FIEBRE EN LAS GAUNAS

La caballerosidad

Aru, con el maillot italiano, y Froome, con el amarillo, mientras el Sky tira del grupo. :: afp
Aru, con el maillot italiano, y Froome, con el amarillo, mientras el Sky tira del grupo. :: afp

VÍCTOR SOTO

Les estoy muy agradecido. Es una muestra de caballerosidad», contestó Chris Froome cuando, tras cruzar la línea de meta de Chambery, exhausto pero feliz, era cuestionado por el gesto de sus rivales, que decidieron no atacarle cuando sufrió un problema mecánico. Todos menos uno: Fabio Aru, que se lanzó como un resorte al ver al inglés levantando el brazo para pedir ayuda. Pero se frenó rápidamente, casi en el tiempo que invirtió después en presentar sus excusas. «La verdad es que no vi el problema mecánico de Froome en la subida. Tenía pensado atacar en el lugar más duro del puerto. No salté por la dificultad del rival. Cuando me lo dijeron paré», explicó.

Argumentos suaves, algodonosos, casi dictados por un pinganillo directamente al oído. Porque el ciclismo se ha convertido en caballeroso a golpe de millones y vatios. Antes, pensar en gestos parecidos sería no sólo imposible, sino contra natura. Así, cuando a Federico Martín Bahamontes, en el Tour de 1956, unas piedras escupidas por un coche le rompieron varios radios, ninguno de sus compañeros de fuga le esperó. El toledano aguantó el tipo como pudo, recuperó los metros perdidos y coronó la Romeyère en primer lugar.

Sabiendo de sobra que bajar en esas condiciones sería suicida, se sentó a la sombra y se comió un helado aguardando a la asistencia. Ningún otro ciclista se apiadó. Es más, durante años, tuvo que luchar para evitar que su historia se entendiese como un gesto de prepotencia, algo muy mal visto por los franceses y admirado por los españoles, lo que ayudó a que la historia se propagase como la espuma en ambos países.

Tampoco nadie ayudó al argelino Zaaf en los tiempos heroicos, cuando el avituallamiento se hacía como se podía y él, escapado, recibió un bidón de lo que creía agua y resultó ser vino. El ciclista musulmán, entonces líder y a 30 kilómetros de convertirse en el primer africano en ganar una etapa del Tour, jamás había probado el alcohol y acabó a la sombra de un platanero durmiendo la mona antes de reemprender la marcha... en sentido contrario. Tampoco halló piedad. Es más, al día siguiente no le permitieron seguir en la ronda francesa.

Tiempos crueles, seguro. Historias tristes, también. Y duras. Como el asfalto que casi parte en dos a Richie Porte, a Jesús Herrada o a Geraint Thomas. Duro como someter a un puñado de hombres a más de cinco horas de esfuerzo máximo bajo el sol de julio. Y duro, durísimo, como competir a velocidad endiablada contra uno mismo acompañado de sombras coloridas y sudorosas que hacen lo propio, cada uno con sus fantasmas y pinganillos.

La caballerosidad ha aparecido y es un detalle. Pero es mejor no alardear de ella sino todo lo contrario. «Si quieres fingir debilidad para inducir la arrogancia en tus enemigos, primero has de ser extremadamente fuerte porque sólo entonces puedes pretender ser débil», escribía Sun Tzu en 'El arte de la guerra'. Y Chris Froome lo es. Con o sin averías, con o sin compañeros, con o sin órdenes. Así que o se abre una guerra sin cuartel como la que intentó el equipo AG2R, o el británico volverá en julio a su club de caballeros para paladear una copa de Oporto y explicar que el ciclismo no es lo que era. Aunque eso ya lo sabíamos todos.

Fotos

Vídeos