EL SEÑORITO ENRIQUE

CRÍTICA DE ARTE ALBERTO PIZARRO

Procedentes de la Fundación Hogar Madre de Dios, de Haro, heredera del pintor Enrique Paternina, de cuya muerte se cumple este año un siglo, se han colgado varios cuadros en el Museo el Torreón de la precitada ciudad, al reclamo del título 'La vida en la pintura'. La inauguración, el 29 de septiembre, contó con las intervenciones de D. Javier Pérez Angulo, director de la Fundación, y de Dª Leonor Glez. Menorca, consejera Desarrollo Económico e Innovación, ejemplo de eficacia sin fatuidad, de maneras nuevas en la política, que tiene la suave firmeza de las mujeres con encanto.

Paternina, perteneciente a la burguesía más adinerada de Haro, tuvo una exquisita formación cultural, tutelada por su tía Saturnina, que le hizo decantarse por la pintura, a la que dedicó casi todos sus 42 años de vida. Viajó a capitales europeas y trató a los grandes pintores de su época, entablando relación cordial con algunos de ellos. De Regoyos, Zuloaga y Uranga visitaron su mansión-estudio La Paz, en Haro, para francachelas seudointelectuales, en las que, por ejemplo, el primero refería haber leído el epitafio «El polvo yace aquí de mi querida/ que lo tuvo magnífico en su vida», al que el señorito Enrique seguramente asintió a futuro, al ser el amante de la bellísima hija del chatarrero de Haro.

Realista en sus principios, gustó de pintar retratos, paisajes y escenas costumbristas a su modo. Hasta que el contacto con las vanguardias -petaba el impresionismo, con el gusto por captación ambiental y lumínica en la que la atmósfera desdibuja los contornos de las formas- y la relación con los pintores antedichos, Sorolla, Bilbao y Amárica le proporcionaron el bagaje para forjar su estilo.

El no concebir su labor artística como sustento vital le permitió pintar a su antojo, con verdadera delectación, sin sometimiento a encargo o venta-mal visto en un terrateniente-, si bien regalando o intercambiando con otros pintores. Así, 'El paisano', el mejor retrato de un borrachín que hayamos visto; o 'El leguleyo', retrato de Alberto Olarte, con cuyo bisnieto departimos durante el copetín que nos ofrecieron.

Pequeños y grandes formatos; tablas y lienzos de pinceladas libres y fluidas, cobrando especial importancia la luz y el color; primorosos dibujos... Los varios desnudos a carboncillo y grafito expuestos no son sino parte de los que hizo. El resto los destruyeron las monjas, quienes por tal 'sacrilegio' quizá se hayan hecho merecedoras de las calderas de Pedro Botero.

Es de lamentar que una de sus más relevantes obras, 'La visita de la madre', que inspiró a Picasso 'Ciencia y caridad', perteneciente al Museo del Prado, se exhiba en Badajoz. Como también, que los cuadros ahora expuestos vayan a ser devueltos, a partir del 5 de noviembre, a la oscuridad de los pabellones del Hogar, para solamente poder ser mostrados gracias a la gentileza de los Srs. Garoña o Rupérez Dura. ¿Estará de la mano de Dª. Leonor que aquél sea traído a La Rioja y que esos pueden admirarse regularmente? Bien quisiéramos.

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