbaridad. Hagen lo hizo todo bien. Pedaleó esos cien últimos metros al ritmo de una máquina de coser. Con el viento a favor. Kittel, en cambio, lo hizo todo mal. Arrancó tarde. Y aun así tuvo tiempo, espacio y reprís para ponerse a la altura de Hagen y soltar un golpe de riñón bajo la pancarta de Nuits-saint-Georges. Ni él ni Hagen levantaron los brazos. Se dejaron ir a lomos de la inercia a la espera de noticias. La radio que le dio un disgusto al noruego alegró al alemán, que ya suma una docena de triunfos en el Tour y se viste de verde, el maillot del más regular, el más presente. A Kittel le benefició la tecnología.

«Soy un corredor del siglo XXI», repite cada vez que le quieren comparar con compatriotas como Zabel, otro velocistas con 12 etapas en el Tour pero con los pies manchados en la ciénaga del dopaje. Kittel, hijo de un ciclista y una saltadora de altura de la Alemania del Este, no mira atrás. Así, con la vista al frente, dio esa última pedalada y ese riñonazo de 6 milímetros. Su equipo, el Quick Step, tiene un dilema: ¿A quién renovar? ¿A Kittel, ya maduro, o a Gaviria, el joven triunfador del Giro? Esa pelea también se fija en los milímetros, que son mucho en Borgoña y en el Tour.

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