BALONMANO

Adiós a Pantaleón, el eterno vigilante del polideportivo de Escolapios

Pantaleón sentado en el polideportivo de Escolapios, donde ha invertido media vida. :: sonia tercero/
Pantaleón sentado en el polideportivo de Escolapios, donde ha invertido media vida. :: sonia tercero

Pantaleón Sorrigueta deja los Escolapios de Logroño tras 43 años de trabajo académico y en el balonmano

Eloy Madorrán
ELOY MADORRÁNLogroño

Cuando Pantaleón Sorrigueta Alonso, 'Panta' (Los Barrios de Bureba, Burgos, 1941) cierre esta mañana la puerta de Escolapios dejará atrás 43 años de trabajo, emociones, experiencias, algunos disgustos, enormes satisfacciones personales y, sobre todo, balonmano, mucho balonmano. Su próximo destino está en el colegio Cristo Rey de Zaragoza y en la residencia Betania, regentada por los Escolapios de la capital aragonesa.

Con la marcha de Pantaleón el colegio de los Padres Escolapios, y por extensión el balonmano riojano, pierde ese intangible que tanto cotiza a la baja en una época de 'titulitis', invasión de anglicismos y educación cosmética a la carta: experiencia. «Son casi 43 años en los Escolapios de Logroño. Llegué con 33 años. Venía con la idea de dar clases y también de continuar la labor de Gabino, un cura que llevaba el deporte, pero sólo el balonmano. Yo venía para ampliar la oferta deportiva», recuerda Pantaleón.

Esa inquietud de introducir más modalidades deportivas en el colegio se materializó en la fundación del Club Polideportivo Calasancio, en el año 1977. «Estaba Paco Jiménez, José Luis Goñi (padre), José Montalvo, José Luis Bermejo... y unos cuantos amigos. Nació el club con tres secciones: balonmano como deporte más numeroso, fútbol y baloncesto (con Loma-Osorio y Ricardo Reinoso y luego estuvo con mucha fuerza el padre Jesús Marqués)», rememora.

«La política del Calasancio es: 'me lo dan gratis, lo doy gratis'. Y así seguimos»

Un día cualquiera en la vida de Pantaleón comenzaba con una mañana de docencia. «Daba clases de Religión, de lo que se llamaba Trabajos Manuales... de cualquier materia», repasa. A continuación, tocaba manejar las cuentas, «porque llevé la administración del colegio durante veinte años» y para terminar «pasaba la tarde en el polideportivo, de cinco y media a diez de la noche, hasta que cerraba».

Pantaleón no duda cuando se le pregunta si merecía la pena tanta dedicación. «Sí, claro», responde rápido. «Recompensa -prosigue- ver a chavales que durante una época han pasado malas rachas, con malas compañías, y que gracias al deporte han encauzado sus vidas».

Trabajo de base

El gran reto que afrontó Pantaleón fue dotar de estructura a una sección, la de balonmano, que casi en exclusiva se dedicaba al primer equipo, «gracias a marcas como Fernández Hermanos, Estrella del Norte y Wamba».

A partir de entonces se recluta a jugadores de categorías superiores para que entrenen a chavales y se crea una estructura. «Pero sin pagar a nadie. La política del Calasancio ha sido siempre 'me los dan gratis, lo doy gratis'. Nunca se ha pagado a ningún entrenador. Hubo un tiempo que creí que sería imposible mantenerse así, pero seguimos. Somos casi los únicos en La Rioja en hacerlo», explica Pantaleón. El burgalés fue premiado por toda una vida dedicada al deporte por la Asociación Riojana de la Prensa Deportiva. Además, el Calasancio ha recibido la distinción como mejor escuela deportiva por parte de la Federación Española de Balonmano.

Con el paso de los años, el trabajo al frente del Calasancio y, en especial, en el polideportivo, lo ha 'heredado' José Luis Goñi. «El que ha cogido el testigo es José Luis Goñi, con el que tengo una gran relación humana muy fuerte», reconoce un emocionado Pantaleón. «Para mí ha sido un referente. Es el que me metió este veneno, veneno sano, del balonmano. Los cimientos de esta casa los puso él», replica Goñi.

Casi las últimas palabras que Pantaleón pronuncia en las instalaciones de los Escolapios de Logroño son de agradecimiento... «a la facilidades que siempre me han dedicado las diferentes direcciones del colegio». ...Y de nostalgia por una ciudad, Logroño, en la que siempre se ha sentido «cómodo por su dimensión, es una ciudad ideal para vivir».

Es un martes cualquiera y el polideportivo de Escolapios amanece un poco más viejo, más lóbrego, más triste y los gritos de los chavales apenas se oyen.

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