¿TOMAMOS UN CAFÉ?

Una persona sujeta una taza de café. :: rodrigo sura / efe
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Una persona sujeta una taza de café. :: rodrigo sura / efe

«Una cafetería ve pasar a través de los cristales el trajín ciudadano: los coches en carrera, las lluvias y los soles, patines, ambulancias, transeúntes. Es la vida que cruza ante sus ojos»

VICENTE ROBREDO GARCÍA

Qué bien sienta en estos días de invierno entrar a una cafetería y pedir un café! Cómo entona el espíritu y el cuerpo. Cómo, tras los saludos habituales, queda el frío aparcado fuera y se dispone el ánimo al encuentro y a la conversación.

Una cafetería es un pequeño mundo o es un mundo en pequeño. Pasan por ella a diario gentes de toda edad y condición.

Unos buscan asiento entre las mesas y hacen tiempo llenando crucigramas y sudokus; otros, con más premura, al lado de la barra, ojean las noticias del periódico, repasan las esquelas y observan los pronósticos del tiempo antes de reintegrarse a sus quehaceres.

Hay quien discute acaloradamente sobre fútbol, quien habla del regalo de la nieve, reina de nuestra infancia y nuestros sueños. Hay quien no pestañea atento al móvil y quien, al lado, juega o hace apuestas, concentrado en las máquinas.

Las camareras, siempre atentas, van sirviendo al cliente amablemente, moviéndose de un lado para otro en ese reino suyo conquistado detrás del mostrador. Maestras en su oficio, escuchan, memorizan, sonríen, sirven, en un rito ordenado y secular. Con qué santa paciencia, responden, aconsejan, educan, en su caso, si alguien se extralimita. Qué bien saben hacerlo, qué variedad de formas: un corto de alegría, una tostada, un zumo de esperanza, un chocolate, una infusión de calma, un sándwich vegetal...

Luego, el jornal ganado, regresarán a casa, a cuidar de su esposo, de sus hijos, de sus padres y abuelos, con el gozo que da el saber servir.

Que una cafetería es un servicio galante, un intercambio de edades, pareceres, cortesías. Un lugar para que todos encuentren su acomodo.

Alguien entra de pronto preguntando por un supermercado, determinada calle o el sitio del lavabo. Alguien pasa el periódico al que espera para darle un vistazo. Alguien ayuda a una persona anciana a sentarse y le aproxima la consumición.

El mostrador iguala. El mismo vaso da de beber a pobres como a ricos, a jóvenes y ancianos, nutre ilusiones y consuela penas, serena los afanes inmediatos y da un respiro a los asuntos graves. Hay mesas de costumbres, donde a la misma hora se juntan los amigos a charlar de sus cosas o a jugar la partida; mesas donde las madres esperan a sus niños, que están en catequesis; mesas abandonadas que esperan un cliente novedoso, fuera de lo habitual.

Una cafetería ve pasar a través de los cristales el trajín ciudadano: los coches en carrera, las lluvias y los soles, patines, ambulancias, transeúntes. Es la vida que cruza ante sus ojos, mirando hacia adelante y, a veces, de reojo, la paz que se respira en su interior.

Es que el mundo de fuera y el de dentro se abrazan, complementan. Si el descanso requiere un nuevo impulso para ponerse en marcha, la acción también exige lo pausado de la contemplación. La rutina, el asombro comparten los momentos y lugares. Y lo imperecedero se relaciona bien con lo fugaz.

Una cafetería se parece a un colegio, a una familia, a veces hasta a una parroquia. Se aprende, se convive en armonía, lo humano y lo divino se mezclan sin extrañeza, sin alarde alguno. Qué verdad es aquello de Teresa de Jesús de que «también entre los pucheros anda el Señor». ¿Dónde va a estar el Padre sino junto a sus hijas y sus hijos?

Sorbo a sorbo es el tiempo el que se deja gustar y consumir; el que hora a hora va abriendo, floreciendo, deshojando la cálida liturgia cotidiana, la gracia trascendente que late en los detalles de la vida. Una cafetería surte de corazones la mañana, de reflexión la tarde. Es un signo, una imagen transparente del convivir humano.

¿Tomamos un café?

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