La Rioja

Una paliza sin consecuencias

Alberto Contador llega a la meta, con Nairo Quintana ,Chris Froome y Esteban Chaves a su estela. :: efe
Alberto Contador llega a la meta, con Nairo Quintana ,Chris Froome y Esteban Chaves a su estela. :: efe
  • El suizo Frank se reivindica en la tremenda cuesta de Mas de la Costa, donde Contador no se despega de Quintana

llucena. Matthias Frank tantea una valla, la agarra y echa allí el ancla tras ganar la etapa. Es suizo, tiene 29 años y se sienta como un viejo con artrosis. Más que las piernas le duelen los ojos. Queman. Calcinados por la visión de la rampa final de cemento por la que ha subido a la meta de Mas de la Costa, balcón sobre Llucena. El muro, del 21 por ciento de desnivel, parecía una de esas olas como catedrales acuáticas que buscan los grandes surfistas. Frank, alpinista, pertenece a una especie con mala suerte: la de los buenos ciclistas sin pegada, sin palmarés. Destinado a servir a otros con más puntería. «Llevo más de dos años sin ganar nada», maldecía. Para cambiar su destino tenía que lanzarse al despiadado mar interior de Castellón. Aguas calientes. Allí estaba una de esas olas de piedra que tanto gustan a la Vuelta: cuatro kilómetros con un desnivel medio del 12,5%, con piso de hormigón. La desmesura. En Llucena viven de las fábricas de azulejos. Tienen un buen maestro: la naturaleza alicató en vertical la subida a Mas de la Costa.

La hizo tan alta que Quintana y sus rivales -Contador, Chaves y Froome- se limitaron a salir a flote; a, como dijo el líder colombiano, «salvar el día». Ya le queda uno menos para ganar la Vuelta. Frank, que iba delante en la fuga, se dedicó a salvar su carrera, a cambiarla. Pudo con Cataldo y resistió ante la remontada de Gesink, Konig, Herrada y Pello Bilbao. Al entrar en la meta se cubrió la cara con las manos. No lo creía. Al fin una victoria de peso. Luego buscó la valla, se sentó con gesto sorprendido y dijo entrecortado por los jadeos: «Ganar no lo es todo. Lo que quería es demostrar de lo que soy capaz». Hecho. Pedaleó más rápido que nadie sobre esa ola de cuatro kilómetros que corona la Peña Golosa. Dulce final para otra paliza sin consecuencias en la clasificación general. La meta olía a embrague quemado, a vehículo torturado por la pendiente.

En la salida, en Castellón, el perfume era de gasolina. Procedía del autobús del Tinkoff. De Contador. El ciclista que dispone de un carburante único: la locura. «Yo no corro para ser segundo o tercero». Y va cuarto, a unos segundos de Chaves, a medio minuto de Froome y a cuatro de Quintana. Contador reventó la etapa del domingo, la de Formigal, en un repecho que ni puntuaba. La montaña es él. Ese temor había en la salida de Castellón. Todos miraban hacia el autobús del Tinkoff. ¿Volverá a hacerlo? «Mi objetivo no es el podio, sino divertirme», avisó. Aroma a gasolina en Castellón, desde donde se partía hacia la subida al Desierto de las Palmas. Pero esta vez, el madrileño no encendió la mecha. O lo hace él, o nada. Con ese ambiente de batalla, la etapa arrancó descosida. Mil ataques. Omar Fraile, que quiere ser rey de la montaña, sumó los puntos en la cima del Desierto. Ya está a tres de Elissonde, el líder de los lunares. Pero eso le costó al vizcaíno sus piernas: «Cuando se ha hecho la fuga buena estaba muerto».

Y no entró en ese grupo de 28: Zubeldia, Pello Bilbao, Cataldo, Frank..., más los que hacían de avanzadilla para sus líderes. Allí estaban escuderos de Quintana -Herrada y Erviti- para vigilar a Gogl (gregario de Contador), a Konig (de Froome) y a Nielsen y Gerrans (de Chaves). Era otro día sediento. De laderas de matorral. De asfalto a la brasa. Ni Contador ni Froome ni Chaves encontraron el escenario para revolucionar la etapa. Eso selló el salvoconducto para la fuga. Otro triunfo a repartir entre los escapados. Es el signo de esta Vuelta, la carrera que ha hecho de las metas clavadas sobre muros su marca de fábrica. Le funciona. «Es el espectáculo que reclama la gente», defiende Javier Guillén, director de la ronda. Le avalan las audiencias televisivas, que se desploman en las jornadas llanas. Pero esa llave para el éxito arrastra un efecto colateral: los ciclistas están hartos de la tortura. Día tras día. «Esto es una salvajada», definían en cima de Mas de la Costa. «Otra más». «Estamos hartos de subir estos puertos imposibles», criticó David López, que prosiguió así: «No era una carretera, sino una pista asfaltada. Con las montañas que hay en España, no sé cómo recurren a esto».

Mientras ese debate rodeaba la Vuelta, la etapa se partía en dos. Frank y Cataldo quisieron poner su opciones a cubierto y cogieron unos metros de ventaja. A Cataldo no le sirvieron. A Frank, sí. La escalera de cemento de Penyagolosa hizo su trabajo. Le obligó a retorcerse. La barbilla en la tija del manillar. El culo atornillado al sillín para que la rueda no derrapara sobre el 36x29, un desarrollo de mountain bike. Frank vio las dos curvas del final. Parecían pintadas en una pared. Agachó más aún la cabeza y las superó. Era lo que buscaba: demostrar que es capaz. Suplicó por un botella de agua para apagar el humo de su garganta.

Detrás, el Movistar escudaba a Quintana, dueño de la carrera con más de tres minutos y medio sobre Froome. A Contador le tiene a cuatro. El madrileño prendió la subida ya en el tremendo kilómetro final. ¿Un ensayo para el sábado en Aitana? Echó unas migas de emoción en una etapa intrascendente. Quintana y Chaves se le pegaron. A Froome le costó algo más. Los cuatro entraron juntos.