La Rioja

Una etapa para los indultados

  • Drucker, vencedor en Peñíscola, y los otros trece primeros en el sprint llegaron fuera de control el domingo

No parecía que venían de la misma etapa. Cuando Alberto Contador subió el domingo a la habitación compartió con su compañero Jesús Hernández los datos del potenciómetro. Contador había llegado sexto a Formigal tras dinamitar la etapa. Hernández alcanzó la cima a casi 54 minutos, entre los 93 ciclistas que venían fuera de control. Los 93 repescados. Por la noche miraron los datos, los vatios. «Y yo había hecho el doble de esfuerzo que Jesús», reveló. «Entiendo que se les repesque porque si no la Vuelta se quedaría con pocos corredores, pero hay que darles un toque de atención. No se puede repetir», criticó en la salida de Alcañiz, pueblo aplastado por el sol y sin casi árboles donde cobijarse. Como le informaron de que el Sky había dicho que una moto de la carrera le favoreció en su ataque, replicó: «La única moto fueron mis piernas. El Sky dice que las normas hay que respetarlas, por ejemplo con la regla de los tres kilómetros en los sprints cuando nos perjudica a nosotros. Ahora, si se aplica la ley, Froome estaría solo, sin gregarios». Contador contraataca también sin bicicleta. Antes de partir lanzó un pronóstico: «Seguro que hoy (por ayer) gana uno de los que llegaron atrás en Formigal».

Había 93 indultados y solo 71 ciclistas que llegaron dentro del límite horario. La de Contador no era una apuesta arriesgada. Acertó. En el paseo de la playa de Peñíscola, 156 kilómetros de calor más allá, venció el luxemburgués Jempy Drucker, un especialista en ciclocross y prólogos de 30 años sin apenas palmarés. Como él, los otros trece primeros clasificados habían sido repescados. Si los jueces y la organización hubieran aplicado la ley, el vencedor habría sido el colombiano Esteban Chaves, decimocuarto.En voz alta, el pelotón hacía piña. Casi todos comprendían la decisión. Un equipo, el Direct Energy, se habría quedado sin corredores. El Sky, el Bora y el Lotto-Jumbo, solo con uno. Javier Guillén, director de la carrera, se encogía de hombros. Sabe que lo justo es excluir a los retrasados que entraron más de 20 minutos por encima del límite.

«Pero eso hubiera dañado a la propia Vuelta y a los equipos», alegó. Tomó nota. En carrera todo tiene eco. Cuando varios de los rezagados, como Pello Bilbao, quisieron acelerar para limitar la pérdida de tiempo, otros les frenaron. A mayor cantidad de ciclistas fuera de control, más opciones de repesca. Con 93, no había duda: todos iban a ser perdonados. La ley ciclista es de goma.

La Vuelta es víctima del éxito de su modelo. Etapas cortas, explosivas, con la dureza concentrada y con sobrepoblación de finales en alto. Diseñada al gusto de la audiencia televisiva. Los ciclistas se quejan de ella por su exceso de dureza. Pero cada vez corren más. La velocidad es la tortura. Y es cierto: están molidos. Pero llegar a Formigal a cámara lenta y haciendo grupo para no ser expulsados supone adulterar la carrera, que hoy descansa.

En ese 'grupeto' masivo iban cuatro de los seis fugados que se atrevieron con el asfalto recién salido del horno que iba en la decimosexta etapa hacia Calanda, con los tambores en silencio, y la espectacular silueta vertical de Morella: Dillier, Bystrom, Costa y Morice habían sido repescados el domingo; con ellos sudaban el marbellí Maté y el italiano Villella, que sí se habían clasificado dentro del tiempo. El sol se les clavó por igual: 39 grados. El viento batía por detrás. No consolaba. A un aliento así lo llaman 'el soplete'. Todos escaldados. Y tensos. Cuando la etapa dejó los barrancos y las ramblas de Morella y se ciñó a Vinaroz y el Mediterráneo, el miedo a las caídas casi las provocó. La fuga se achicharró sola. Nadie se sentía en tierra firme camino de Peñíscola, que es una península. Diez kilómetros finales de rotondas y curvas urbanas trazadas sobre ese asfalto que brilla de tan usado. El Sky, por precaución, se colocó al frente. «Froome no se resigna», juran en el equipo británico. Pero es segundo a 3.37 de Quintana. Un abismo. Tampoco se rinde Contador, cuarto en la general a 4.02 y a solo cinco segundos del tercero, Chaves. En las calles de Peníscola se trataba de no resbalar. El sprint, como había augurado Contador, era cosa de los repescados.

Casi lo evitó Bennati, compañero de Contador. Soltó su muelle a la entrada de un rotonda a 2,4 kilómetros del final. Se subió al viento de cola. Vela. Aplicó su habilidad en los giros. Perfectos. Y no llegó por poco. Su latigazo descompuso el sprint que el Etixx trató de prepararle a Meersman, que se precipitó. Como Selig y Arndt. Era una pelea entre repescados. Se conocían bien del día anterior metidos en el vagón trasero de la Vuelta. El que menos les sonaba era Jempy Drucker, un chico fuerte que ha ganado un par de prólogos. El luxemburgués del BMC supo esperar. Tenía las fuerzas reservadas el día anterior y tuvo más sangre fría para ganar el sprint de los repescados.