Sobrevivir a un suicidio

Cecilia Borrás, junto a una imagen de su hijo Miquel. :: vicens giménez/
Cecilia Borrás, junto a una imagen de su hijo Miquel. :: vicens giménez

El hijo de Cecilia se quitó la vida cuando tenía 19 años y ahora ella lidera una asociación que brinda apoyo a familiares

AZAHARA VILLACORTA GIJÓN.

Un día de finales del invierno, a Cecilia Borrás se le rompió la vida. Estaba trabajando cuando sonó el teléfono. Era su marido, que quería saber si tenía noticias de su hijo Miquel. La novia del chico le había dicho que habían discutido y no conseguía localizarlo. Y, en ese momento, ella recordó el pitido que a media mañana había emitido su móvil. Tras él, había un mensaje: «T'estimo molt, a tu i al papa, ho sento pel que faré». Así que se puso en lo peor, un presagio que le nubló el pensamiento y terminó por cumplirse.

«Miquel tenía 19 años y murió por suicidio de una forma totalmente inesperada, sin que hubiera habido avisos previos. Ninguna sospecha. Nada», cuenta esta psicóloga que los siguientes dos años vivió «en estado de shock», obligándose a salir a la calle. Al principio, un cuarto de hora, con gafas de sol, ella que habitaba en la oscuridad: «La vida después del suicidio es tremendamente dura. Al principio, resulta casi inaguantable. Hay momentos que piensas que no vas a poder continuar. La soledad lo ocupa todo y hay un sentimiento de abandono terrible».

Ese día de finales de marzo, cuando Miquel -un chaval vital y con amigos que estudiaba diseño gráfico, hacía grafitis, no fumaba, no bebía y soñaba con hacer un interrail- decidió terminar con todo, a Cecilia le saltaron por los aires todos los esquemas y tuvo que aprender a vivir con la rabia, la culpa, la pena y con cientos de preguntas que ya nunca tendrán respuesta. Por qué, por qué, por qué. Y luego, el silencio.

Las familias reclaman «un plan nacional» para evitar desigualdades entre los protocolos regionales

«Nunca lo sabremos», dice esta catalana de voz dulce pero firme al otro lado del teléfono, porque «un suicidio no se supera». «Te quedas con una cicatriz. Hay una señal en tu cuerpo que sabes que hay días que te va a doler y te tienes que dar permiso de que duela. Te quedas con una marca indeleble y con los prejuicios» que aún rodean a la que es, con diferencia, la primera causa de muerte no natural en España. Un país en el que, oficialmente, se registraron 3.602 muertes por suicidio en 2015, el último año con datos del INE. Un periodo en el que se quitaron la vida 2.680 hombres y 922 mujeres.

Juicio social

«Estamos antes un grave problema de salud. En España, tenemos un promedio de diez suicidios al día. Una cifra escandalosa», carga Borrás, que denuncia que, «sin embargo, el suicidio te expone a un juicio social que provoca un sentimiento de vergüenza. Te convierte en sospechoso. Hay muchos mitos, tabúes y creencias, como que, por contarlo, vas a provocar que mucha gente tenga la misma idea o que es un acto de cobardía o, al contrario, de valentía, cuando no es ninguna de las dos cosas. Es un bloqueo de la mente en el que percibes que no puedes con la situación». Así que, un día, tras darse cuenta de que no había nadie a quien acudir que entendiese lo que sentía porque hubiese pasado por lo mismo, la catalana sacó fuerzas de donde no las tenía y fundó Después del Suicidio-Asociación de Supervivientes, la primera institución en España dedicada a amparar a los familiares que sobreviven a un drama a menudo silenciado, hoy con un centenar de socios repartidos por todo el país, de sur a norte.

Tampoco piensa que hablar del suicidio incremente el número de casos -el llamado 'efecto Werther'- la psicóloga Rosa de Arquer, voluntaria en el Teléfono de la Esperanza de Asturias. En solo un año, entre septiembre de 2016 y septiembre de 2017, solo este dispositivo atendió 167 llamadas relacionadas con ideas suicidas en «una comunidad en la que todo el mundo conoce a alguien que se ha suicidado o que ha sufrido el suicidio de un ser querido». Así lo atestiguan los miembros de los grupos de duelo que De Arquer coordina, donde el 20% de las personas acude para poder gestionar este tipo de dolor. «Padres de chicos de 17 o 18 años que acaban de suicidarse o señoras que, con 60 años, acaban de perder a su madre por la misma razón».

Y tanto Borrás como De Arquer reclaman «un plan nacional similar al que ya existe para las víctimas de accidentes de tráfico, que ha funcionado». Un plan que, de paso, evite las desigualdades entre comunidades, que han desarrollado distintos protocolos regionales».

Así que, a falta de que llegue ese ansiado plan que permita trabajar en prevención y coordinar los recursos sanitarios con el sistema educativo o las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, por el momento se va actuando de aquella manera para apoyar a familias como la Marcelino Pérez, que, con antecedentes en casa, tuvo su primer pensamiento suicida a los doce años: «Me acuerdo de que estaba en casa de mi 'güela' y pensé en qué pasaría si lo hiciese». Hasta que un día, recién entrado en la juventud y tocado por sus primeros escarceos con las drogas, tuvo una discusión en casa y lo hizo, pero sobrevivió. «Fumé cinco pitos y lo siguiente que oí cuando estaba en el suelo fue: '¿Pero qué has hecho, chaval?'». Después, la nada. Tres meses y medio ingresado en el hospital. «Quedé fatal, pero sigo de pie».

Fue el inicio de un travesía del desierto que incluyó un diagnóstico de trastorno bipolar, un ingreso de once meses en la planta psiquiátrica del hospital y electroshocks: «Hay tres años de mi vida de los que no recuerdo nada». Así que ahora que toma «trece o catorce pastillas al día» y que ha aprendido «a no consumir y a andar con determinada gente», Marcelino -con un 85% de discapacidad reconocida- asegura que pasa por «días buenos y días malos, como todo el mundo», pero que está «contento» junto a su novia, con la que tiene pendiente celebrar San Valentín. «Ahora con lo que me como la cabeza es con que ojalá me tocase la lotería para comprar una casa junto al mar con un poco de huerto».

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos