Froome se hace con un nuevo Tour

Froome esprinta en la llegada a meta, junto a Bardet y Urán. :: afp

Warren Barguil, el nuevo Virenque, gana en el Izoard, donde el alavés Landa apuntala el triunfo del británico, menos poderoso que en el 2016

J. GÓMEZ PEÑA

briançon. Jacques Goddet dirigió el Tour durante más de medio siglo. Subió todos los puertos y se enamoró del Izoard, de ese teatro mineral previo a la cumbre llamado Casse Déserte. El desierto en el techo de los Alpes. Vio coronar esa cima puntiaguda y pelada a Louison Bobet y también a Fausto Coppi. Y entonces dictó su sentencia: «Por la Casse Déserte los campeones pasan solos». Está escrita en la piel del Tour. Como un ley.

Por la Casse Déserte pasó primero Warren Barguil, el nuevo Virenque, el rey de la montaña, el que iba a conquistar el primer final en alto clavado en el Izoard. Por allí, cara levantada, pedaleando en la postura cómoda de un pianista, pasó enseguida Mikel Landa. También solo. Tiene aire de sobra para ser el gran solista de este Tour, pero de nuevo se puso a las órdenes de la batuta del Sky. Y su equipo ha apostado desde el inicio por Froome. A unos metros de Landa, la Casse Déserte acogió al líder británico, con Urán y Bardet casi pegados a su rueda amarilla. El Izoard, como anunció Goddet, los distinguió como los más fuertes de la Grande Boucle. Casi igualados. Lo confirma la clasificación general: Froome, en su versión menos dominante, le saca apenas 23 segundos a Bardet, 29 a Urán y 1.36 a su fiel Landa, que se aleja del podio. Que se puede quedar sin más premio que ver a Froome ganar el cuarto Tour en la contrarreloj final de mañana.

La última etapa instaba a desvelar las debilidades ocultas. Hubo una fuga masiva. Al final del Tour, casi todos llegan sin victorias. Dorsales hambrientos, incluidos Herrada, Navarro y Atapuma, el que más resistió, el que casi llega a tocar esta orilla vertical de los Alpes. El Tour corría demasiado por detrás para dejar viva esa escapada. El Ag2R de Bardet tenía una misión casi patriótica: acabar con la sequía gala, sin victorias en el Tour desde Hinault en 1985. El designado era Bardet. Su equipo gastó entre la subida al col de Vars y el inicio del Izoard hasta el último rescoldo de su energía. La cámara pasaba revista y cada vez quedaban menos corredores en cabeza. A todos se les amontonan los kilómetros en las piernas.

En el Izoard, tan alto, no había aire para todos. Aru boqueó el primero. No tocará el podio. El poco oxígeno que flotaba lo reclamó Barguil, valiente, fresco, vencedor en la etapa del 14 de julio, fiesta nacional francesa. Un abanderado. Con él trató de irse Contador. Mantiene la puntería que da el instinto. Olió que el de Barguil era el ataque certero. Pero sus piernas fueron como un globo sin aire. Tiene la edad en su contra.

Y ahí, con Barguil pisoteando a los últimos de la fuga, el Sky tomó la riendas. Kwiatkowski arrojó sus gafas. Le picaba en los ojos la sal del sudor. A su rueda iban Landa y Froome, y soldados, Urán y Bardet. El Izoard hacía su trabajo. Parecía que a Landa le tocaba de nuevo ser la última palanca de apoyo de Froome. Y no del todo. Esta vez, el Sky le soltó un poco la correa. Landa, maillot abierto, pecho descubierto, mostró la fuerza que ha tenido oculta en beneficio de Froome. Agarró unos metros con una doble misión: acercarse a Barguil y desgastar a los rivales de Froome. El alavés, nacido para ser líder, es un gregario ejemplar. Multiusos.

Vale para todo. Aceleró y cogió unos metros. Tiene luz. De cara a los focos. Que le conozcan bien. «Es el futuro», concedió Froome. Landa encajó sus músculos. Con él, qué facil parece el Izoard. Un kilómetro atrás, su compañero Kwiatkowski, reventado, se paraba en seco. Congelado. Derruido. Con el polaco, qué difícil parece el Izoard. Más que ir a ganar la etapa, Landa anunciaba la arrancada de Froome. El líder quería dar «un golpe de autoridad» y, de paso, borrar el miedo a que un mal día o un accidente en la contrarreloj de Marsella le de un inesperado disgusto.

Repiqueteaba el sol sobre la Casse Déserte. Otro planeta. Barguil soñaba. Se acordaba de su abuelo, el que le enseñó el placer de montar en bicicleta. Se emocionaba al pensar en él, en dedicarle el triunfo. Subía con la sonrisa trágica del esfuerzo. Cerraba los ojos. Es bretón como Hinault. Empecinado. Es el nuevo Virenque. Comparten maillot: el de la montaña. Así uniformado entró en esa puerta al cielo que es el Izoard. Por el abuelo. Por Bretaña. Por Francia. Detrás, Landa disfrutaba de su breve libertad. Froome, como había planificado el Sky, arrancó para despegarse de Bardet y Urán y pegarse al alavés. Era la teoría. Pero no es el Froome de 2016. Si gana como parece este Tour, lo hará de un modo más económico. Por la mínima. Por la renuncia de Landa.

El británico no tiene afilada su guadaña. No corta igual. Mientras en el escenario despiadado de la Casse Déserte, él cogía a Landa, a él le atrapaban Urán y Bardet. Quedaban poco más de un kilómetro de fiebre. Landa, siempre Landa, volvió a ponerse al servicio de Froome. Le preparó el sprint, la pelea por las bonificaciones. Segundos de oro en ese Tour tan ajustado. Lanzó a su patrón y eso le costó 10 segundos de pérdida. Un paso atrás en su difícil lucha por subir al podio. Los tres que le superan en la clasificación pugnaron a muerte, sin aliento, desarticulados, por los cuatro segundos de premio extra que habían dejado Barguil y Atapuma. Los recogió Bardet, más agresivo en ese final. «Ya no había fuerza. Ha sido una pelea mental», resumió el francés. No ganará el Tour. Tampoco parece que lo hará Urán, al que más teme Froome en la 'crono'.

Todo está listo para la cuarta victoria del africano blanco. «Landa -anunció el líder- tiene motor para ganar el Tour en el futuro». Eso ha decidido el Sky. La Casse Déserte queda citada con el alavés.

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