La Rioja

Paseos

Se cruzaron nuestras miradas, se clavaron las pupilas. Yo en la puerta del bar y tú allá en el fondo. Comienzan los rituales. Se acercan nuestros amigos mientras te haces la despistada y yo me entretengo en la barra. Me giro con las manos llenas de vasos y casi te llevo por delante. Nos quedamos juntos, uno frente a otro. Fuegos artificiales, ríos desbordados, goles en el último segundo.

Hablamos. Primero poco. Luego desatados. Saltamos de tema a tema, de bar a bar, de once a doce. Te pido que me sigas y tú me contestas Cenicienta. Y te vas. Y me dejas apurando la noche en busca de un zapato de cristal.

Al día siguiente preparo la bolsa. Día de partido. Toalla, zapatillas, camiseta, ilusiones... ¡Sí, está todo! Me voy hacia el polideportivo y no te vas de mi cabeza. Salimos a calentar. El equipo al completo, toda la familia. Sorteo de campos, últimas instrucciones y comenzamos. Es balonmano en estado puro. Amateur, más difícil todavía, precario, soñador. Y digno, muy digno. Eso sobre todo.

No sé explicarlo pero te siento. Distingo una luz allá en lo alto, en la última fila de las butacas verdes. ¡Jodidas butacas verdes que todavía siguen en pie! Y te descubro. Abrigada entre tus amigas. Sonriendo. Cómplice con la mirada, distante con el gesto. Pero estás ahí, y yo te siento. Es lo importante.

Termina el partido. Victoria. Saludo al rival. Respeto. Deporte de caballeros. Miro con descaro a la grada para localizarte y te encuentro en la esquina, junto a la puerta de salida, a punto de irte. Pero no sales. Me estás llamando a tu manera. Me llego contento, con esa estúpida media sonrisa que no consigo borrar para parecer un tipo duro.

- Buen partido

- Gracias. No sabía que te gustaba el balonmano.

- ¿Quién te ha dicho que me gusta? (Risas) ¿Hacemos un cine luego?

"A las nueve en la concha del Espolón" contestas sin dejarme responder. Y te vas con un guiño de película. Un fundido a negro.

No recuerdo qué vimos pero me acuerdo de tu ropa, de tu peinado, de cómo olías y de tu sonrisa sonora y contagiosa. Paseamos sin rumbo, a veces charlando, a veces en silencio. Paseamos sin prisa, sin frío en enero. Paseamos. Y aquí seguimos años después ... paseando.