El pitido final

Froome durante un entrenamiento en Baleares esta semana. :: efe
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Froome durante un entrenamiento en Baleares esta semana. :: efe

VÍCTOR SOTO

Me gustaría que el ciclismo fuese como la química o la religión. Unas cuantas normas que se deben cumplir, unos mandamientos y a funcionar. Pero este deporte, a lo largo de su historia, ha conseguido convertirse en la disciplina más oscurantista del mundo.

Su aparente sencillez (un puñado de hombres vestidos de colorines sobre bicicletas esforzándose al máximo para llegar antes que sus rivales a la línea de meta) esconde tramas de odios, desengaños, dopaje, dinero sucio y silencios. Casi como la vida real, pero mucho más expuesto al foco mediático.

Porque el ciclismo es, por merecimiento, el capacillo de las hostias del deporte profesional. Durante décadas ha conseguido minar su credibilidad y hasta convertir en mito las peores de sus historias, como las de la 'olla belga' o el fallecimiento de Tom Simpson. Realmente, dudo de si ha sido el propio ciclismo o somos los seguidores de este deporte, siempre ávidos de experiencias más extremas, porcentajes más elevados e historias más duras y humanas al mismo tiempo, los que hemos alimentado el monstruo.

Pero ahí está, luchando a brazo partido con la UCI, con los controles cada vez más potentes y precisos, contra las bolsas de sangre congelada, las leyes antidopaje y la acción judicial. El dopaje, pese a quien pese, continúa existiendo y lo seguirá haciendo porque no hay sustancia más dopante que el anhelo de triunfar y de ganar dinero y gloria de algunos corredores, directores y mandamases de escuadras. Así que el último caso conocido, el de Chris Froome, epítome del ciclismo limpio, aséptico y de laboratorio defendido por el Sky, supone otra puñalada mortal al deporte de las dos ruedas.

El caso resulta ridículo, incluso, por la sustancia empleada, el archiconocido Ventolín, un dilatador bronquial que acompaña siempre a los asmáticos. «Tengo una rutina muy precisa cuando uso mi inhalador y cuántas veces lo hago. He entregado toda esa información a la UCI para ayudarles a llegar al fondo de esta historia», explicó esta semana el ciclista británico. «Espero que al final de este proceso esté claro para todo el mundo y que yo sea exculpado», añadió.

Pero, por ridículo que sea, ahí está el análisis positivo durante una etapa de la Vuelta. Y el reglamento de la UCI. Y el umbral legal de los 1.000 nanogramos por mililitro de sangre. Y el maillot rojo. Y la credibilidad del ciclismo. Con las leyes en la mano (que es lo único que puede sostener a este deporte), Froome tendría que estar suspendido provisionalmente y a la espera de sanción. Pero, de momento, la UCI lleva el caso con discreción, sopesando qué va a ocurrir y qué decisión tomar. Porque castigar a Froome es desprestigiar aún más al ciclismo, dinamitar el proyecto del Sky y acabar con la paciencia de los cada vez menos aficionados que aguantan el borrado de nombres y de fotos en los podios.

En manos de la UCI está castigar a Froome. Pero su nombre ya ha sido manchado. Como el de tantos otros, mientras el ciclismo espera el pitido final, el último positivo que acabe de destrozar a uno de los deportes más bonitos (y sucios) del mundo.

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