Recaída de Alberto Contador

Quinto triunfo. Marcel Kittel levanta su puño. :: reuters
Quinto triunfo. Marcel Kittel levanta su puño. :: reuters

El madrileño tropieza otras dos veces, se daña la cadera y se confiesa «al límite» de su resistencia en víspera de los Pirineos

J. GÓMEZ PEÑA PAU.

El recorrido de la etapa sangraba. En la orilla del Adour está la plaza donde murió, justo antes del Tour, Iván Fandiño. Al torero de Orduña le gustaba una frase: «El miedo busca, el valor espera». Quieto ante el toro. En el mismo pueblo, en Aire Sur-l'Adour, fue aprendiz de carpintero Luis Ocaña. A las órdenes de una patrón tirano. El chaval se hartó de las broncas y un día le lanzó el hacha. Quedó clavada en la puerta a un palmo de la cara pálida de aquel mal jefe. Ocaña salió pitando para hacerse rival a muerte de Merckx y vencedor del Tour de 1973. Luego volvió a estas tierras y, enfermo y endeudado, eligió su muerte. De un tiro. Por allí pasó ayer este Tour camino de los Pirineos. Y sangró Contador.

Aunque son difíciles de explicar, las rachas existen. Las hay buenas, como la de Marcel Kittel, ganador en Pau de su quinta etapa en este Tour. Y las hay malas, como la de Contador, que colecciona caídas: dos el domingo en las montañas del Jura y dos en la carretera horizontal que iba a Pau en un día que se anunciaba plácido. Mentira. Acabó escrito entre caídas con la sangre de la cadera del madrileño, de la rodilla de Bardet y de dos gregarios de Aru, Fuglsang y Cataldo, el peor parado, el que tuvo que dejar esta carrera de la que nunca te puedes fiar.

El primer tropiezo de Contador fue en un lugar de tregua, el avituallamiento. En el segunda se le cayó delante su guardaespaldas Gogl a 21 kilómetros de la meta. Del suelo, Contador se levantó serio. Mala cara. Rechinar de dientes. La cadera derecha le ardía. Golpes sobre las postillas del domingo. Piel reabierta. En la meta corrió a curarse. Se sentía en una pesadilla conocida. Desde 2014 no deja de tropezar en el Tour. ¿Mala suerte? «No creo en ella, pero todo esto me está poniendo al límite psicológicamente», confesó. Y como se escuchó a sí mismo abatido, reaccionó. No se reconoce en la rendición: «No me daré por vencido. Ahora tendré que ser más fuerte». Lo necesitará en los Pirineos que llegan para él en mal momento, con las heridas demasiado frescas. A 5 minutos ya de Froome, sin opciones y acribillado a golpes, podría empezar a pensar en recuperarse para la Vuelta a España. Está de racha. La mala.

La otra, la tacada buena, pertenece a Kittel. Despreocupado. Lleva tantas victorias que se permite relajarse. Que sus víctimas en el sprint tiren a por los fugados, a por Bodnar, Marcato y Backaert. Así pasó. Los equipos del resto de los velocistas remaron al unísono. Sufrieron para cazar, ya en Pau, a una bestia como el polaco Bodnar, el gregario que ayudó a Sagan a revolucionar el Tour 2016 en una rotonda de Mompellier en compañía de Froome y Thomas. Bodnar, con el maillot a rebosar de fuerza, mantuvo el pulso hasta casi el kilómetro final. Ahí agachó la cabeza. Estaba en el pasillo de Kittel.

Apolo. Estatua alemana. Ha inventado una nueva manera de esprintar. Pone a uno de sus lanzadores, Sabatini, a tirar de sus rivales mientras él se desentiende. Se coloca atrás. Todos miran abajo, se retuercen. Kittel eleva su cuello de telescopio. Ve. Vio a Sabatini lanzar a Boasson Hagen, el noruego que con la barbilla en la punta del manillar notaba por detrás bambolearse la rueda amenazante de Matthews. Aguantó su posición. Al pasar la raya final, Boasson Hagen levantó el brazo para celebrar la victoria y, a medio vuelo, lo bajó para aporrear su bicicleta. Maldita sea. Por la derecha, a toda velocidad, le había pasado otra vez Kittel, salido de la nada. De tan atrás. Mientras los otros velocistas no dejan de picar piedra, el alemán aparece en el último momento y recoge pepitas de oro. Lleva cinco. En racha.

A Kittel le viene ahora una tregua. Los Pirineos. La etapa del puerto de Menté, el port de Báles, el Peyresourde y el final en la pista de aterrizaje de Peyragudes. Allí ganó Valverde en 2012 y allí perdió Froome ese Tour en el que fue más poderoso que el vencedor, su compañero Wiggins. «Aquel día me levanté fresco, con un humor fantástico», recuerda Froome. Por la noche había pactado con el director del Sky que si el liderato de Wiggins no corría peligro, él buscaría el triunfo de etapa. Reclamaba un premio a su entrega. A su renuncia. Froome se sabía más fuerte que Wiggins. Ese día el Sky incumplió su promesa. Con ese recuerdo y como líder vuelve a Peyragudes. Sabe que Bardet y Aru le probarán en los descensos, pero quiere ganar donde no le dejaron en 2012.

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