SANGRE CALIENTE

JONÁS SAINZ CRÍTICA DE TEATRO

No nos engañemos, advierte Rafael Chirbes, un hombre no es gran cosa. Y, en mi cabeza, como si los crudos personajes de 'En la orilla' dialogasen con los de 'Tebas Land', estos le contestan: El ser humano es insignificante, sí, pero qué apasionante oportunidad de ser algo hermoso de verdad. Después de dos meses de ir y venir del Bretón con esa sensación de que efectivamente no somos nadie, al final, ocurrió: ese momento único que se concentra en una lágrima y que ya no se le puede llamar teatro sin quedarse muy corto. Fue con la sorprendente y mágica 'Tierra de Tebas', una experiencia metateatral extraordinaria que simplemente te hace mejor persona. Cuando ya volvía a dudar del poder transformador del arte, su luz me derribó del caballo en el país de Edipo. Ahora vuelvo a creer.

Como el rey de Tebas, también 'En la orilla' matamos al padre. Lo matamos antes incluso de empujarlo al pantano. Matamos su memoria, que es como darle la muerte definitiva. Y, al mismo tiempo que nos arrancamos, no los ojos como Edipo, sino nuestras propias raíces, condenamos moralmente el futuro de los hijos. La demoledora novela de Chirbes, un agrio relato negro de la España corrompida como carroña comida por los peces, más allá incluso de retratarnos indistintamente como víctimas y culpables de la crisis, es testimonio de lo sucio, de lo inhumano y lo caníbal, un lamento con más asco que lástima de lo peor del hombre desde ese descreimiento de su autor: no nos engañamos, no, un hombre no es gran cosa. Reproducir tan fielmente la atmósfera viciada e irrespirable del libro de Chirbes y conseguir una brillante adaptación teatral de su prosa densa y exigente, es el gran mérito de Adolfo Fernández y Ángel Solo. Su buena versión, protagonizada por el siempre inquietante César Sarachu, nos arroja al cinismo sin retorno como arrojaríamos a las aguas turbias de una ciénaga el incómodo cadáver de unos ideales traicionados. Sin remordimientos que el alcohol no pueda ahogar. A sangre fría.

Fue en 'A sangre fría', claro. Truman Capote mezcló reporterismo y narrativa negra y contribuyó a inventar la novela testimonio como género. Me pregunto si Sergio Blanco no habrá inventado también algo grande en la magnífica 'Tebas Land'. Él lo llama autoficción. Como el norteamericano, el dramaturgo franco-uruguayo se atreve a entrar en la cárcel para investigar al criminal y lo que (nos) descubre es sorprendente. Su Edipo, al igual que el de Sófocles, no es realmente un parricida, no moralmente. Ha matado al padre, es cierto, y aunque nada justificará lo sucedido, le entenderemos, nos sentiremos atraídos por él, nos haremos amigos y querríamos ayudarle a escapar. Y de alguna manera, el teatro consigue que escape.

En una nueva demostración del valor de Kamikaze para producir buenísimo teatro y de su enorme talento de actor, el ya magistral Israel Elejalde, esta vez junto a un prometedor Pablo Espinosa, nos saca de la complaciente prisión del confort y nos arrastra a la incierta aventura de ser libres. Esa autoficción explora la relación compleja entre verdad y mentira. La realidad y su representación y, por qué no, la capacidad poética de transformarla. Así sí, otro teatro es posible, uno que nos calienta la sangre y acaso nos haga mejor personas.

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