Primera fisura de Froome y bronca para un magnífico Landa

Mikel Nieve y Mikel Landa escoltan a Chris Froome durante uno de los ascensos de la duodécima etapa del Tour. :: PHILIPPE LOPEZ / afp
Mikel Nieve y Mikel Landa escoltan a Chris Froome durante uno de los ascensos de la duodécima etapa del Tour. :: PHILIPPE LOPEZ / afp

Bardet gana en Peyragudes y Aru le quita el liderato al británico, escoltado por el alavés, que sacrificó sus opciones de triunfo

J. GÓMEZ PEÑA PEYRAGUDES.

En la cima de Peyragudes echó a volar y ganó Romain Bardet, firme aspirante al Tour. El francés entró con dos segundos sobre Rigoberto Urán y Fabio Aru, que se viste de líder. Chris Froome cedió 22 segundos en apenas unos metros cuando el Tour esperaba su ataque y entró descompuesto. Y a Mikel Landa, el gregario que llevó a Froome hasta esa vertical rampa final, le echaron una bronca por ser cuarto en la cima. Nicolás Portal, director del Sky, le criticó ante las cámaras por no haber remolcado a Froome en esos 200 últimos metros. Tras todo un día transportando a hombros al británico y gastando las fuerzas con las que podría haber disputado con garantías el sprint, le echaban en cara ese descorche final. Mientras, atónito, escuchaba a Portal, Landa extendió las manos. No entendía nada. ¿De qué servía quedarse con Froome, que ya iba al límite? «Ufff. No tenía piernas», confesó el corredor nacido en Kenia. ¿Qué podía hacer Landa? ¿Amputarse las suyas y donárselas a su líder? Eso le piden.

A Landa le conviene leer de inmediato la biografía de Froome, 'Mi ascensión'. Da para un rato. Más de 500 páginas. Hay un capítulo dedicado el Tour de 2012 y a la etapa que también acabó en Peyragudes. La historia del Tour es caprichosa. Si se tacha donde pone 'Froome' y se escribe 'Landa', el argumento se repite.

El británico era entonces el más fuerte del Sky, pero no el líder. De ese papel se encargaba Wiggins, el ídolo de Gran Bretaña. Froome era una rareza, un africano blanco. Un inglés de segunda. Fiel a Wiggins durante las etapas anteriores, pidió permiso para ganar aquel día. Primero se lo prometieron y luego se lo negaron. No le dejaron saltar a por Valverde. «Ahí me di cuenta de que todo estaba destinado el triunfo de Wiggins desde el principio. Nada cambiaría eso. Wiggins debía ganar. Punto. Estaba escrito. El documental ya estaba grabado y la misión cumplida. Aquello fue muy enriquecedor. Aprendí muchas cosas», confiesa Froome en su libro. Landa tiene que leerlo con urgencia.

De aquel Tour hay otra escena reveladora en esas páginas. Cavendish le pasó una nota en el autobús a Froome. Así decía: «No tengas miedo de ser grande. Los grandes hombres no se quedan nunca esperando una oportunidad». Froome perdió ese Tour y juró que nunca más. Desde entonces ha sido el líder sin discusión del Sky y ha respondido con tres victorias en el Tour. Ahora, en este viaje hacia el cuarto título, él parece Wiggins y Landa hace de Froome.

El alavés, como en el Giro 2015 cuando corría para el Astana, es un campeón encadenado. Allí le frenaron en favor de Aru. Ahora le cortan el vuelo por Froome. En la octava etapa de este Tour, Landa se metió en una fuga. De vigilante. Llegó a tener más de tres minutos de renta. El Sky, su propio equipo, ordenó la caza. Sacrificó la opción de colocarle al frente de la general. Todo por Froome. Tras el final en Peyragudes, en la clasificación manda Aru, con Froome a 6 segundos, Bardet a 25 y Urán a 55. Landa es séptimo a 2 minutos y 55 segundos.

La primera etapa de los Pirineos corrió uniformada de blanco. El color del Sky. Todos delante. Para ver a los demás, había que retroceder en el grupo. Allí, sostenido por su orgullo indomable, se agarraba Contador. Con las heridas abiertas por tantas caídas. Tenía la piel perforada, pero no sabe ser un dorsal anónimo. Atacó en el col de Bales. Más coraje que fuerza. El cuarto gregario de Froome, Kwiatkowski, le cogió como si nada. Luego, en el Peyresourde, Contador cedió, como antes había caído Quintana.

Este Tour no es de ellos. Y tampoco está claro que sea del Sky pese a su abrumador dominio camino de Peyragudes. Froome mostró su primer síntoma de fragilidad. Había tenido fortuna en el penúltimo descenso. Nieve, otro de sus impecables gregarios, trazó mal una curva y obligó a Froome a dibujar un recto. Se llevó con él a Aru, que era su sombra. Fue un susto. Nieve siguió pedaleando con saña. Fustigó a los rivales y, sin querer, quizá también a Froome.

Si de Nieve fue el Peyresourde, de Landa fue Peyragudes. Rostro entero. Pegaba el viento de cara. Las ikurriñas flotaban en los oídos del alavés. Siempre ha querido verse ahí. Su misión era lanzar a Froome en la recta inclinada de meta. Una pared. Pero el británico iba a gatas. Ahogado. Aru lo desveló con su arrancada. Los 200 metros finales fueron mejores que los 200 kilómetros de la etapa. Bardet, otro joven que reclama el Tour, remachó al italiano. Y por detrás Landa, que iba el último una vez cumplido su trabajo, miró y vio que tenía una opción. Tarde. Remontó hasta la cuarta plaza mientras Froome se retorcía sin aire. A Landa le esperaba una bronca. ¿Qué podía haber hecho? Darle el boca a boca a Froome. Que lea la biografía de su líder, que se reconozca en ella.

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