«Sólo una vez acuchillé enfurecido un cuadro que no me salía, y fue ridículo»

Antonio López, de 82 años, posa en su luminoso estudio al norte de Madrid entre numerosas obras en marcha. :: alberto ferreras
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Antonio López, de 82 años, posa en su luminoso estudio al norte de Madrid entre numerosas obras en marcha. :: alberto ferreras

Antonio López Pintor y escultor «Jamás me reto a mí mismo», dice el gran maestro del realismo, a quien la posteridad no le preocupa «nada»

MIGUEL LORENCI MADRID.

Antonio López García (Tomelloso, 1936) es el último y venerado maestro del realismo español. Con 82 años, ni se plantea retos ni espera «nada» de la posteridad. Su luminoso estudio madrileño, atestado de fotos, libros, archiperres y obras en marcha, es el refugio de este genio desastrado y desapegado de lo material. Compungido por la reciente muerte de su gran amigo, el escultor Julio López Hernández, prepara su taller anual con jóvenes pintores en el Museo de la Universidad de Navarra, junto a Juan José Aquerreta, y afronta varios encargos.

-¿Qué aprende un maestro de pintores jóvenes y entusiastas?

-No voy a Navarra para enseñar o aprender. Estamos juntos, charlamos de pintura y de lo que sea con extraordinario respeto, y emergen muchas cosas. Ayudo a que sean ellos mismos.

LAS CLAVES «Hay que posar una mirada inteligente sobre las cosas. La humildad y la soberbia no aportan nada» «Una bendición. De algún sitio debe venir el trabajo y el dinero. Si no te gusta, pues se rechaza y punto» «Modelé las cabezas de mis nietos y ahora haré la mía. Trabajo con una foto de cuando tenía 5 meses»

-¿Qué consejo repite más?

-Que no hay fórmulas. Que huyan de las que funcionaron en otra época y que cada cual ejercite la pintura a su manera.

-¿Nos sobra talento pictórico?

-No creo que haya más que en otras épocas. El talento es una excepción. Una rareza ahora, en mi época y en la de Velázquez. Pero siempre hay sorpresas.

-Los pintores chinos le ven a usted como un dios...

-Es una visión mitificada. Todo es más modesto. Menos aparatoso. Les deslumbra lo que Occidente ha hecho en el arte. La variedad y cantidad de cambios y puntos de vista desde Altamira hasta hoy. Comparado con un lenguaje plástico chino que ha variado muy poco durante milenios, les impresiona mucho.

-¿El próximo Velázquez podría ser chino?

-Es mejor que no salga otro Velázquez. Surgirán otros muy distintos. Aunque escasee, gente con talento hay en todas partes.

-Humildad o disciplina. ¿Qué es más necesario para un pintor?

-La humildad no aporta nada, ni a la pintura ni a nadie. No hay que ser humilde. Tampoco soberbio. Hay que posar una mirada inteligente sobre las cosas.

-El encargo ¿es una tortura para usted?

-En absoluto. Es una satisfacción. La pintura se liberó de él hace mucho. Fue determinante que los impresionistas decidieron trabajar desde la libertad.

-Tener un plazo de entrega, ¿tampoco le agobia?

-No. Es otro cliché. El encargo es una bendición. De algún sitio tiene que venir el trabajo y el dinero. He tenido pocos y he aceptado casi todos. Si no te gusta, se rechaza y punto.

-¿Qué está pintando en Bilbao y Sevilla?

-Paisajes. Son ciudades de luz muy distinta que deseaba pintar. Busqué emplazamientos que me gustaran y al fin di con ellos. En Bilbao pinto en invierno, desde una ventana de la Torre Iberdrola. En la azotea era muy complicado. He empezado dos cuadros, uno mirando hacia el mar y otro hacia España. En Sevilla pinto en verano desde la Torre de la Navegación de la Expo del 92.

-¿Qué convirtió a un joven de pueblo en el gran pintor del paisaje urbano?

-Más clichés. No soy un pintor urbano. Es sólo uno de mis temas. Pinto el mundo que me rodea, mi entorno. Puede ser la ciudad, una habitación, un rostro, una flor, una calle.... Te mueves sin una intención precisa y algo capta tu atención. No me he especializado como Morandi con sus frascos y botellas.

-¿Qué papel ocupa el retrato en su carrera?

-Un tema más. He hecho pocos. Alguno por encargo y otros por el gusto de pintar a alguien que se presta a posar.

-¿Es ahora más escultor que pintor?

-No. Llevo casi toda la vida haciendo escultura, pero me considero un pintor. Modelé las cabezas de mis nietos y ahora haré la mía. Trabajo con una foto de cuando tenía cinco meses, anterior a la guerra. Me pareció muy bonito intentar una escultura con esa imagen. La modelé en barro en Bellas Artes. Llevo tres años y está a la mitad.

-¿Qué retos tiene a los 82 años?

-Ninguno. No me lo planteo en esos términos. Hago las cosas porque me gustan. Jamás me reto a mí mismo. Eso queda para los deportistas. Ninguna obra es un desafío. Es un desahogo. Una expresión de algo inventado hace miles de años.

-¿Ha roto muchos lienzos?

-Solo rasgué una tela. Era muy joven. Estaba furioso porque no me salía el cuadro y lo acuchillé. Fue una ridiculez. No lo repetí y no me gusta recordarlo.

-¿Le preocupa la posteridad?

-Nada. Me preocupa el ahora. Hacer un buen trabajo y que me satisfaga.

-El Reina Sofía, ¿tiene poca obra realista?

-Muy poca. En el sentido en el que la figuración es un reflejo cercano al mundo objetivo, poquísima. Debería haber mucho más realismo para ser representativo de lo que ha ocurrido y ocurre en la pintura española. Pero los directores de los museos hacen lo que creen que deben hacer, y no es la línea favorita de Manuel Borja-Villel. No soy el director del Reina Sofía. El día que lo sea, será otra cosa.

-¿Aceptaría ese cargo?

-Depende. A lo mejor me venía bien. Fui profesor de Bellas Artes y formé parte del Patronato del Prado.

-¿Mejora su aprecio de Picasso?

-Me cansa. Su pintura, muy a menudo, me aburre.

-¿Puede Antonio López comprarse un cuadro de Antonio López?

-Sí. Me he comprado algunos. Poca cosa. No soy coleccionista. Tengo pinturas, dibujos y esculturas de compañeros, de amigos que admiro. Si tienes mucho dinero, pues te compras un Vermeer.

-¿A la pintura le queda mucha vida?

-Habría que preguntarse cuánta vida le queda al ser humano. Eso es lo importante. Lo de la pintura da igual. Mientras estemos aquí, haremos arte.

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