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El mayor legado de Samaranch

Juan Antonio Samaranch, por entonces presidente del COI, porta la antorcha olímpica. /Efe
Juan Antonio Samaranch, por entonces presidente del COI, porta la antorcha olímpica. / Efe

El empeño del 'papa' del olimpismo unió a las instituciones, revolucionó el deporte español y transformó Barcelona

Ignacio Tylko
IGNACIO TYLKOMadrid

«À la ville de...Barcelona». Cuando Juan Antonio Samaranch pronunció aquella mágica frase, el 17 de octubre de 1986 en el marco de la 91ª sesión del Comité Olímpico Internacional (COI) celebrada en Lausana, una explosión de júbilo recorrió toda España, que avanzaba hacia la modernidad y el reconocimiento internacional después de décadas ominosas por culpa de la dictadura franquista.

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Barcelona había fracasado en sus tentativas para las ediciones de 1924, 1936 y 1940, pero gracias a la enorme influencia del poliédrico 'papa' del olimpismo entre 1980 y 2001 se imponía a París en la tercera votación y era elegida para organizar los Juegos de la XXV Olimpiada. «Lo que es bueno para Barcelona es bueno para Cataluña y lo que es bueno para Cataluña es bueno para España», proclamó entonces el alcalde de la ciudad, Pasqual Maragall. Tras el éxito del 92 Samarach aseguró, sin ambages, que Barcelona había organizado y disfrutado de «los mejores Juegos de la historia».

El proceso de la candidatura había comenzado en 1981, cuando el alcalde Narcís Serra solicitó al rey Juan Carlos I autorización para embarcarse en un proyecto que adquirió más fuerza cuando Pasqual Maragall fue elegido edil en 1982 y dos años después nació la Oficina Olímpica de Barcelona. El gobierno de la Generalitat, presidido por Jordi Pujol, se volcó desde el primer momento en una candidatura que gozó de un gran apoyo institucional y social. Tanto que antes incluso de la designación Barcelona ya presumía de 60.000 voluntarios olímpicos.

Pero el sueño no se hubiera cumplido sin el poder absoluto de Samaranch, capaz de transformar un organismo caduco como el COI y de convertir unos Juegos Olímpicos decadentes en un espectáculo mediático y excepcional para la ciudad elegida. No se entendería la enorme proyección universal de la capital catalana sin Samaranch, sin la atribución de unos Juegos que dejaron un enorme legado: una capital transformada arquitectónicamente, dinámica, adulta, preparada para los nuevos tiempos, mejorada social y económicamente y con una imagen mundial extraordinaria que le permitió hacer del turismo su enseña.

En Barcelona'92 participaron 169 comités nacionales y fueron los segundos Juegos desde Munich'72 en los que no se produjo el boicot de ningún país. Se celebró la vuelta al olimpismo de Sudáfrica, que no participaba desde 1960 a causa del 'apartheid', de Cuba, que no lo hacía desde Moscú'80, y la presencia de la Alemania reunificada tras la caída del Muro de Berlín.

«Samaranch administró nuestros sueños olímpicos; fue un genio con un talento que hizo posible lo imposible», apuntó Alejandro Blanco, presidente del Comité Olímpico Español (COE), cuando vio la luz el libro 'Presidente Samaranch'. Cuando el rey Felipe VI, entonces Príncipe de Asturias, se despidió de Samaranch en su funeral, se refirió a él como «un amigo entrañable», «un español universal» al que «nunca podremos olvidar». Era el 22 de abril de 2010, y aquel «coloso del deporte» dejó una herencia que revolucionó la historia del deporte moderno. El féretro con sus restos mortales fue portado por una treintena de deportistas, entre ellos Rafa Nadal o el exwaterpolista Manel Estiarte, quien se hizo inseparable de Pep Guardiola precisamente a partir Barcelona'92.

Adelantado a su tiempo

Aunque su pasado político durante el régimen franquista le granjeó también grandes enemigos, la figura de Samaranch ha sido muy reconocida por emblemas del deporte español. «Lo hizo todo por el movimiento olímpico, desafió el boicot, creó el Museo Olímpico, trajo una vez los Juegos a España y luchó con todas sus fuerzas por traerlos otra. Fue una persona adelantada a su tiempo», reflexiona Fermín Cacho, el mediofondista de oro.

«Hay un antes y un después de Barcelona'92 para nuestro deporte. A partir de ahí nos vimos capaces de competir con cualquiera», cuenta la regatista Theresa Zabell. «Cuando vino a visitarnos a la Villa Olímpica, era como si fuera el Papa. Trajo unos Juegos que necesitaba mucho el deporte español, y todos los ojos le miraban», rememora Mercedes Coghen, que ganó el oro con la selección femenina de hockey hierba.

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