ENTRE REJAS

ÓSCAR BELLOT

No sólo de dulces puede empacharse uno en Navidades; también de series. La duda radica en cuál es la trama idónea para evadirse del bienintencionado tiempo de asueto cuando el exceso de azúcar alimenticio y sentimental amenaza con colapsar el sistema nervioso. ¿Apostar por productos de los que todos hablan o aventurarse por un terreno inexplorado? Ciñéndonos a la segunda vía, una perfecta tónica puede ser 'Prisioneras'.

Auspiciada por la televisión pública islandesa y estrenada en España por Sundance TV, la serie dirigida por Ragnar Bragason es el enésimo ejemplo de que la ficción europea, especialmente la alumbrada en los países nórdicos, tiene ya poco que envidiar a la que se hace al otro lado del Atlántico. Lo demostró 'Borgen', lo ratificó 'Broen/Bron' y lo han terminado de constatar 'Atrapados' y 'Prisioneras'.

Lo que en apariencia es de inicio un trama carcelaria, termina revelándose como un complejo y subyugador descenso a los oscuros abismos del alma humana. Nada que ver con 'Orange is the new black' y mucho menos con 'Vis a vis'. En 'Prisioneras' no hay tregua para el espectador, que asiste con desasosiego al desmadejamiento de los acontecimientos que desembocan en el encarcelamiento de Linda, la hija menor de una poderosa familia islandesa, en una prisión para mujeres tras el salvaje ataque con un palo de golf a su progenitor. Allí trabará contacto con otras reclusas que, como ella, arrastran truculentas historias que precipitaron sus confinamientos. Seres desnortados que siguen guardando pese a todo bondad en sus maltratados corazones.

Ese es precisamente el gran acierto de 'Prisioneras', la renuncia a presentar personajes unívocos para plasmar con una extraordinaria delicadeza, por el contrario, la yuxtaposición del bien y del mal que anida en cada alma, logrando que el espectador termine empatizando con un grupo de apestadas sociales que claman por una segunda oportunidad. Y es que, como se encarga de recordar esta pequeña joya de la televisión islandesa, muchas veces los auténticos monstruos son los que siguen habitando en libertad y con una apariencia de intachable respetabilidad.

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