Cacho, de Logroño al oro

Veinticinco años después de su gesta olímpica Fermín Cacho recuerda cómo una "tarde de perros" en La Rioja le dio "confianza" para Barcelona 92

Cacho, de Logroño al oro
JOSÉ ANTONIO DIEGOMADRID

Los 220 segundos que para él duró aquella final olímpica de 1.500 continúan poblando, 25 años después, los sueños de Fermín Cacho, tan convencido, entonces, de su victoria que minutos antes le había dicho a Enrique Pascual: "Ahora siéntate y disfruta, que vas a ser el entrenador de un campeón olímpico".

El atleta soriano, en la actualidad director técnico del equipo GoFit, ha olvidado algunos detalles de la carrera de Barcelona, disputada a las 20.15 horas del 8 de agosto de 1992, pero recuerda nítidamente que cuando pasó por el podio, instalado a media recta central, se dijo: "Dentro de nada estoy ahí arriba".

La campaña de verano en que iba a coronarse campeón olímpico no empezó bien para Fermín. Andaba buscando un signo alentador que le confirmara su puesta a punto para la gran cita, y no bajaba de 3:37.

Pero en su última carrera antes de lo Juegos, en un test organizado por la Federación Riojana, su cuerpo le transmitió el mensaje que necesitaba.

"Hice una buena pista cubierta", recuerda Cacho para EFE. "Récord de España de 1.000 metros (2:20.18) en Madrid y de 3.000 (7:46.11) en Sevilla. Fue un invierno bueno, todo estaba preparado para los Juegos, pero al aire libre no salía la marca".

El test de Logroño

"Hasta aquel test de Logroño, el 21 de julio, en que hice 3:36.77. La marca levantó algunas críticas, pero a mí me dio confianza porque la conseguí prácticamente solo, en una tarde de perros, con lluvia y mucho viento", apunta.

No asistió a la ceremonia inaugural, el 25 de julio. Prefirió apurar en casa los días que faltaban para la gran cita y vio por la tele a Rebollo prendiendo el pebetero con su certero flechazo.

«La marca de Logroño levantó críticas, pero a mí me dio confianza porque la conseguí prácticamente solo en una tarde de perros» fermín cacho

Cacho llegó tres días después a la Villa. "Mis compañeros fueron un poco cabrones", bromea. "Me dejaron la peor habitación. Había llegado el último y me dieron la que sobraba, en la parte de atrás, una que daba a los motores del aire acondicionado".

Entró en acción el 3 de agosto en el estadio de Montjuic a las 11.00 de la mañana, en la primera ronda de 1.500 metros.

En la charla técnica le recomendaron que se levantara a las 6 de la mañana para tener a punto los biorritmos. "Pero yo le dije a mi entrenador: ¿Para qué? Si yo no me levanto a esa hora ni para ir al baño. Como no estoy acostumbrado a esas horas, luego voy a tener sueño. Y nos levantamos a las siete y media".

Cacho, en la actualidad, muestra su medalla de oro
Cacho, en la actualidad, muestra su medalla de oro / EFE

Siempre en la final

Tal era la confianza en sus fuerzas, que siempre que visualizaba la competición se veía en la final, dando por hecho que saldría vivo de las dos primeras rondas. "Visualicé decenas de carreras y lo mejor de todo es que siempre ganaba yo", puntualiza Cacho, que no perdió nunca el sueño en los días precedentes. "Curiosamente, el ruido del aire acondicionado me servía para dormir".

El día de la final, siempre se vio campeón y ni siquiera perdonó la siesta. "Luego, cuando terminé el calentamiento, cogí aparte a mi entrenador y le dije: Esta tarde soy campeón olímpico. Voy a hacer el último 400 en 49 segundos".

Enrique Pascual rodó junto a él y, camino de la cámara de llamadas, acompañó a Cacho hasta donde se lo permitía su acreditación de técnico. Al despedirse, Fermín le dijo: "Vete a la grada, siéntate y disfruta, que ahora me toca a mí. Vas a ser el entrenador de un campeón olímpico".

Con 23 años, muy delgado, Cacho irrumpió en la pista el primero, tras la azafata, y también aparecía el primero en la nómina oficial de finalistas. En la camiseta, un dorsal capicúa, el 404.

El gran favorito era Nurredín Morceli, que llegaba con rango de campeón del mundo, pero el argelino, que llevaba una temporada discreta, medio enfermo, se limitó a marcar a Fermín.

Lentos por sorpresa

"A casi todos nos pilló por sorpresa que fuera una carrera lenta. Dábamos por sentado que saldría rápida porque había tres kenianos, y sin embargo pasamos a 1:02 el primer 400 y a 1:04 el segundo, o sea, más lentos que en la final femenina. Yo miraba a Morceli y me decía: yo voy encerrado pero tú, que vas detrás de mí, lo tienes peor porque no te voy a dejar pasar. Cada vez que él se movía yo le echaba para atrás".

El keniano Chesire (cuarto en Los Ángeles'84, tras José Manuel Abascal) hizo casi toda la carrera al frente. "Yo tenía muy claro que tenía que entrar bien colocado en la última vuelta, porque se iba a producir un cambio brusco y el grupo se iba a estirar. Pasamos a 2:36 el mil. Me vino fenomenal que Kibet se colocase ahí, cerrando el grupo por fuera, porque Morceli lo tendría difícil para salir".

"A 600 metros de la meta se empezó a correr a toda pastilla. Recuerdo que poco antes de la última curva casi me caigo cuando me toco con Jim Spivey y le miro. Morceli lo intentó, pero no pudo. Chesire dejó un espacio bastante amplio por dentro y por allí me metí. En la recta volví a cambiar. Veía que las piernas iban solas hacia adelante. Cuando pasé por el podio, miré de reojo y me dije: "Quedan 40 metros, dentro de nada estoy ahí arriba".

«Cuando pasé por el podio miré de reojo y me dije: 'Quedan 40 metros, dentro de nada estoy ahí arriba'» fermín cacho

Fermín ganó con un tiempo irrelevante: 3:40.12 (220 segundos), tras cubrir los últimos 400 en 50.2 y los últimos 100 en 11.7. Luego se fundió en un abrazo con sus padres, con su entrenador, con su mánager (Miguel Ángel Mostaza).

Una bandera de 23 años

Dio la vuelta de honor envuelto en una descolorida bandera española que había comprado su madre el año en que nació él, 23 años antes, para lucirla en el balcón en las fiestas de Agreda.

Y sin embargo aún le faltaba por vivir los momentos de mayor apuro de aquél día inolvidable.

Todavía sudado tras la carrera, un miembro de protocolo de la Casa Real se acercó para decirle que los Reyes deseaban felicitarlo antes de que se marcharan al Camp Nou, donde la selección española de fútbol iba a jugar -y ganar- la final contra Polonia.

"Aquello no entraba en mis previsiones. Subí por la escalera hacia el palco pensando en cómo tenía que tratar al Rey, si iba a darle la mano o hacer la genuflexión. Confieso que eso no lo tenía previsto, se me había ido de las manos. Pero él mismo facilitó las cosas. El Rey me felicitó, me dio la mano y luego un abrazo. Había roto el protocolo y me dijo que me iba a presentar a la Reina".

¿Y ahora qué hago?, me dije. Luego pensé rápidamente que si el Rey había roto el protocolo, yo iba a plantarle dos besos a la Reina. Así que le dije: perdone, Majestad, y se los di. Reconozco que estaba mucho más nervioso que en la pista, fue el momento más comprometido de toda la tarde para mí".

Un abanderado

En lo alto del podio, por su cabeza pasó vertiginosamente su trayectoria hasta llegar a la cumbre.

Cacho, en el podio
Cacho, en el podio / EFE

"Cuando ves la bandera de tu país y escuchas el himno, te vienen a la cabeza muchas cosas. Ahí retrocedí seis años, al punto en que el COI concedió los Juegos a Barcelona en 1986. Aquél día cuando salí del instituto de Ágreda y me dijeron que habían dado los Juegos a Barcelona me dije: yo quiero estar ahí".

Cacho, que se perdió la inauguración, fue elegido abanderado del equipo español en la clausura, un remate feliz para unos Juegos de gloria.

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