TOUR DE FRANCIA

Landa blinda a Froome

El británico Chris Froome, 'maillot' amarillo del Tour, transita por los Alpes custodiado por sus gregarios del Sky. :: Lionel BONAVENTURE / AFP/
El británico Chris Froome, 'maillot' amarillo del Tour, transita por los Alpes custodiado por sus gregarios del Sky. :: Lionel BONAVENTURE / AFP

Otra fuga de Contador acelera la etapa del Galibier, donde el alavés protege al líder de los ataques y Aru cede medio minuto

J. GÓMEZ PEÑA SERRE CHEVALIER.

Aunque Chris Froome pasa de largo el 1,80 de altura, su sombra mide 1,74, la talla de Mikel Landa. El talento del alavés no tiene permiso en este Tour. Por contrato, lo ha entregado a Froome, al que blindó en la subida a la luna del Galibier. Landa corre en libertad provisional. No puede alejarse más allá de un metro de su líder. Froome tiene esa suerte. Con Landa, amarró cada intento de Bardet, el más fogoso de sus rivales, y controló a Urán, el más calculador. Y vio cómo Aru, con plomo en los párpados, cedía algo más de medio minuto. Es un Tour a los puntos, sin K.O. Así lo quiere el Sky, que guarda el 'maillot' amarillo en la percha de Froome y que tiene de su lado al ciclista más fuerte, la sombra alavesa del líder. El Sky manda en el Tour. Al llegar a la meta de Briançon, Landa, quinto en la general, anunció lo que vendrá en la próxima etapa, en el Izoard: «Froome está muy fuerte. Va a dar un golpe de autoridad». Palabra de su sombra.

Con la Croix de Fer y el Galibier, el Tour recuperaba su tamaño habitual. Son cuestas con mala reputación. Crueles. El sitio perfecto para hacer descarrilar el tren blanco del Sky. Un recorrido así siempre recomienda prudencia. Contador no conoce esa palabra. Aunque calla, sabe que es probablemente su último Tour. Quería una despedida a su altura. Pero la buscó a contrapié. No se metió en la fuga inicial y tuvo que ir a por ella a 125 kilómetros del final.

Si Landa es la sombra de Froome, Nairo es la sombra de Quintana. Dice Eusebio Unzúe, el patrón de su equipo (Movistar), que como creció rápido igual ha envejecido antes. La montaña se lo tragó de un bocado. Contador achicó los ojos y siguió solo. Parpadeaba su corazón. Tenía que coger a los de la fuga, que rodaba más de cuatro minutos por delante. Lo hizo. Allí le esperaban dos de los suyos, Pantano y Mollema. Se inmolaron por él. Al fondo aguardaba el Galibier. Es una montaña que no cabe en la mirada. Asusta. La fuga se redujo a Contador, Pauwels, Atapuna, Navarro, Frank y Roglic, el antiguo esquiador de saltos, el que iba a ganar la etapa. Los Alpes son su hábitat, incluso sin nieve. Roglic, esloveno y contrarrelojista, se dio cuerda a sí mismo. Tenía reservas. Contador, no. Las había gastado en la Croix de Fer. Y notaba que el Galibier le iba mordiendo las piernas. No pudo seguir a Roglic. Ni pudo despedirse con victoria del Tour. Cayó en la orilla.

El Tour venía por detrás sujeto por las órdenes que llegaban desde el coche del Sky. Kwiatkowski se bastó en el Télégraphe para marcar el ritmo. No reventó hasta bien entrado el Galibier. Era el momento de Landa, que andaba con dudas. «Es que no me encontraba con las piernas de otros días», confesó. Con el público en el oído, el alavés se colocó delante de Froome. El Galibier se iba pelando. Cada vez soplaba más el aire. Landa se lo tapó a su líder. Y anuló un ataque de Martin. Con el alavés ahí, los rivales de Froome subían maniatados. Y eso, sin sus «mejores sensaciones».

Tuvo que ser Bardet, casi obligado por sus promesas previas, el que descorchara la subida. Por cuatro veces probó la resistencia de Froome. El líder le respondió sin siquiera levantarse del sillín. Y en cuando le cazaba, volvía Landa a fijar la marcha. «Mikel es muy importante para mí. Está soberbio, brillante», agradeció Froome. Cada demarraje de Bardet seleccionaba las plazas del podio. Con el francés se quedaban Froome y Urán. Landa, 'maillot' abierto, se les unía pronto. Aru, el segundo en la general, no sostenía el pulso. Es un ciclista que no puede engañar aunque quiera: la agonía le deforma la cara.

Roglic era inalcanzable. Cubrió esos 28 kilómetros agachado en pose aerodinámica sobre su bicicleta. Como en su anterior especialidad, los saltos de esquí. Descenso, brinco y vuelo. «Llegué tarde al ciclismo, pero quería formar parte de su historia», declaró el esloveno al poco de cruzar la meta. Sonrisa feliz que almendraba sus ojos. A minuto y medio, Froome y Landa remaban en compañía de Bardet, Aru y Barguil. Compartían interés: alejar a Aru, que venía junto a Martin, Mentjes, Atapuma, Frank y a Contador, atrapado justo en la cúspide del Galibier. Aru, con el rostro marcado por la angustia, cedió 31 segundos, mucho en este Tour tan ajustado.

Y por eso, porque cada brizna de tiempo cuenta, Landa le alfombró a Froome la llegada a Serre Chevalier. Sombra leal. Roglic se había embolsado diez segundos de bonificación. De la meta colgaban 6 para el segundo y 4 para el tercero de la etapa. Urán y Froome, por ese orden, recogieron el premio. Bardet, con Francia a la espalda, acabó «decepcionado». En Serre Chevalier le esperaba Emmanuel Macron, el presidente de la República. «En el Izoard no valdrán solo las fuerzas, será una cuestión mental», le animó. Por Francia.

Pero aquí la bandera que más alto ondea es la del Sky. La del imperio. La de Froome y su sombra. Les queda una etapa alpina para sellar el cuarto Tour del británico. Aunque no tienen margen para el mínimo error o infortunio. «Sería increíble que Mikel me acompañara en el podio», deseó el líder. Su sombra también sueña con algo así: «Me gustaría esta allí arriba con Chris. Pero Urán y Bardet estás muy fuertes».

El británico y Landa saldrán a «dar el máximo en el Izoard». A ganar el Tour con Froome y, si ese primer objetivo no peligra, a algo más: «A ver si me cuelo en el podio».

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