SEIS CUERDAS

CARLOS SANTAMARÍA

Bruce Springsteen es un tipo al que le gusta hablar en sus conciertos, supongo que lo de cogerle gusto a hablar es una de esas dulces manías que todos acabaremos adquiriendo a medida que envejezcamos, como pararnos a mirar las obras o hacer ruido al levantarnos del sofá. El caso es que entre canción y canción Springsteen habla con el público, recoge sus carteles con mensajes y cuenta algún chascarrillo. Hace tiempo fui a verlo al Bernabéu; al terminar una canción se secó el sudor, agarró el micrófono y puso esa media sonrisa suya. Entonces empezó a hablar de su infancia, de la primera guitarra que tuvo siendo niño y de la canción que aprendió a tocar encerrado en la habitación de su casa de New Jersey: «It was 'Summertimes Blues'», dijo el jefe, y entonces se arrancó a tocar aquel viejo éxito de los 50 junto con toda su banda.

La guitarra eléctrica ha sido durante décadas mucho más que un instrumento musical; se trata de una cosa mágica y poderosa, un símbolo de rebeldía encerrado entre seis cuerdas, un misterio -lógicamente- con cuerpo de mujer. En los años 60 una sola guitarra era capaz de llenar páginas de periódicos y programas radiofónicos. Ocurrió en 1965 en el Newport Folk Festival. Aquella noche abuchearon a Bob Dylan porque decidió cambiar su vieja guitarra acústica por una Fender Stratocaster eléctrica; los tiempos estaban cambiando, como pasa a cada rato.

A finales del año pasado Diego Manrique escribía un artículo titulado 'El ocaso de la guitarra eléctrica' en el que describía el dramático descenso mundial en las ventas del instrumento. Era un lamento en papel, un blues escrito con tinta de periódico. Ahora acabamos de saber que Gibson, la legendaria marca de guitarras que usaron Elvis, Chuck Berry, BB King, Jimmy Page, Angus Young o David Bowie se declara en bancarrota. No se venden guitarras eléctricas, los chavales ya no empapelan la habitación con fotos de Hendrix o de Eddie Vedder ni se quedan toda la tarde en el cuarto tocando 'Summertimes Blues' o 'La bamba'. Es el final de una época, porque la agonía de la guitarra eléctrica es también la del rock, y aunque el rock, que es la libertad, nunca morirá del todo, lleva una temporada en cuidados intensivos.

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