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Barcelona '92 guardaba un secreto

Antonio Rebollo lanza la flecha destinada a encender el pebetero.

El pebetero, ya encendido antes de lanzarse la flecha, la entrega del fuego, el «¡Hola!» y el Príncipe marcaron la ceremonia

Amador Gómez
AMADOR GÓMEZMadrid

Hace 25 años, el 25 de julio de 1992, en la inauguración de los Juegos de la XXV Olimpiada, Barcelona decía «¡Hola!» al mundo. A través de la palabra gigante que formaron sobre el tapiz del Estadio de Montjuic más de un millar de figurantes y de los gritos de los 70.000 espectadores que, desde las gradas de un recinto mítico para el deporte español, convirtieron el saludo en uno de los sonidos de la cita olímpica. A esa imagen y esa voz de júbilo se unieron ese día otros momentos memorables. Los más recordados, el del pebetero, que guardaba un secreto nunca desvelado, ya que estaba encendido, a niveles mínimos de gas, antes de que lanzase su flecha el arquero Antonio Rebollo, la entrega del fuego olímpico del último relevista, Epi, el príncipe Felipe como abanderado de España, las lágrimas de la infanta Elena...

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La muerte de Freddie Mercury ocho meses antes de la ceremonia inaugural frustró que interpretase junto a Montserrat Caballé el himno de unos Juegos en los que España dio un paso de gigante, no sólo deportivo, sino también organizativo. El tema 'Barcelona', compuesto por el genial vocalista de Queen, no pudo emocionar en directo junto a la soprano en la apertura de los Juegos, aunque sí fue emitido por las televisiones de todo el planeta con el recurso de una grabación de cuatro años antes en la ciudad condal. Sí sonó el 'Amigos para siempre' de Andrew Lloyd Webber, aunque para escuchar su versión cantada, que hicieran famosa Los Manolos a ritmo de rumba, habría que esperar a la clausura, cuando cundió el pánico ante la posibilidad de una tragedia, con más de un centenar de personas sobre el escenario.

La música clásica y la ópera tuvieron un papel relevante en esa elogiada aunque, como es habitual, demasiado larga y tediosa ceremonia inaugural que fundió tradición y modernidad y que también aprovechó el tirón del vanguardista grupo La Fura del Baus. «'¡Sed bienvenidos!', cantan Montserrat Caballé y Josep Carreras a todos los que hoy miran hacia Barcelona, mientras 600 bailarines vestidos de blanco estrechan sus manos en el milenario baile de la sardana, danza típica de Cataluña. Es la bienvenida de una tierra antigua, hecha por gente de paz», se lee en el Programa de la ceremonia de inauguración de Barcelona'92 repartida ese día a los representantes de los medios de comunicación.

Un libreto de 68 páginas en el que el entonces presidente del Comité Olímpico Internacional (COI) y principal artífice de la organización de los llamados Juegos de la amistad y del reencuentro, Juan Antonio Samaranch, aventuraba que dicha ceremonia, «con su mensaje de tolerancia y su carácter cosmopolita, será el más brillante escaparate de los ideales olímpicos». «Barcelona quiere ser, por encima de todo, una ciudad europea, orgullosa de Coubertin, de su espíritu internacionalista, que ha permitido en nuestro siglo -el siglo del progreso y de las guerras, de la arrogancia de las palabras y de la impotencia de los corazones- encontrarse cada cuatro años para hacer deporte, para luchar sin violencia y para hablar un lenguaje común», destacó durante su discurso el presidente del Comité Organizador y entonces alcalde de Barcelona, Pasqual Maragall.

Atronaron los aplausos en Montjuic cuando aparecieron las banderas de Barcelona, Cataluña y España, al igual que cuando se produjo la llegada de los reyes, don Juan Carlos y doña Sofía, y no hubo pitos cuando se interpretó el himno nacional tras 'El Segadors'. Hoy sería inimaginable. La explosión de alegría y máxima emoción llegó con la aparición en el tartán de don Felipe al frente de la delegación, con el público puesto en pie y algunas banderas de España exhibidas también en las tribunas. Fue el momento más esperado por los periodistas del país anfitrión para ser inmortalizado.

La apoteosis, tras unos instantes de intriga y respiración contenida, sería el encendido del pebetero, que años después se descubrió, gracias a una grabación, que tenía truco, ya que la flecha no entró, sino que, tal y como estaba previsto, pasó por encima y cayó al exterior. Lo que se desconocía hasta ahora es que, antes del lanzamiento de Antonio Rebollo, por el pebetero ya escapaba gas, por lo que era imposible que la llama no prendiese al sobrepasarlo.

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