LIRISMO POR ARROBAS

TERI SAENZ

Mírese ante al espejo. Si le confirma que dispone de un cuerpo de carne y huesos, ya es aspirante potencial a participar en un 'reality' de televisión. Puede que en vez de una figura atlética con los músculos afinados y la piel turgente el reflejo le devuelva una masa ingente de grasa con las arterias al borde del colapso. No decaiga. Su destino no está en ninguna isla para famélicos supervivientes rogando por un sorbo de agua infecta, sino en 'Mi vida con 300 kilos'. El espacio de DKISS rompe moldes. Y no es un chiste fácil. En una parrilla dominada por la explotación de un canon de belleza unilateral, los protagonistas del programa militan en las antípodas del estereotipo. Figuras descomunales a quienes la obesidad mórbida ha conducido tan al límite de la salud que llegan a desnudarse (literalmente) ante las cámaras y el médico para someterse a una intervención que les devuelva a una vida sin básculas ni andadores.

Una primera aproximación al espacio podría encasillarlo en una televisión de lo grotesco con guion de Tod Browning. Déle una oportunidad, porque debajo de toneladas de piel flácida hay más superación personal que gusto por lo bizarro. En el subtexto de 'Mi vida con 300 kilos' está la cara B de una sociedad fea, una hipercalórica Norteamérica de exiliados en su propio metabolismo que amenaza con replicarse en otros mundos. Una sucesión de historias más allá del drama del gigantismo gástrico hilvanadas en torno a la clínica donde peregrinan como esperanza final. Y, sobre todo, Younan Nowzaradan, el doctor contrahecho y de manos milagrosas en las que los pacientes depositan sus vidas y supera la cumbre de lo increíble cada vez que sentencia en un plano americano al acceder a la sala de espera: «Este es el caso más extremo al que me he enfrentado en mi carrera profesional».

La voluntad de 'Mi vida con 300 kilos' no sólo como experimento social sino como ejercicio televiso para audiencias radicales se prolonga en 'Cirugía final' o '¿Qué pasó después?', los 'spin-offs' que cierran las cicatrices y la biografía de los visitantes al quirófano tras enfrentarse al bisturí. Encienda la pantalla. Y si asoma un cirujano, meta barriga y suba el volumen. Hay poesía.

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