TIEMPO DE CORTÁZAR

:: v. rábade
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JONÁS SAINZ

Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire...' En alguna extraña medida, en algún repliegue escondido de la conciencia, en la puntual inexactitud de un reloj parado, en el puzle que somos ante un espejo roto, en alguna escalera sin instrucciones de uso, en el humo de un cigarro a oscuras, en la música que suena sin que nadie escuche, en tantos y tantos lugares secretos y a casi todas las horas de la noche somos criaturas cortazarianas. Seres inexplicables y aturdidos, salvajes e indefensos, vivos de milagro y muertos de miedo. Perseguidores de un tiempo que no nos pertenece y por el tiempo perseguidos. Unos lo pretenden. Otros lo llevan consigo.

Lo intenta sin mucho éxito Ignasi Vidal en 'El cíclope y otras rarezas de amor' inspirado por 'Rayuela' y su capítulo 7... 'Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran...' El irresistible poder hipnótico de Cortázar fascina a este autor, pero, al contrario que el argentino, él no logra traspasar el plano de realidad. Su intento no pasa de recrearla con la creencia simple de que dos vidas que convergen en un instante preciso de enamoramiento, por efímero que parezca, son capaces de abrirse paso a la eternidad. Relaciones cruzándose y distanciándose como rayas de tiza pintadas en el suelo tejen este melodrama que pretende más pasión de la que es capaz de encender. El amor, idealizado como puerta a la inmortalidad, más que amor parece un visado cursi y el teatro así, más que trascendente, es bastante convencional. Por más que Eva Isanta, Daniel Freire y el resto hagan un digno trabajo, ni extrañan sus 'rarezas' ni este Cíclope atrapa a casi Nadie.

Pablo Messiez, en cambio, es de los que llevan dentro esa chispa mágica que prende la locura. Y aunque 'Todo el tiempo del mundo' tenga difícil lectura y desconcierte, contiene instantes de luz, momentos de poesía y un halo perturbador que permanece. El tiempo, el tiempo que aterraba a Cortázar como una navaja, el tiempo es también el delirio de este otro porteño que, pese a no profesar en las filas del realismo mágico, lo invoca con talento natural. El tiempo y la necesidad de hacer perdurar los recuerdos. La fragilidad de la memoria.

Hay en 'Todo el tiempo...' un desdoblamiento de la realidad y la irrealidad, un ritmo irracional y una desesperación existencial que emparenta el drama de Messiez con el relato 'La noche boca arriba' de Cortázar. Un zapatero, un personaje cualquiera, su abuelo, queda atrapado en un laberinto de presencias atemporales y de historias que le abocan al fin o al renacer sin saber en qué dirección transcurren pasado, presente y futuro, sin conocer el sentido de la existencia. Pero acaso ese vacío pueda llenarlo parcialmente la piedad de los tuyos. Junto a Messiez, María Morales, Íñigo Rodríguez-Claro, Rebeca Hernando y el resto de Grumelot hacen un pequeño sortilegio contra la futilidad de la vida.

'... Allá al fondo está la muerte, pero no tenga miedo. Sujete el reloj con una mano, tome con dos dedos la llave de la cuerda, remóntela suavemente. Ahora se abre otro plazo...' Si el tiempo vuela, también nosotros podemos intentarlo.

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