AUNQUE NO SEA VERANO

JONÁS SAINZ - CRÍTICA DE TEATRO

Aunque pasaran. Aunque pasen los años y pasen las guerras y las victorias. Aunque pasen las derrotas. Aunque pasen los muertos y queden sepultados sin epitafio bajo el pie de los vencedores. Cautivos, desarmados. Aunque las heridas pasen y se enquisten y se pudran y no terminen de curarse. Aunque pasen y pasen una tras otra las calamidades y pasen de vez en cuando también las alegrías. Aunque todo pase y todo quede. No pasarán, no al menos en el corazón del hombre libre, aquellos que pretenden matar la esperanza. No pasarán.

Aunque haya pasado el tiempo y el ayer se vea hoy amarillo, como el de Fernando Fernán Gómez en sus memorias. Aunque España siga partida en dos como un vecindario mal avenido. Aunque, en nombre del futuro, media España se empeñe en olvidar el pasado y la otra media en recordarlo, también por el futuro. Aunque todo eso aún nos enfrente y nos condene, habrá que mantener la esperanza. Como en el mayo francés, por recuperar nuestro verano.

Aunque 'Las bicicletas son para el verano', qué placer volver a montarlas de nuevo una primavera cualquiera. Aunque sea un drama escrito hace cuarenta años, qué clásico contemporáneo. Aunque se estrenase con enorme éxito en la Transición, que éxito tan grande poder verlo de nuevo en esta Democracia transida. Aunque trate de la Guerra Civil, qué prefacio de la dictadura. Aunque su autor fuera tan rojo como la sangre, qué poco revanchismo y cuánta piedad con unos y con otros. Que aunque una guerra civil sea la barbarie entre iguales, toda democracia tiene que ser convivencia entre distintos.

Aunque solo sea la historia de una familia tratando de sobrevivir unida a la guerra en Madrid, que lección de historia para todo un país empeñado en no entenderse en ningún pueblo. Aunque sea solo teatro, qué teatro tan necesario. Y, a pesar de necesario, qué hermoso. Aunque el montaje de César Oliva tenga aparente sencillez de función universitaria, cuántas muestras de buen teatro: la respetuosa adaptación de un texto monumental, la eficaz puesta en escena y la escenografía justa, las luces, la dirección de actores de varias generaciones sobriamente equilibrada en la tragicomedia y la medida sensibilidad para calibrar la emotividad sin excesos, el humor sin caer en lo banal y solo insinuar la comprometida denuncia política y humana que subyace. Y aunque Patxi Freytez se inspire tanto y tan bien en el gran Agustín González, qué gusto ver su interpretación y la de todo el elenco.

Junto a don Luis y su familia, a todos nos estalla la contienda, la ciudad queda sitiada, trata de resistir, no pasarán, los bombardeos se acercan, se suceden los paseos, los tiros en la calle, la radio de cada bando, la propaganda, el hambre, el estraperlo, los brigadistas, el avance de los fascistas, el refugio, el miedo, la tristeza, la derrota, la victoria... No es la paz, Luisito, es la victoria. Qué escenas memorables sisando las lentejas, brindando con anís Las Cadenas, el pitillo a medias padre e hijo antes de que le detengan... Sabe Dios cuándo habrá otro verano...

Y, entre el horror y el desastre, la ventana siempre abierta: vienen malos tiempos, pero habrá que apechugar con lo que sea. Que, aunque aún estemos lejos de que llegue aquel verano robado, el verano llegará. Y, como si fuera montar en bicicleta, la libertad no se olvida.

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