SANTA INFANCIA

Miles de niños mueren cada día por causas evitables. :: ap/
Miles de niños mueren cada día por causas evitables. :: ap

«¡Qué hermoso que los niños sean protagonistas misioneros de vida, partan su pan con el hambriento, su fe y su vida digna con los que no tienen esa suerte!»

IGLESIA

Bendita y santa infancia! Si existe un paraíso perdido y añorado, ese es el de la infancia. Edén que nunca acaba de perderse del todo, que viene con nosotros como raíz nutricia. Edén que nunca acaba de ganarse del todo, que aparece a lo lejos, como un vasto horizonte.

Y cómo nos alegra ver que la humanidad renace en ellos, los niños, día a día. Los niños, ese mar que, ola tras ola, despierta las orillas de la vida y las mantiene alerta. ¿Qué sería de este mundo sin ellos, qué de nuestra existencia?

Ellos, en su fragilidad, son -qué contraste- dueños de su destino. Nosotros, los adultos, de robusta apariencia, estamos cada día sometidos al tiempo, a los horarios, a las programaciones rutinarias.

Ellos no necesitan excesivos recursos para su diversión: su fantasía cubre toda carencia. Nosotros, los adultos, insaciables, necesitamos más y más; no hay techo a nuestras ansias.

Ellos crean, recrean, imaginan, confían, se aventuran. Nosotros, recelosos, repetimos, probamos, nos cubrimos de pólizas, buscando inútilmente asegurarnos un plazo más de vida.

Ellos, es cierto, riñen fácilmente, pero con la misma facilidad vuelven a ser amigos, tan amigos como antes. Nosotros nos lamemos las heridas durante largo tiempo, y el perdón, el encuentro llega, cuando lo hace, casi siempre demasiado tarde.

¡Cómo no respetarles su niñez sin fronteras y dejar que disfruten a sus anchas el tiempo del no tiempo, del contemplar las cosas en su estreno cordial de cada día! ¡Qué triste preguntarles qué han de ser de mayores, cuando nunca serán más grandes que de niños!

La infancia es misionera, lleva a Dios en las alas. Misionera de gozo, de ilusiones perennes, de esperanzas. Que un niño se conmueve si ve sufrir a un niño. Que un niño rompe su hucha para atender a un pobre. Que un niño abre una estrella de luz en el abismo.

La infancia es misionera: hace presente, allí donde se encuentra, la inocencia genuina; transparenta, como agua de la sierra, la bondad y el amor que son su fuente. Jesús de Nazaret dijo muy claro (cfr. Mt 19,14) que de los niños es el reino de los cielos.

¡Qué hermoso que los niños sean protagonistas misioneros de vida, partan su pan con el hambriento, su fe y su vida digna con los que no tienen esa suerte! ¡Qué ejemplar gesto el suyo de salir con sus cantos y sus huchas a pedir por los niños que viven en condiciones inhumanas!

Porque hemos de ser lúcidos. Que no todo en la infancia es gozo y dicha. Que son miles de niños cada día los que siguen muriendo por causas evitables (hambres, guerras...), los que son ultrajados y explotados vilmente cada día. Y bien dijo Jesús que más valdría ser arrojado al mar con una piedra al cuello que escandalizar a uno de estos pequeñuelos (cfr. Lc 17,2).

De vez en cuando los adultos regresamos al niño aquel que fuimos y que seguimos siendo. Y que nos solicita para seguir jugando, para seguir soñando, para seguir creyendo, para seguir gozando del prodigio único, inmaculado, que late en cada instante.

Días después de la muerte de Machado en el exilio, en un bolsillo de su gabán, aparecía en un pobre papel su último verso: «Estos días azules y este sol de la infancia».

¡Bendita y santa infancia!

¿Quién no se siente inspirado a rezar con el salmista (S.131): «Señor, mi corazón no es ambicioso, ni mis ojos altaneros; no pretendo grandezas que superan mi capacidad, sino que acallo y modero mis deseos como un niño en brazos de su madre»?

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