Landa, sin permiso para volar

El Sky no le da «libertad» para disputar la etapa, donde los favoritos empatan y el Tour descubre a Calmejane

J. GÓMEZ PEÑA * JGOMEZ@ELCORREO.COM

rousses. Ya no era aliento, sino humo. Iba al límite. «Nunca había llegado tan lejos en el dolor», dijo luego Lilian Calmejane. Gesink, a 200 metros, no se rendía, le perseguía atornillando los pedales en el falso llano hasta la estación de Rousses. Calmejane notaba que de sus fuerzas no quedaban ni las raspas. Tiró entonces de la reserva mental. Si dejó el rugby por el ciclismo fue por días así, «de los que se pedalean con las tripas».

Pero el cuerpo le puso a prueba. A cuatro kilómetros del final notó lo peor. Un calambre. El muslo derecho tieso. Horror. Cojo en el peor momento. Dolor. En casos así, los viejos ciclistas se arrancaban un imperdible del dorsal y se pinchaban las piernas. Calmejane es joven, 24 años y ya unas cuantas victorias. Buscó otro método. Cogió aire, estiró la pierna, le dio un leve respiro, levantó piñones y rezó. «Estaba bordeando la catástrofe». Esa tregua engrasó la bisagra lo justo para pasar la rampa y rodar hasta la meta. Entonces se acordó de su maestro, Thomas Voeckler, el veterano con el que se entrena, el combativo francés que corre su último Tour. El de Calmejane es el primero. En homenaje a su amigo, sacó como él la lengua, cabeceo como él y, como él tantas veces, ganó una gran etapa. Francia descubrió al heredero de Voeckler. Calmejane parece eso y mucho más.

Un minuto después de su extraordinaria victoria, entró en la estación de Rousses el racimo de favoritos. En cuanto pararon, el sudor se condensó. Froome, Contador, Porte, Quintana y el resto llevaban tatuado en los rostros el esfuerzo de un día demoledor. Con ellos estaba Mikel Landa, gregario de Froome en el Sky. El alavés, con la misión de ser un freno, se había metido en la fuga que marcó la jornada. De vigilante. No le dieron permiso para más. No le dejaron disputarle la victoria a Calmejane.

Mikel Landa

Es el sino de Landa. Ya le había pasado en el Giro y en la Vuelta. Le retienen en beneficio de otro. Landa es un ciclista preso. Camino del autobús del Sky, goteando el sudor que le dona cada día a Froome, hablaba sobre las esposas que le atan las piernas: «No tengo la libertad que hace falta para disputar una etapa como ésta». Lo lamenta y lo asume. «Estamos aquí para lo que estamos». Para ganar el Tour con Froome. «No puedo buscar mi oportunidad». Tendrá que esperar a 2018 para salir de la jaula. Y volar tan alto como sus alas le lleven.

Cuando los ciclistas no hablan en la salida, malo. Algo se cuece. Es el silencio expectante, como el que va desde el relámpago al trueno. Así, atormentada, salió la etapa. Una embestida. Todos buscaban la fuga. Todos no caben. A cada intento anulado le sucedía otro. Y las colinas del Jura, tan verdes, tan regadas, son ásperas para el ciclismo. Cobran su factura. Al final, todos los equipos se subieron a la escapada. Eran 50 fugados. Un pelotón. El Sky colocó a Landa, Henao y Knees. Su avanzadilla. Por detrás, la tropa de Froome controlaba la distancia a ritmo de dos campeones del mundo, Kwiatkowski y Kiryienka. El equipo total: todos los flacos cubiertos. Froome y el Sky son las dos mitades de un proyecto ganador.

La fuga, cargada de calidad, cogió más de tres minutos. Hasta ahí le permitió el Sky. No podía darle más cuerda a rivales como Latour, Pauwels, Bakelants, Gesink, Calmejane, Amador, Castroviejo, Van Avermaet, Barguill... Daba igual que con ellos fuera Landa, bien situado enla general. El Sky tiene clara la jerarquía. Líder sólo hay uno: Froome. El alavés lleva tiempo corriendo con una bola de prisionero atada al tobillo. A la orden. Las emisoras de los directores carraspeaban. No era fácil atar aquella locura que corría a más de 40 por hora entre montañas. Y aún quedaba el puerto de primera, el que va a la estación de esquí de Rousses.

En la fuga, Barguill y Pauwells -situado a dos minutos de Froome- buscaron su propio camino. Se les juntaron Van Avermaet, Gesink, Bakelants, Clarke, Roche y Calmenaje, el nuevo talento francés que el año pasado ganó en San Andrés de Teixido la cuarta etapa de la Vuelta a España y que esta temporada ha rivalizado en victorias con Valverde. Incluso así le llaman: el 'Valverde' francés.

Calmejane no sabe lo que es. Con 1,84 metros y 70 kilos, le sobra peso para ser un escalador y le falta músculo para clasicómano. El tiempo corre a su favor. Y el carácter. Tiene un don genético: el coraje.

Con Landa y Henao ya en el pelotón de Froome, la fuga inició la cuesta final con una renta de minuto y medio. Muy justo. Había que jugársela pronto. Los datos del potenciómetro taladraban los ojos de Calmejane. Iba a tope. Dejó de mirar. El alma no sabe de números. «Era mi día». Su presentación ante al Tour. «Quería ganar a lo grande». Y salió cuando faltaba casi todo el puerto. Le sobra planta. Tuvo fuerza. Se exprimió sobre el plato grande. Las piernas le empezaban a fermentar. Roche primero y luego Gesink creyeron que podían alcanzarle. No.

Lo peor que le puede pasar a un ciclista es ser un dorsal sin nombre. Muchos lo son. Desconocidos. Gregarios sin palmarés. Su triunfo es invisible: sus etapas las ganan sus líderes. Calmejane, un recién llegado, ya está bautizado. Y eso que un calambre casi echa el ancla y le deja varado a menos de cinco kilómetros de Rousses, donde Froome y sus rivales llegaron fatigados y de la mano. A su lado, Landa arrastraba su condena. «No tengo libertad». Hoy, en la brutal etapa de los tres puertos desconocidos, dice Froome que se «abrirán las diferencias», que alguno «perderá el Tour». Landa le ayudará a ganarlo a la espera de que un día le den un maillot sin cadenas.

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