FAMILIAS DISFUNCIONALES

ÓSCAR BELLOT

Seguramente la palma se la lleven los Lannister, con sus incestos, parricidios y demás, como se está encargando de recordarnos la séptima temporada de 'Juego de Tronos', pero, aun sin llegar tan lejos, la televisión ha sido prolija a la hora de presentarnos familias en las que sus integrantes tienen un modo muy peculiar de conducirse en sus relaciones, por decirlo suavemente. Baste citar, entre los ejemplos más recientes, a los Gallagher ('Shameless'), ese clan encabezado por un padre alcohólico al que pone rostro el siempre soberbio William H. Macy y cuyos integrantes, a falta de tutela parental, han de aprender a cuidar de sí mismos, lo que no impide que crezcan llenos de traumas. O a las Plunkett ('Mom'), linaje integrado por una madre soltera rehabilitada de su adicción a las drogas y al alcohol que convive con su progenitora, también en proceso de recuperación de sus pecados, y con una hija que va camino de cometer los mismos errores que aquellas de quienes desciende. Sin olvidar, por supuesto, a la prole más longeva de todas, la de los Simpson.

Poco nuevo bajo el sol. Ya en los ochenta y los noventa nos topamos con estirpes que arrancaban sonrisas del espectador a base de recrearse en sus miserias. El punto de inflexión lo marcaron los Bundy, con los que la Fox dio la réplica al puñado de azucaradas comedias como 'Padres forzosos' o 'Los problemas crecen', en las que primaban los comportamientos modélicos en el nido familiar por mucho que de cuando en cuando uno de sus integrantes rompiese la armonía. Nada de eso sucedía en 'Matrimonio con hijos', donde todos se odiaban y no trataban de esconderlo. Al pagaba con su esposa y sus hijos la frustración de una vida en las antípodas de lo que soñaba cuando estaba en secundaria. Peggy sólo pensaba en las compras como sustitutas del placer que Al le negaba en la cama. Bud tachaba de puta a su hermana Kelly y ésta reaccionaba recordándole su nulo éxito con las chicas. Casi una réplica de aquella era 'Infelices para siempre'.

Productos todos ellos que nos suben la moral y nos permiten valorar lo que hay en casa, ofreciendo además una vía de escape cuando el exceso de cariño se torna demasiado agobiante. Porque de todo hay que tomar en su justa medida. Como reza la expresión popular, ni tanto ni tan calvo.

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