TOUR DE FRANCIA

Sin Sagan también hay peligro

El sprint en Troyes, en el que se impuso Kittel, volvió a ser escalofriante y los últimos metros trajeron a la memoria el del martes. :: / AFP

El alemán Kittel gana otro sprint escalofriante el día en que el TAS confirma la expulsión del Tour del campeón del mundo

J. GÓMEZ PEÑA TROYES.

Aunque el pívot alemán Marcel Kittel ganó en Troyes su segunda etapa al sprint, el más veloz del día fue el Tribunal de Arbitraje del Deporte. El TAS rechazó, casi nada más recibirlo, el recurso presentado por el equipo de Peter Sagan, expulsado por cerrar contra las vallas a Mark Cavendish. El Bora reclamaba la readmisión y, de paso, buscaba una compensación económica por el daño que causa esta exclusión a la imagen de Sagan y de su escuadra. El TAS es un organismo habitualmente lento. Caracol burocrático. Pero esta vez corrió más que Kittel y antes de que la larga, tostada y anodina etapa llegara a Troyes, ya había emitido su veredicto. Sagan no volverá a este Tour. Aunque con él no se ha llevado el peligro.

Sigue aquí, en cada escalofriante llegada. Los velocistas nacen con el puño cerrado. Son incapaces de no morder. Es su naturaleza. A un palmo de la guillotina de las vallas que enfilaban la meta, el francés Démare se metió por donde Cavendish no pudo entrar el martes. Con su hombro de jugador de rugby apartó a dos rivales, Haller y Boasson Hagen, que protestaron pero envainaron sus piernas. Démare se estiró lo más que pudo y ni así, ni con todo el riesgo del mundo, tuvo opción ante la mayor cilindrada de Kittel. El alemán, ajeno a esa pelea de cuchillos en la afilada orilla, pasó del puesto diez al primero en treinta pedaladas por el tranquilo carril central. Un obús. Un descorche en Troyes, el corazón de la Champaña, la ciudad que desde el cielo tiene forma de tapón de botella. Burbujas para Kittel.

«Ponte bien»

El de Troyes era el primer sprint tras el choque que expulsó del Tour a Sagan y mandó a casa a Cavendish con el hombro partido. Troyes es una ciudad del pasado, de fachadas de madera, de tejados tan pegados que pueden saltar los gatos. Parece plácida y tiene una historia turbulenta. Entre guerras y huracanes, la catedral necesitó cinco siglos de construcción. Ni siquiera está acabada. Le falta una torre. No la levantaron porque estaba sobre terreno pantanoso. Algo así le pasa a las llegadas masivas en las últimas ediciones del Tour. No pisan terreno firme. Nadie frena. El último kilómetro se ha llenado de suicidas. Ganar o morir.

Y eso no cambia por echar a Sagan. El Bora es un equipo contruido en torno al eslovaco. Sin él, se difumina. El martes, tras cerrar contra la valla a Cavendish, Sagan fue a disculparse con el británico. Y luego acudió a dar su versión al jurado de la carrera. Pero al llegar ya estaba tomada la decisión. Fuera del Tour. «No nos dejaron aportar otras imágenes», lamentaba Patxi Vila, director del Bora. El veredicto del jurado no tenía vuelta atrás. Si en la primera imagen del sprint parecía verse un codazo de Sagan a Cavendish, en las siguientes tomas y repeticiones, todo cambiaba: era Cavendish el que con un cabezazo trató de hacerse hueco; Sagan reaccionó y abrió el codo en una maniobra defensiva. Eso sí, le cerró el paso. Y fue expulsado, lo que crea un precedente.

¿Y si volvía a pasar algo así en Troyes? Mientras el Tour se acercaba a la meta con esa incertidumbre, Sagan y Cavendish cruzaban mensajes de amistad. Se llevan bien. Gladiadores. Se matan sobre la arena y si sobreviven, comparten el plato de comida. «Ponte bien. Ojalá volvamos a vernos en carreras donde ganes tu o yo», le deseó Sagan. Cavendish respondió así: «¡Qué clase! Me siento orgulloso de conocerte. Nos vemos pronto». La hermandad de los suicidas. Sin ellos, su relevo al frente del peligro lo cogió Démare. Troyes tembló con los ojos pegados al francés y a las vallas por donde repartía golpes de hombro. Pero la victoria no corría por allí; iba directa por el centro sobre las tremendas bielas de Kittel, que suma 11 triunfos en el Tour y confirma que es el corredor más rápido de la edición. Casi tanto como el TAS.

El campesino ciclista

El de velocista es un trabajo de alto riesgo. Aunque para duro, el segundo oficio del belga Frederik Backaert, que se escapó desde la salida en Vesoul con Laengen y Quemeneur. Más de 200 kilómetros de campiña, tractores ocupados con los sembrados y vacas. A Backaert le encantan las limusinas. Por las mañanas se entrena; por las tardes atiende la granja familiar en una de las colinas por las que sube en abril el Tour de Flandes. Son cien hectáreas y 210 cabezas de ganado. No conoce el tiempo libre ni los festivos. Limpiar establos, ordeñar, hacer queso, conducir el tractor, cuidar de las patatas y el maiz... «En octubre, cuando todos los ciclistas se van de vacaciones, ayudo con la cosecha. El campo es mucho más duro que el ciclismo. Soy un campesino al que le pagan por su hobby».

Backaert, pelirrojo y alto, y los otros dos fugados alcanzaron a ver Troyes. Hasta que el pelotón les vendó los ojos a tres kilómetros del final. Froome, líder feliz, venía tranquilo de amarillo. «Es un honor. Quiero honrar esta prenda», avisa. La defenderá con uñas en las montañas del Jura. Troyes era una meta para esa casta especial a la que pertenecen los velocistas, ya sin Sagan ni Cavendish. Ganó el mejor: Kittel. La de Backaert es otra. Sabe que en cinco años, cuando se acabe este entretenimiento del ciclismo, relevará a su padre al frente de la granja. El 'viejo' lo merece. No ha tenido una vida tan peligrosa como la de los ciclistas, pero sí más sacrificada.

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