La Rioja

RÓTULOS EN LA TELE

Los que tienen boca se equivocan y los que le damos a la tecla también. El que esté libre de errata que tire el primer corrector. Quede dicho esto por delante. Ahora bien, lo de los gazapos en los rótulos en televisión se está convirtiendo en una constante inadmisible. A veces da la sensación de que las cadenas han emprendido una batalla entre ellas para ver quién le da la patada más grande al diccionario. Si esto es así, desde luego esta semana TVE se lleva la palma. Si María Moliner, allá donde esté, siguió el debate de investidura, se le saltarían los ojos al leer en pantalla un letrero con una declaración de Homs, el portavoz del Partit Demòcrata de Catalunya, que incluía la palabra DEBORADOS. Sí, con B, de burro. Con esa misma B, más tarde se pudo leer, mientras intervenía la representante de Bildu, INMOBILISMO. Quizá aquello era el mejor resumen del paripé al que hemos asistido en la Cámara, donde en pocas intervenciones se habló de problemas de verdad, más allá de los intereses particulares de cada uno.

Grafistas y rotulistas se encargan de incluir letreros que ayuden al espectador a situarse y a no perder el hilo argumental. Si lo que pretendían con semejantes faltas era mantener la atención de quien seguía el debate, lo consiguieron. Algunos no podíamos salir de nuestro asombro con lo que leíamos. Ninguna empresa de nuestro país ha sido ajena a los recortes en los últimos años. La mayoría de los departamentos han quedado diezmados y luego eso se nota. Posiblemente muchos de estos errores garrafales se deban a que la misma persona que ha de escribir estos destacados tiene que realizar otras tantas tareas a la vez. Soy consciente. En ocasiones, sin embargo, es una simple cuestión de no haber perdido unos segundos en revisar lo escrito. Las prisas que dominan esta vida en la que la inmediatez es un valor juegan malas pasadas.

Hemos visto «espectativa» con S, «chapuzero» con Z, y «obtubo» con B. Hemos visto de todo. Que estos gazapos se produzcan tan a menudo también demuestra la poca relevancia que se le da en nuestra sociedad a las faltas. De alguna manera, justifican la ligereza ortográfica con la que luego se escribe en Whatsapp o en las redes sociales.