LA SERPIENTE

CARLOS SANTAMARÍA - ANECDOTARIO

A José Mujica un jeque árabe quiso comprarle su viejo Volkswagen Fusca por un millón de dólares. El coche era un antiguo modelo azul del 87 lento y desvencijado, pero Mujica no lo vendió. «Mientras yo viva -dijo el expresidente uruguayo- el coche dormirá siempre en el galpón y dará una vueltita». Así siguen hasta hoy, recorriendo juntos los caminos de tierra que rodean la humilde casa ('chacra' dicen allí) en la que vive el mandatario americano junto a su esposa, Lucía.

Acompasar de tal forma el discurso ideológico con el ejemplo de vida es muy raro, por eso Mujica es un símbolo. A los líderes de izquierda, siempre aleccionadores desde la atalaya de su supuesta superioridad moral, les encanta decirnos cómo tenemos que vivir, pero ponen el listón peligrosamente alto. Iglesias y compañía llevan años sermoneando a todo el mundo con la corrección estética: para ser buena persona hay que ser muy de izquierdas pero además parecerlo: coleta, vaqueros, viajes en metro y piso humilde en barrio obrero. Tanto han alimentado a la bestia que ha terminado por devorarlos como a Dan Brandon, aquel joven inglés que crió una pitón en casa y al que su madre encontró un día estrangulado por la serpiente mascota. En el fondo, el chalet es lo de menos, lo que escuece es la hipocresía que tanto se practica por aquí; hasta el Rey emérito nos daba mensajes compungidos en plena crisis pero en cuanto se apagaba el pilotito rojo de la cámara se marchaba de safari.

A Iglesias y Montero les está devorando su serpiente y para evitar que les termine matando proponen una votación absurda y populista. Seguramente la ganen, porque la gente es así, aunque la gente, 'su gente', a veces recuerde a esa turba que en Argentina gritaba «ladrón o no ladrón, estamos con Perón». Estos no parecen dos ladrones, sólo son dos jóvenes políticos a los que la vida les ha cambiado notablemente a mejor. Les pasa a casi todos los líderes de su espectro ideológico y el mejor ejemplo lo vimos en aquella reunión de Moscú entre Kruschev y Fidel Castro de 1963. El comunista cubano sale en la famosa foto encendiéndose un habano. En su muñeca izquierda asoman, brillantes y en blanco y negro, dos extraordinarios Rólex.

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